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España se proclama campeona del mundo con una paliza de escándalo

Los Hispanos alcanzan el cielo del balonmano con una exhibición inolvidable ante Dinamarca (35-19). Los de Valero Rivera culminan un campeonato espectacular con la mejor final que se recuerda y conquistan, como anfitriones, el segundo t&iacute

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España se ha elevado a lo más alto del balonmano mundial. Mejor imposible. Se ha proclamado por segunda vez en su historia campeona del mundo. Y lo ha logrado a lo grande. Dando todo un recital a Dinamarca en una final que pasará a los anales de este deporte. Una paliza como no se recuerda que eleva a la gloria a esta generación de jugadores (35-19). Y todo ello bajo la condición de anfitriones en un Palau Sant Jordi que llevó en volandas a sus héroes.

Habían pasado ocho años desde que en 2005 un grupo gobernando por Juan Carlos Pastor comenzaba la senda de la Edad de Oro del deporte español. En Túnez aquel grupo de los Hombrados, Rolando Uríos, Demetrio Lozano y compañía sorprendía venciendo en la final a Croacia y conquistando el primer Mundial de la historia de España. Después llegaría el Mundial de baloncesto de Saitama 2006 y el trío de leyenda de la Roja en fútbol. Hoy estos Hispanos vuelven a situar al balonmano en el lugar que se merece. En lo más alto. Todo un exitazo que supone un empujón tremendo a uno de los deportes más castigados por la crisis. 

Hoy era el día de los valientes. De los elegidos para la gloria. De los deportistas que pasan a la historia. De los que optaban a convertirse en campeones del mundo. Eso de sentir la presión en el cogote por ser los anfitriones ya pasaba a un segundo plano. El logro de llegar a la final del Mundial estaba sellado.

Ahora ya tocaba disfrutar del momento, de saborear el encuentro y de dar el paso definitivo, el que separa por una delgada línea el trabajo cumplido de la leyenda.Dinamarca era un rival de altura. Temible. Subcampeones del mundo en 2011 y campeones de Europa en 2012. Con un juego poderosísimo, con uno de los mejores jugadores del planeta en sus filas, Mikkel Hansen, y con una trayectoria inmaculada en el campeonato.

Pero los de Valero Rivera salieron a comerse el pabellón Sant Jordi, a disfrutar cada minuto de la final. Los primeros minutos fueron el anticipo del festival. Los siete hombres que arrancaron el choque salieron con la moral por las nubes, enchufadísimos. No querían que nada ni nadie les estropeara el momento. Tres goles iniciales dejaron a los daneses a verlas venir. Hasta que supieron que tenían enfrente a un equipo que quería ser campeón habían pasado cinco minutos. Los Hispanos, guiados por un gran Joan Cañellas - que anotó cinco goles en la primera mitad- dejaban una muestra de su hambre.

A partir de entonces la primera parte transcurrió en un intercambio de golpes pero con España siempre por delante del marcador. Confianza que se fraguaba desde una defensa 6-0 plantada, cerrada, hiperconcentrada. Dinamarca no lograba hallar ni un resquicio, lo que se tradujo en que sus jugadores comenzaran a hacer la guerra por su cuenta. Hansen no tenía su día, acabó la primera parte con un solo gol.

Pero el punto de inflexión llegó en el minuto 22. Tres goles seguidos que destrozaron el luminoso en tres contragolpes fulminantes. Un bloqueo de Viran Morros y un robo de Entrerríos propiciaron que España se pusiera un 12-8 impensable antes de comenzar la final. Por el contrario, los daneses se habían quedado noqueados, sin ideas. Sin un solo gol en cuatro minutos. El último arréon de los españoles antes de llegar al descanso llevó la renta hasta un 18-10 más que ilusionante.

Pero es que lo de la segunda parte fue una auténtica delicia. El primer gol nada salir a la pista de los daneses fue el preludio de un vendaval español. Ocho goles seguidos. Ocho. En diez minutos. Un parcial que situaba el marcador en un 26-11 que convertía el sueño en realidad. Quince goles de diferencia eran muchos. Los nórdicos no estaban en la final. Se habían retirado a dar un paseo por Barcelona. Mientras que los de Valero Rivera seguían metidos en la fiesta y no querían irse de la discoteca hasta que no dieran las luces.

Entonces llegaron los homenajes. Los que se dieron en ataque hombres como Cañellas, Valero Rivera o Jorge Maqueda. Y en la portería Arpad Sterbik, que sacaba manos desde tiros de tres metros. Catorce paradas se marcó el arquero del Barça. Espectacular. En el banquillo las caras eran de incredulidad. Muchos seguían frotándose los ojos. Con el título en el bolsillo la relajación era inevitable. Lo que aprovecharon los daneses para intentar maquillar el desastre. Tres goles seguidos de orgullo que aun así reflejaban un resultado de escándalo mediada la segunda parte (29-15).

A falta de poco más de cinco minutos para el final el seleccionador español quiso que todo el banquillo se sintiera partícipe del momento. Sterbik dejó su puesto a Sierra y salieron jugadores como Ariño, Montoro, Rocas o Ruesga que han sido también pilares fundamentales del éxito durante el torneo. En las gradas la fiesta era total. Los campeones se lo merecían.  El pitido final dio paso al éxtasis. Argelia, Egipto, Australia, Hungría, Croacia, Serbia, Alemania, Eslovenia y Dinamarca. Ese ha sido el camino hacia la gloria. Las lágrimas asomaban en los jugadores. Todos se han hecho merecedores de este éxito. Y dos de ellos, Albert Rocas y Alberto Entrerríos, lo saborean por segunda vez. Valero Rivera han conseguido formar un equipo lleno de valores, que ha logrado culminar el sueño que comenzó el 11 de enero. Campeones del mundo y en casa.