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Roma revive su dolce vita

Una gran exposición en el Foro Romano recupera el esplendor de la ciudad durante los años cincuenta

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Roma sigue ensimismada en el sueño de su Dolce Vita. Cincuenta años después de que Federico Fellini filmara las juergas de Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en la Via Veneto, los turistas siguen apostados en el Café Paris o el Doney con la esperanza de toparse con alguna traza del glamour perdido, aunque hoy esos escenarios de película hayan pasado a manos de presuntos miembros de la mafia. La última moda de miles de chicas crecidas bajo la tutela de las televisiones de Silvio Berlusconi es vestirse como Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma.

Este mes de agosto y hasta el próximo 14 de noviembre, hasta las piedras imperiales del que fuera el Mercado de Adriano, en el Foro Romano, acogen La Dolce Vita. 1950-1960. Stars and Celebrities in the Italian Fifties, una exposición de cien fotografías con los protagonistas del cine de aquellos años, junto a reproducciones de las grandes revistas gráficas de la época, que reproducían y ensalzaban el mito de las celebridades del celuloide

Los felices años cincuenta deben mucho, en realidad, a las piedras romanas, pues el esplendor de Cinecittà despegó cuando la Metro Goldwyn Mayer escogió estos estudios para rodar Quo Vadis, en 1950. Y Charlton Heston ganó su Oscar en 1959 gracias a su papel en Ben-Hur, también ambientada en la Ciudad Eterna.

Roma se convirtió en meta de aventuras y pasiones para las grandes figuras de Hollywood, que cayeron rendidas ante el esplendor del cine italiano. Los devaneos de unos y otros fascinaron a Italia el segundo país con más salas de cine en esa época y al resto del mundo. Como cuenta el comisario de la exposición, Marco Panella, 'los sueños, en 1950, costaban cien liras, lo que valía el billete para un espectáculo en el cinematógrafo'. Cuatro de cada diez espectadores trabajaba en el campo, había seis millones de analfabetos, el 92% de la población no estaba dispuesta a gastar dinero en ropa y el café todavía era un lujo, pero al cine no se podía renunciar. Los que podían llegaban a peregrinar a Roma para tratar de conseguir un autógrafo de Brigitte Bardot, Vittorio Gassman, Burt Lancaster o Ava Gardner.

La exposición emplazada en el Mercado de Adriano se centra en ese embrujo: Anna Magnani rodeada de sus fans, Gina Lollobrigida acosada por los paparazzi, que es como se llamó a los fotógrafos del mundo del espectáculo a raíz de la película de Fellini que da título a la exposición, Audrey Hepburn posando en las escalerillas del avión Roma le proporcionó su único Oscar, James Stewart paseando con su hija o Alfred Hitchcock al mando de un coche de caballos.

Son los años también en que Roberto Rossellini renunció a la célebre Anna Magnani para escaparse con la sueca Ingrid Bergman, con quien rodó filmes emblemáticos como Te querré siempre o Stromboli; la prensa aseguraba que James Dean se había encaprichado con Anna Maria Pierangeli; Vittorio Gassman se divorciaba de Shelley Winters para iniciar una fotografiadísima historia con Anna Maria Ferrero; y Lucia Bosé, tras su romance con Walter Chiari, se lanzó en brazos del torero Luis Miguel Dominguín.

El cine también unió a productores y actrices: Silvana Mangano y Dino de Laurentis, Sophia Loren y Ettore Ponti. Y las jóvenes que querían emular a sus estrellas predilectas se lanzaban a los concursos de belleza como trampolín a la fama: Lucía Bosé, Silvana Pampanini, Gina Lollobrigida, Sophia Loren y hasta Anita Ekberg, ex miss Suecia.

El cine italiano recogió entonces historias de sueños, felices o truncados, de la conquista de la gran pantalla como punto y final a una vida de miseria: lo hizo Luchino Visconti con Bellissima, Fellini con El jeque blanco, Dino Risi con Pobres pero guapos, o Mario Monicelli con Rufufú. Y todavía hoy, en una Italia inmersa en una crisis económica, política y de valores, los sueños siguen cotizando al alza.