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Retrato del Madrid más golfo, corrupto y criminal: de Primo de Rivera a Franco

El historiador Jorge Marco publica su primera novela, 'Abecedario rojo', protagonizada por un comisario de la DGS que investiga un falso atentado contra el dictador.

Baldomero el Cubero, conocido como el borracho Garibaldi.
Baldomero el Cubero, conocido como el borracho Garibaldi. Eduardo Valero García / HUM*

La golfería madrileña ha sobrevivido a monarquías, dictaduras, repúblicas y guerras. Esa canallesca ha sido asociada a las clases populares, pero la sinvergonzonería y el vicio también han sido propios de los más pudientes. Ese mejunje inmoral y corrupto fue, pues, transversal y poroso, ya que algunos personajes de alcurnia se sintieron fascinados por los bajos fondos, de ahí los vasos comunicantes entre barrios nobles y populares.

Jorge Marco, profesor de Historia y Política en la University of Bath (Reino Unido), parte de un hecho histórico para describir a ese paisanaje de Madrid entre el reinado de Alfonso XIII y el franquismo, pasando por la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República y la guerra civil: la investigación de un falso atentado anarquista contra el padre de José Antonio y el infante don Jaime.

Hasta ahora, Jorge Marco había investigado y publicado libros sobre contienda, pero ahora da el salto a la novela con El abecedario rojo (Ediciones La Tormenta), protagonizada por un comisario morfinómano y facha, Luis Pavón, y su maestro, el librepensador y anticlerical inspector Larousse. "Quise mostrar el mundo interno de la Dirección General de Seguridad, donde reinaban las rivalidades, las intrigas y las venganzas", explica el autor.

Entonces, la DGS estaba ubicada en la calle Víctor Hugo 4, en la trasera de la Gran Vía, donde apenas unos centenares de metros separaban dos mundos opuestos. Una constante en la novela, porque así era el Madrid de entonces y, de algún modo, lo ha seguido siendo hasta hace no tantos años. De modo que el ambiente del teatro Apolo y el Circo Price, situados en la calle Alcalá y en la plaza del Rey, contrastaba con los lupanares de la calle Desengaño.

"La gente necesita distraerse [...]. Quien no huye de sus miserias de estuco y plumas estilográficas, huye de las desgracias del hogar, o simplemente de la molicie de la vida", escribe Marco. Sainetes, comedias y bailes, pero también timbas ilegales en Hortaleza y golfillos en Fuencarral. Al anochecer, "la ciudad quedaba en manos de crápulas, prostitutas y mendigos, que campaban a sus anchas bajo la atenta mirada de guardas y serenos".

Efluvios de "vino peleón" y "perfume de corral" en la calle Ballesta, donde "los seres humanos con forma de mujer eran esclavizados en la calle, en los portales y en los balcones por jambos miserables que, a golpe de correa o con promesas de amor, ponían a la venta sus cuerpos para ser devorados por otros miserables menos achulados [...]. Todas tenían nombre, pero nadie se preocupaba por preguntarlo".

A escasa distancia, las tertulias de los cafés y los cortejos fúnebres de políticos, toreros y escritores que surcaban Alcalá rumbo a la Almudena. "El plano de Madrid era la cartografía de un cementerio [...]; todas las calles olían a muerte". Porque antes o después del paso de la romería mortuoria se cometían los asesinatos más viles, chapuceros o sofisticados.

Para el inspector Larousse, "rara era la travesía, paseo o callejón donde no pudiera recordar un crimen después de más de treinta años de servicio", fuese obrero o príncipe, por eso "había calles donde la muerte olía a rancio y estiércol, y otras a incienso". Un acontecimiento que alimentaba a la prensa de masas y a sus lectores, como el crimen de Vicenta Verdier en la calle Tudescos, investigado por el propio Larousse.

"He retratado un Madrid en constante contradicción, donde conviven los antiguos carruajes con los primeros coches y las zonas nobles con esa ciudad hostil a la que llegan emigrantes desesperados. También una policía paranoica, que ve enemigos por todas partes, sobre todo en barrios como Vallecas, un lugar con implantación anarquista y socialista, temido por las autoridades porque allí podría surgir cualquier confrontación, trama o conspiración", afirma el autor de El abecedario rojo, cuya acción discurre entre 1911 y 1940.

En cambio, durante décadas, el lumpen también estuvo incrustado en el centro, cuyos límites eran difusos. "De la calle Cabestreros a la de don Pedro tan solo había quince minutos caminando, pero representaban dos caras opuestas de Madrid. Si la primera era estrecha y oscura, sede de casas de dormir y posadas ilegales, corralas hacinadas y cafés cantantes, la segunda, amplia y con arboleda, albergaba en apenas doscientos metros el palacio del Marqués de Villafranca, el palacio del Duque del Infantado, el Laboratorio Municipal de Higiene y el Colegio del Sagrado Corazón", escribe el autor.

"A primera vista, estas dos calles eran como el agua y el aceite; no se mezclaban. Sin embargo, no era infrecuente ver a duques y señoritos aventurándose por Injurias con el propósito de correrse una buena juerga, al igual que a los Grandes de España les gustaba invitar a sus fiestas a lo más selecto del hampa madrileño". El autor se refiere a una amplia zona al oeste de Lavapiés donde "no transitaban los restos de la sociedad, sino el detritus de los desechos".

Jorge Marco define las casas de dormir como estancias pestilentes donde se hacinaban unas veinticinco personas a otros tantos céntimos la noche. "Eran pisos vacíos, sin mobiliario ni paredes, donde la gente comía y dormía en el suelo, en unas condiciones de insalubridad absoluta", afirma el historiador, quien escribe: "Injurias era el desagüe al que caía la nobleza del infortunio en Madrid: locos, mendigos, bandas de rateros, prostitutas y agentes de policía en desgracia se mezclaban con afiladores, trashumantes sin destino, mercheros, gitanos y azotacalles".

De nuevo, a escasa distancia, la modernidad —es un decir— encarnada en las sesiones de espiritismo o en el cangrejo, "llamado así porque era un tranvía rojo y lento", apunta Jorge Marco, cuya panorámica de la ciudad abarca las calles embarradas, las casas de socorro, las corralas, los asilos de golfos, los mataderos en pleno centro, la cárcel Modelo o los cercanos jardines del Cuartel de la Montaña, donde se ejercía la prostitución.

Una ciudad que reprimía a los homosexuales, cuyo refugio eran los baños y el parque del Retiro, y donde estaba prohibido, por orden municipal, tender la ropa en los balcones y las ventanas, mientras las clases altas lucían sus modelos en las playas de Santander, San Sebastián o Biarritz. A medida que menguaba el bolsillo, las escapadas durante el verano podían ser a la sierra o, en su defecto, al pueblo.

"Madrid quedaba entonces en manos de mendigos, tenderos, prostitutas, criadas, oficinistas sin pueblo, obreros de todos los ramos, diestros de mala fortuna que no habían logrado siquiera un cartel en una plaza de tercera, taberneros, guardas y policías. Es decir, la mayoría de la población, pero en sus escalones más bajos", relata en el libro Jorge Marco, cuyos personajes transitan por bares y tabernas donde cuelgan retratos de Frascuelo, Guerrita y Belmonte.

Sin embargo, era entonces, con la llegada del calor, cuando las clases populares organizaban sus fiestas: San Cayetano, San Lorenzo, la Paloma… "Las élites se marchaban y comenzaban a desplegarse los farolillos en las verbenas, con sus carruseles desvencijados traídos de Francia. La gente se lo montaba como podía y, si no había dinero para farolillos, colgaban botijos con agujeros y lamparillas de las iglesias", comenta Marco.

"Parecía como si todos estuvieran esperando a que se marcharan los señoritos de frac y las mujeres de alto copete para dar rienda suelta a la alegría. La ciudad parecía rejuvenecer y no había parque o sombra de arboleda donde no se celebrara un baile, un concierto, un concurso de belleza o una rifa", escribe el historiador en El abecedario rojo, quien establece otra diferencia entre los que compraban tabaco americano y los que se conformaban con los cigarrillos de liar.

Todos, ricos y pobres, convivían en una ciudad "sin una línea divisoria clara" que se opuso durante décadas a dejar de ser un pueblo, o acaso muchos pueblos juntos. "Madrid ha resistido hasta hace muy poco, aunque ahora no lo reconozco, porque el centro está absolutamente gentrificado y enfocado al turismo", cree Jorge Marco, quien sostiene que la capital fue muy golfa desde la Restauración hasta los primeros años de la dictadura de Franco.

A partir del siglo XVIII, añade el profesor de la University of Bath, "las élites —más la nobleza que la burguesía— siempre se han sentido atraídas por los bajos fondos". Y, para ilustrar cómo se desdibujaban las fronteras con el lumpen, relata en el libro la anécdota de dos señoritos que hicieron una apuesta para ver quién llegaba antes rodando sendos toneles desde la Cuesta de la Vega hasta la Puerta del Ángel. El perdedor no solo debía pagar los barriles, sino también invitar al vecindario.

"En los años cuarenta las élites consumían cocaína y el pueblo, kif, grifa y luego hachís. También había vida nocturna, bohemia y prostitución. Durante la dictadura había capillitas, pero también golfos a muerte. Basta pensar en que Millán Astray montó la Legión con desechos humanos, que no eran precisamente unos beatos, sino unos tigres. Si eras hombre y no te metías en política ni montabas escándalos públicos, podías hacer de todo. Las clases medias estaban más constreñidas, aunque las altas y las bajas escapaban a las convenciones sociales", concluye Jorge Marco. "El franquismo, en el fondo, practicaba una doble moral".

Baldomero el Cubero, conocido como el borracho Garibaldi.
Baldomero el Cubero, conocido como el borracho Garibaldi. Eduardo Valero García / HUM*

* Crédito de la fotografía de Pepe Campúa:

Valero García, Eduardo (2015). El borracho Garibaldi. Publicado en Historia Urbana de Madrid. HUM 015-001. Fototeca ISSN 2444-1325

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