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"Tuvimos problemas para pagar a las reclusas"

Entrevista a Pablo Trapero. El director argentino defiende su nuevo filme Leonera, un drama carcelario en el que su mujer comparte relato con un grupo de presas

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Mira, papá, están pintados de color rosa'. Este comentario de Mateo, el hijo de cuatro años del cineasta argentino Pablo Trapero (Buenos Aires, 1971), sirvió como punto de partida de Leonera, filme que se estrena este viernes tras haber competido en la sección oficial del Festival de Cannes. Lo que estaba pintado de color rosa eran los muros del módulo para mujeres con hijos de la prisión de Ezeiza (Gran Buenos Aires). 'Ese contraste fue el punto de partida para investigar cómo es la realidad de las madres presas con sus hijos', asegura Trapero.

¿Qué cuenta Leonera?

Tenía ganas de contar una historia sobre la maternidad. Luego descubrí el universo de las cárceles donde están los chicos con sus mamás. Las dos ideas se complementaron: la cárcel era el contexto adecuado para contar la historia de amor entre una madre y su hijo, Julia y Tomás.

¿Fue muy complejo el proceso de preproducción?

Todo el proceso fue una auténtica locura judicial-burocrática. Conseguir los permisos para rodar en una prisión de alta seguridad fue la parte más compleja. También tuvimos problemas para pagar a las reclusas porque no tienen derecho a firmar un contrato laboral. Cobraron gracias a una cuenta del Sistema Penitenciario a la que acceden los familiares para comprar productos para usar en prisión o los presos cuando salen libres.

¿Y el casting?

Las autoridades impusieron condiciones como contar con certificados de buena conducta. Además, muchos de los celadores que aparecen en Leonera son funcionarios de prisiones que comparten escena con presas y ex presas, lo que provocó más de un recelo.

¿No hubiera facilitado las cosas rodar con decorados?

Sí, pero rodar en una cárcel era una condición casi innegociable. Rodamos en varias prisiones: San Martín, que estaba recién construida y aún no tenía presos, Los Hornos y Olmos, en La Plata, una prisión emblemática por sus niveles de conflictividad. Rodar en una cárcel real con un dispositivo de seguridad rodeando el plató no facilitó las cosas precisamente: cuando necesitabas algo tenías que detener el rodaje y pasar por todo el proceso de controles que vemos en el filme cuando una presa sale al exterior, con la diferencia de que lo que en Leonera dura cinco minutos en la vida real puede llevar una hora.

Cuando Julia ingresa, una presa dice: 'Agradecé que tenés la panza; esto no es la cárcel'...

Los pabellones donde están las madres con hijos están en mejores condiciones, pero también son los más guerreros: las presas reclaman de todo, preocupadas por la salud de sus hijos. Además, los guardias, que sólo pueden entrar en las zonas comunes (no hay celdas individuales) en caso de lío, no se suelen exceder. Todo esto explicaría una escena de Leonera que pueda parecer inverosímil: que unas madres con niños inicien un motín.

Leonera muestra los vínculos de solidaridad entre las presas.

Los vínculos de afecto eran extremadamente fuertes. Son imprescindibles para poder sobrevivir. Se trata de una mezcla de necesidad y cariño. Las diferencias entre presos y presas son significativas. El sexo entre reclusas es diferente. Entre los hombres tiene algo de descarga, entre las mujeres prima, en algunos casos, la idea de formar pequeñas familias, por la necesidad de crear vínculos de seguridad y solidaridad. Hay reclusas con maridos fuera de la cárcel y pareja, su protegida, dentro. Cuando una menor de 30 años ingresa en prisión está casi obligada a encontrar la protección de las reclusas veteranas a cambio de favores materiales o sexuales. Pero estas relaciones afectivas tienen un origen más natural y menos violento que en los hombres.