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Un punk irreverente disfrazado de smoking

Berlanga: el mito

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Abre desde negro. Hay un momento y un lugar en el nacimiento de todos los mitos. Puedo imaginar la escena. Cannes, primavera de 1952, un joven Berlanga (32) entra a toda prisa en la cabina de proyección del cine donde en apenas unos minutos va a presentar al mundo Bienvenido Mister Marshall, su primera película dirigida en solitario.

Aflojándose el nudo de la pajarita y quitándose la chaqueta del esmoquin, le pide al sorprendido operador que le ayude a cortar alguna escena de la película, cuyo montaje ha decidido alterar en el último segundo. Está nervioso. Sabe que una buena acogida de la cinta en el extranjero puede dar el empujón definitivo a una película y a una carrera condenadas a la nada en el, su, país más gris del mundo. Y el resto es historia.

Allí nace la leyenda del mejor director de la historia del cine español, cuyo nombre pasaría en breve a completar la mítica lista de nuestras tres bes de oro (Bardem, Buñuel, Berlanga) y cuya posterior obra etiquetaría el periodo clásico de nuestra cinematografía, un periodo construido por películas que primero fueron industria, luego arte y que ahora son cultura.

Fundido encadenado. 47 años más tarde. Asistimos al estreno de París-Tombuctú en un cine de la Gran Vía de Madrid. La cámara sube desde la carretera a la cima de una colina donde un grafiti pintado toscamente al pie de un toro de Osborne con una flamenca montada encima dice: 'Tengo miedo', firmado 'L.'.

Muchos de los allí presentes nos estremecemos. Es el último plano de su última película y en él el mito nos golpea con un mensaje tan claro como aterrador.

Los tiempos han cambiado y vivimos en una España que es sólo en apariencia muy diferente. El pelotazo y la astracanada están al orden del día y la historia que siempre ha contado Luis (L.), la de un pobre señor que quiere alcanzar algo pero que es víctima de las trampas de la sociedad, parece más vigente que nunca.

Pero el maestro sabe que esa historia la van a contar a partir de ahora otros, porque él ya no tiene cuerpo para tanto lío. El llamado 'cine joven' está en boga y hace pocos días el maestro ha tenido el valor de enfrentarse a la pedantería bienpensante afirmando en los medios que Torrente, el brazo tonto de la ley (Santiago Segura, 1998) es 'la definición más sincera que he visto de las miserias de España'.

A mí no me sorprende, porque para mí Luis García Berlanga ha sido siempre nuestro primer punk, ese joven cínico, disfrazado de esmoquin, pero más irreverente y antisocial que nadie. Pasan otros años y llega el día de ayer. Fundido a negro.

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