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La última cupletista

Su singular voz, su voluptuosa belleza y su descaro llevaron a Sara Montiel a ser la primera actriz española en traspasar fronteras. Sus barrocos hábitos y sus amores marcarán para siempre su intensa vida

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Este 8 de abril de 2013, Sara Montiel ha fallecido a los 85 años. A este mundo llegó un 10 de marzo de 1928 en Campo de Criptana (Ciudad Real). 'Nací de pie, pero nací y aunque no hubiera hecho El último cuplé 'habría llegado arriba por un lado u otro', dijo en una ocasión, aunque ya más seria, reconoció que en su entorno rural se hizo una promesa: 'Me juré no tener ningún amo, ser pájaro libre y lo he cumplido'. No quería vivir como la gente de su alrededor.

Tras la Guerra Civil, su familia se marchó a Orihuela (Alicante) y allí fue cuando Vicente Casanova la descubrió. Fue cantando una saeta en la Semana Santa. Tras un par de papeles secundarios y ya conocida como Sara Montiel, rodó su primer gran éxito cinematográfico, Locura de amor de Juan de Orduña, junto a Aurora Bautista y Fernando Rey. Corría el año 1948 y Sara tenía 20 años y recordaba que la gente salía de las salas diciendo, en referencia a ella, 'la que está buenísima es la mala'. Le siguieron Bambú, La mies es mucha, Pequeñeces y El capitán veneno.

Para seguir creciendo como artista, Sara vio que la escapatoria estaba en México, donde se convirtió en una de las reinas del melodrama. 'Cuando llegué a México me encontré con otro mundo, otra vida. Allí es donde me hice Sara Montiel', reconocía. Firmó más de diez películas destacando Cárcel de mujeres (con Katy Jurado), Piel canela, Furia salvaje y Se solicitan modelos. Pero donde impactaría internacionalmente fue en Hollywood, donde se casó con el maestro del western Anthony Mann, aunque había llegado sin saber inglés y sin padrinos.

'Yo no era novia de nadie, era Sara Montiel desde un principio y trabajé muchísimo' explica quien, con sus rasgos raciales, deslumbró a Gary Cooper y Burt Lancaster en Veracruz, y donde conoció a Marlon Brando. Esa película la colocó definitivamente en el escaparate internacional. Para no encasillarse en el papel de joven hispana, Montiel aceptó papeles de productoras independientes. Su segunda película en EEUU fue Serenade con el tenor Mario Lanza y los actores Joan Fontaine y Vincent Price. En su rodaje conoció a su primer marido, Anthony Mann, el director de la misma.

En Yuma, su última película en la meca del cine, Sara hizo el papel de una india sioux que se casa con el protagonista, y se reencontró con un musculoso Charles Bronson, que encarnaba al jefe de su tribu. 'No me quise quedar con la Warner porque pensé que seguro que me daban otro papel de india sioux', explicaba, y se fue a España, donde le esperaban nuevos éxitos.

Volvió por la puerta grande. Su caché había subido como la espuma y el exitazo de su siguiente película ayudó al ascenso de su trayectoria. En 1957 rodó El último cuplé, de nuevo bajo las órdenes de Juan de Orduña, que se convirtió en un éxito rotundo de taquilla. Las canciones de aquella película siempre quedarán en el recuerdo, sobre todo Fumando espero y El relicario. La película marcó un hito de recaudación y llevó a Sara Montiel a firmar el contrato más importante de su carrera, como protagonista de La violetera. A partir de ahí, las películas se hacían a medida de Montiel. Fueron los casos de Carmen la de Ronda, Mi último tango, Pecado de Amor, La bella Lola, La dama de Beirut, La reina del Chantecler, Noches de Casablanca, La mujer perdida, entre otras.

Pese a que en su vuelta a su país se reencontraba con la dictadura y su imagen era explotada por la dictadura, Sara Montiel, a su manera, se comprometió con la política. 'Siempre con mis ideas por dentro y no muy calladita. En el 63 ya dije que era socialista', dijo. También llegó a decir de Aznar: 'Ese señor del bigote no tiene ni medio polvo'. También criticó al Gobierno en 2011 cuando aplicó la ley antitabaco, que consideró 'muy radical', por negarle uno de sus señas de identidad: el puro. Le había enseñado a fumarlos nada menos que Ernest Hemingway y su tema más conocido como cantante se llamaba Fumando espero.

Con la llegada de la democracia, en cambio, la artista manchega había dejado el cine por no querer desnudarse. 'Veía a Carmen Sevilla o a Nadiuska con los pechos al aire, yo tenía 43 años y estaba como un tren. Me ofrecían millonadas. Pero yo preferí que el público me recordara como era', se justificó.

Y en los ochenta y los noventa, aunque se centró en la canción, también se convirtió en un rostro habitual de las revistas del corazón o en programas donde exigía, según las malas lenguas, poner una media en la lente de la cámara para que no se le vieran las arrugas. Con la llegada del siglo XXI, su carácter excesivo, su atípica familia con sus hijos adoptados Thais y Zeus, y su aspecto barroco la convirtieron en una diva de lo kitsch y en un icono de la comunidad homosexual.

Otra de las facetas artísticas más conocidas de Sara Montiel fue la de cantante, prueba de ello es la treintena de discos que publicó. Gran parte de ellos salidos de las canciones que interpretaba en sus películas. Su característica voz grave y sensual y su estilo personal a la hora de cantar otorgaron un nuevo carácter a boleros como Contigo aprendí o Bésame mucho, aunque su canción más famosa es Fumando espero, con la que se identifica a la popular artista.

Sara Montiel disfrutó como nadie del amor y su vida fue una continúa montaña rusa en cuanto a relaciones sentimentales se refiere. Tras su matrimonio con el norteamericano Anthony Mann, con quien se casó dos veces, se volvió a casar con el industrial José Vicente Ramírez Olalla, a quién Sara llamaba cariñosamente Chente. Se casaron ante un reducido grupo de invitados en la Iglesia de Montserrat, en Roma, pero el idilio duró dos meses.

El hombre de su vida fue el empresario y periodista mallorquín José Tous Barberán (Pepe Tous) (1931-1992), con quién contrajo matrimonio después de diez años de relaciones. Juntos adoptaron a dos hijos, Thais (1979) y Zeus (1983). Pepe Tous murió y dejó a Sara sola y al cargo de sus dos hijos. En 1993 contrajo un extraño matrimonio con el cubano Tony Hernández, que se confesaba su mayor fan y que era casi cuarenta años más joven que ella. El matrimonio se rompió en 2003. Dicen las malas lenguas que por la presión de sus hijos, que no aceptaron nunca dicha relación.

Pese a sus cuatro matrimonios, Sara Montiel tuvo tiempo para flirtear, enamorarse y mantener relaciones con otros muchos hombres. Entre ellos, Ernest Hemingway, quién le enseñó a Sara su pasión por fumar habanos.  O James Dean, con quién dicen que vivió un romance de película, incluso estuvo a punto de viajar con el malogrado actor, el día que este tuvo el fatídico accidente que le costó la vida.

En España, se enamoró el premio Nobel de Mecidina Severo Ochoa. Con el dramaturgo Miguel Mihura estuvo a punto de casarse. Él llegó a pedirle matrimonio pero a pesar de publicarse las amonestaciones no llegaron a casarse. Ya también mantuvo una corta e intensa relación con el político Indalecio Prieto. Y también hay que añadir a esa lista el nombre de Maurice Ronet, cineasta con el que trabajó en algunas películas, y el italiano Giancarlo Viola.

En el año 2000 publicó sus memorias, Vivir es un placer, escritas por el dramaturgo Pedro Víllora. En sus últimos años, Sara Montiel seguía concediendo entrevistas en televisión, sobre todo, para aliviar su maltrecha economía y para airear su vida sentimental.  Sus penurias le llevaron a tener que publicar un vídeo con una oferta para vender su ático en el centro de Madrid a través de un conocido portal de compraventa de inmuebles.

En 2002, Sara reapareció en televisión grabando un chocante anuncio para los premios MTV Europe Music Awards de ese año, y en 2009 grabó con el grupo Fangoria una versión de su nueva canción Absolutamente y su correspondiente videoclip. Y en 2012 también protagonizó el videoclip del debut como artista de su hijo Zeus. En el clip subido de tono, de música house, Montiel aparecía rodeada de stripers y mujeres semidesnudas. Las últimas noticias que se tuvieron de ella fueron con motivo de un accidente doméstico que sufrió el 7 de diciembre cuando se vertió agua hirviendo sobre los ojos.