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Woody Allen no come uvas

El director de cine norteamericano celebró la Nochevieja con su banda de jazz en un hotel cinco estrellas de Murcia

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El sexo es lo más divertido que he hecho sin sonreír'. Treinta años después de pronunciar esas palabras en la película Annie Hall, Woody Allen podría sustituir 'sexo' por 'música'. Con su clarinete bajo el brazo, el cineasta neoyorquino celebró el Año Nuevo con su grupo, la New Orleans Jazz Band, en el Hotel Intercontinental de la Torre Golf Resort, en Murcia. Una fiesta que las dos hijas de Allen vigiladas por su canguro francesa no olvidarán, pues bailaron hasta bien entrada la madrugada. Él tocó con los ojos cerrados, sin apenas mostrar alguna emoción en su rostro. 'Quiero que todos disfrutemos lo más posible', aseguró el director de Vicky Cristina Barcelona en varias ocasiones. Quizá por eso, en plan Dylan, ni sonrió.

Ese día, mientras los policías guiaban a los participantes de la carrera de San Silvestre, el centro de Murcia ya se preparaba para despedir el año 2008. Había carteles de fiestas pegados en cada esquina, pero no aparecía anunciado en ninguna parte el concierto de Woody Allen. La prensa local sólo informaba de las actuaciones en las plazas céntricas de la ciudad. '¿Woody Allen? Aquí no es', lanzó el dueño de un bar que lleva toda la vida en Murcia. El cineasta, de 73 años, tocó de incógnito y había que ser un privilegiado para verlo.

'Quiero que todos disfrutemos lo más posible', dijo Allen en varias ocasiones

Perdido en una urbanización turística de más de 2.500 viviendas, entre Murcia capital y San Javier, el Intercontinental es un hotel de cinco estrellas que quiso celebrar el aniversario de su inauguración, el mismo día 31, bajo los auspicios de un gran nombre de la cultura. El verano pasado, el complejo ya había ofrecido los servicios de Kool & The Gang.

Woody Allen tocó ante unas 250 personas, algunas invitadas y otras que tuvieron que pagar la suma de 750 euros por persona para celebrar el año nuevo con él y su música.

Tras tocar en Valladolid el pasado 29 de diciembre y en Granada el 30, Allen llegó a la gala poco antes de las diez de la noche. Los seis músicos de la New Orleans Jazz Band ya estaban cenando y el champán francés abundaba. Acompañado por su esposa, Soon Yi, y sus dos hijas, Allen no se separó de sus dos maletas de clarinete. Se sentó en la mesa 38, a dos metros del escenario, se quitó el jersey y se puso la chaqueta. Llevaba sus gafas de pasta de siempre y pantalones de pana marrones.

Para pasar el Año Nuevo escuchando al cineasta los asistentes tuvieron que pagar 750 euros

Reinaba en la sala un silencio casi religioso cuando llegó ya estaban sirviendo una langosta termidor con Albariño, aunque con los ánimos de la maestra de ceremonia, la ex Miss España María José Suárez, la asistencia acogió a Allen con un unánime aplauso. Había algunos famosos, como el ex torero Pepín.

Un trozo de pan partido por la mitad en el plato: el director no quiso cenar. Sólo pidió un poco de mermelada, mientras Soon Yi no rechazó la langosta. 'No tiene hambre', se desesperó un camarero. En realidad, acababa de comer un caldero, arroz marinero típico de Murcia. Las colas de admiradoras ya se habían formado alrededor de su mesa bien vigilada por seis guardaespaldas, cuando Allen subió al escenario.

El concierto duró 45 minutos, tres cuartos de hora de grandes clásicos de jazz. Eddy Davis, el director de la banda y banjo, y el trompetista Simon Wettenhall se encargaron de animar un concierto lleno de improvisaciones. Sin partituras. Woody Allen, las piernas cruzadas, seguía el ritmo con el pie, siempre con los ojos cerrados. 'Tocar es para él una escapatoria', explicó Tito Ramoneda, representante en España del Allen músico desde hace siete años.

Un mago haciendo trucos con cartas intentó robar el protagonismo mientras los invitados esperaban para comerse las uvas. Sesión de autógrafos y de fotos para el cineasta, quien poco después de las 12 volvió a subir al escenario para tocar temas de fiestas y desfiles. Y lanzó: 'Thank you and happy new year everybody'. Aplausos generales. Todo parecía surrealista, como si la gala fuera el escenario de una película de Allen, convertido en Tom Baxter, protagonista de La rosa púrpura del Cairo, actor que sale de la pantalla para descubrir la realidad.

Nada más terminar el concierto, todo se organizó para su rápida salida. En ese instante, Soon Yi se dio cuenta de que le faltaba una hija. Estaba en la pista, bailando con su canguro: imposible irse, sonaba Mamma Mia. El neoyorquino miró a sus hijas casi una hora, sin moverse. Los guardaespaldas apenas se lo permitían. Y se fueron.

En la mesa 38, donde cenó con su familia, Woody Allen olvidó su jersey. 'Se lo devolverán', aseguró la organización de la gala. No comió las uvas y poco sonrió Allen la pasada Nochevieja, aunque la primera cosa que hizo en 2009 fue besar a su esposa.