Publicado: 06.06.2014 19:46 |Actualizado: 06.06.2014 19:46

Una ventana a la lucha de clases en Brasil

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Max Overseas (Antonio Villa) es un Malandro. Un truhán amante de la samba, las mujeres y el dinero que procede del barrio de Lapa, uno de los barrios más canallas del Río de Janeiro de 1940. "Dentro de lo malo, es un ladrón, lo sabe y no lo oculta. Es el único personaje sincero de la obra", explica Vanessa Martínez, directora de La ópera del Malandro, la versión que el músico brasileño Chico Buarque (Río de Janeiro, 1944) escribió en 1978 de La ópera del mendigo, de John Gay y La ópera de los tres centavos, de Bertolt Brecht y Kurt Weill y que se estrena este viernes en el teatro Fernán Gómez, en Madrid.

"La obra cuenta la historia de un tipo que no tiene nada pero parece tenerlo todo", explica su directora Vanessa Martínez"La obra cuenta la historia de un tipo que no tiene nada pero parece tenerlo todo", explica Martínez.  Un encantador de serpientes que se mueve a ritmo de samba y bossa nova. Hay muchas diferencias entre la versión brasileña y la inglesa y la alemana. Una de ellas tiene que ver con la diferencia de personalidad entre el protagonista y los demás caraduras europeos, asegura la directora. En la de Buarque, Max es un  romántico, “un tipo muy cachondo y muy simpático al que todo el mundo quiere. No se parece en nada al Macki 'El cuchillero' que Brecht imaginó en la alemana”.

Sin embargo, podemos encontrar paralelismos entre personajes de la obra cuya esencia son más universales y algunos que conforman nuestra realidad. Es el caso de Durán, el padre de Teresiña (Muriel Sánchez), la mujer del protagonista que quiere iniciarse en el contrabando. Este regenta un puticlub al que trata como si fuese una boutique. Su doble moral le permite vestir a su hija con los mejores ropajes, educarla en las más importantes escuelas e incluso fantasear con casarla con un ministro. Sin embargo, no muestra escrúpulos por explotar a Dorhina (Nuria Benet), una pobre chica que llega a Río de Janeiro sin nada que comer. "Este personaje", explica la directora, “se puede identificar fácilmente con un Bárcenas cualquiera que juega con varias contabilidades”.

El otro símil lo encuentra la directora en el personaje de Chávez, el jefe de Policía. “Por un lado hace negocios con su amigo Max, y por otro los hace con Durán, que le ofrece a las chicas a cambio de un porcentaje. En él vemos también un doble rasero que es lo que justifica la corrupción”. Precisamente, este personaje es el que tendrá la disyuntiva fatal de aferrarse a sus malas costumbres o la de salvar la vida de su amigo. La moraleja irremediable del conflicto es que el dinero puede con todo.

Lo curioso de la obra, para Martínez, es que hace más de dos años esta era una desconocida. “Mi chico es un enamorado de la música brasileña”, relata, “un día me mandó un enlace por Internet que decía: tienes que escuchar esta canción porque Buarque, dicho por la madre del músico Caetano Veloso, es el único hombre que escribe como una mujer”.  Y así lo hice, recuerda. “Hay cosas que para un hombre son difíciles de entender, como lo que sentimos con determinadas sensaciones físicas”, sin duda, "el músico brasileño sabe entender a las mujeres".

Después de escuchar la canción, continúa Martínez, se dispuso a buscar información. “Mi novio, que habla bien portugués, me tradujo la letra y pensé: esto está a la altura de un musical, lo que pasa es que tiene una sutileza textual y melódica a la que nosotros no estamos acostumbrados”.  Si lo comparamos con otros espectáculos como El rey León u Hoy no me puedo levantar, esta fórmula al espectador le parecerá del todo extraña. Mientras en estas funciones el peso recae en la armonía, dejando de lado el trabajo actoral, en La ópera de Malandro la fuerza recae tanto en el texto como en las canciones.

Tanto fue así, que la elección de los actores fue una tarea difícil. “Primero hicimos un casting y después unos talleres para enseñar a los elegidos a cantar en portugués con el director musical Pedro Moreno, uno de los cuatro músicos que completan el grupo de artistas y que ponen sobre el escenario la música de Buarque. Nunca antes habían cantado en ese idioma. Yo también enseñaba mi parte actoral”. La experiencia duró un mes y se hizo en la casa de Brasil. De ahí sacaron a las nueve personas que conformarían el elenco. “Fue difícil, porque la gente que estaba formada vocalmente no lo estaba escénicamente y en esta obra tenían que estar las dos cosas al mismo nivel y eso son cosas muy difíciles” asegura Martínez.

Los actores son capaces de llevar la interpretación a registros emotivos que rozan la catarsis y a la vez sorprender con canciones de BuarqueY es cierto. Los actores elegidos se podrían encasillar como unos "todoterreno". Capaces de llevar la interpretación a registros emotivos que rozan la catarsis y, a la vez, de sorprender al espectador con la letra de las canciones de Buarque. Este es un concepto novedoso, pero que como asegura la directora “es el concepto de Shakespeare de un musical alemán”, dar importancia, por igual, a ambos registros.

Sobre su autor, ¿qué decir?, para aquellos que hayan escuchado su música y ahora estén sorprendidos por su capacidad polifacética de abordar otras corrientes artísticas si profundizan, en realidad, ¿Sorprende tanto? Solo hay que recordar la letra de Construção, una genialidad literaria con una melodía que te teletransporta, in crescendo, a lo más hondo del capitalismo y de la podredumbre obrera de la época de la dictadura que obligó al artista brasileño a partir al exilio entre 1969 y 1970.

Las historias de Buarque tienen un marcado cariz de protesta contra el sistema, a la vez que aborda cuestiones intimistas. “Es un genio. Se podría considerar como el Leonardo Da Vinci de nuestro tiempo. Ha ganado premios literarios en su país, también es arquitecto y luego es un tipo que lo que más le gusta es el fútbol. Puede pasar lo que sea en el mundo, pero los domingos son para este deporte”.

Lo paradójico de todo es que la historia de Buarque, que es en realidad la de Gay y la de Brecht, se basa en un concepto universal: la desigualdad de clases. En sus textos describe una sociedad en la que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. "Brasil es uno de los países con más desigualdades del mundo. De las 20 fortunas más grandes, la mayoría están en este país y luego vemos hileras enormes de favelas con gente que se muere de hambre".

Precisamente estas desigualdades cobran protagonismo ahora, por el mundial de fútbol que comienza dentro de nueve días. Los ciudadanos, a los que vemos en los telediarios día si, día también, exigen, en vano, a sus gobernantes que inviertan el dinero en temas sociales como la educación, infraestructura o empleo. Lejos de ser escuchados, estamos a punto de contemplar uno de los mundiales más caros de la historia. Por este motivo, porque explica desde el pasado el presente, esta obra se torna necesaria para entender una idea muy simple que parece enquistarse en el tiempo: A muchos de los poderosos les trae sin cuidado los problemas de los menos afortunados.