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África pide el balón

El continente negro, donde el balompié es música para el cuerpo y sobra materia prima, todavía no ha encontrado un país que haya cocinado una quinta capaz de asaltar esta jerarquía bipolar

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El día en el que el prisionero 466/64 jugó al fútbol, en un polvoriento patio de la cárcel de Robben Island, a finales de la década de los 60, Suráfrica se llenó de esperanza de libertad. Porque en este país, como en todo África, el fútbol es vida, música para el cuerpo y una manera de escapar de la miseria. En aquellas patadas de Nelson Mandela, más espirituales que adornadas de técnica, Suráfrica empezó a incubar el encargo de sentirse el foco del fútbol global.

El fútbol vuelve hoy a fijarse en Mandela, ya más icono que luchador activo, para agradecerle aquel gesto de libertad. Lo hace con su gran fiesta, el Mundial, la competición que ha tardado ochenta años en explorar el continente negro. La lucha de poder, sin embargo, seguirá siendo cosa de blancos, del fútbol del primer mundo. Un asunto entre Stanley y el doctor Livingstone. Europa contra Suramérica. España, como potencia emergente, Inglaterra, Holanda, Alemania, Italia, Argentina y Brasil.

El Soccer City de Johannesburgo entrará hoy en la historia del fútbol

África aún es joven para entrar en la lucha. Enseñó los dientes en Italia'90, con el triunfo de Camerún sobre Argentina, el inicio de la leyenda de los leones indomables. Acortó plazos de la mano de Kanu, el líder de la Nigeria que le ganó el oro olímpico a Brasil en Atlanta'96. Ese día, Pelé transformó la tragedia canarinha en profecía: 'África dará un campeón mundial para el año 2000'.

Diez años después, el vaticinio sigue en barbecho. Sobra materia prima, la misma que falta unificarse en un mismo tejido táctico ganador. Desde hace tres décadas, el fútbol negro lleva enviando emisarios al fútbol blanco avisándole de su potencial. N'Kono, Milla, Mboma, Weah, Grobelaar, West, Finidi, Amokachi, Okocha, Kanu, Babayaro, Kuffour, Etoo, Drogba, Toure, Kanoute... Ídolos para los millones de niños que aprenden a soñar en colectivo alrededor de un balón.

Tarde o temprano, en una alguna aldea perdida de Suráfrica, Nigeria, Argelia, Ghana, Camerún o Costa de Marfil, la representación negra en este Mundial, o de cualquier otro país africano se criará una quinta de chavales, alrededor de un día a día precario, sin botas, con un balón creado desde un preservativo inflado, recubierto de papel y lana, y con el sueño de ser el crack de turno de la Premier (la Liga más seguida en el continente), para asaltar la jerarquía del fútbol.

La presencia de Mandela en el partido inaugural no está asegura

Eso no sucederá en Suráfrica. Porque la inseguridad de sus calles (el Mundial está protegido por 40.000 agentes, la cuarta parte de la policía del país) no amedrenta a lo futbolístico. Sin esta España de los bajitos, la estajanovista Brasil de Dunga se sentiría con plenos poderes en los pronósticos. Por su pentacampeonato, la convicción de un país alrededor de un color, pero, especialmente, por su talento único para explorar los títulos en continente extraño. Los Mundiales europeos son patrimonio de selecciones del viejo continente y de Brasil (Suecia'58, el año del inicio de la leyenda de Pelé) Los americanos, de Argentina, Uruguay y la canarinha, cómo no. El de Corea y Japón, el único campeonato, hasta éste, fuera de la paridad de continentes, triunfó Brasil.

¿Volverá a reinar de nuevo en la rotación? A la pregunta responden hechiceros de magia poco fiable por 20 rands (2 euros) La respuesta del balón llegará el 11 de julio en el Soccer City de Johannesburgo, el estadio en el que hoy Suráfrica y México esperan un gesto de Mandela -su presencia en el partido inaugural no está asegurada-. Quizás, otras patadas esperanzadoras, como aquellas del preso 466/64 en Robben Island.