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Joaquín no se rinde

La calidad y pegada del Valencia tumban al Málaga

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Joaquín ha dicho que sí. Le ha llegado el momento de rejuvenecer o lapidarse. Ha aceptado el dilema con inteligencia. En realidad, este hombre es una cuestión de motivación. Anoche, jugó en Cadillac y fue una fantástica noticia para todos menos para los defensas del Málaga, que podrían buscarlo hasta en las comisarias de la Costa del Sol. No lo encontrarían. Avisó Joaquín en la primera parte con un pase a Mata imposible para la mayoría. No para Joaquín. Pero Mata tiró lo que hubiese sido el 0-2 al cuerpo de Arnau.

A falta de un minuto para acabar la primera parte, el Málaga encontraba el empate gracias a los rebotes, a los dioses o a Sebas Fernández, que también andaba por allí. Pero no pasó gran cosa para el Valencia. Estaba Joaquín: hay partidos en una sola dirección. Toda la dificultad que profesó Vicente por la izquierda, incapaz de rebasar a Jesús Gámez, desapareció en la derecha. Allí, apareció Joaquín, que a los 70 minutos volvió a quebrar al mundo, como pasaba en épocas no tan lejanas. Su premio fue el segundo gol en el que pilló a Iván González haciendo la digestión. No debió ser tanta casualidad porque en el primero de Aduriz pasó lo mismo. El delantero sacó un gigantesco cabezazo que Iván aceptó como un regalo de cumpleaños. El partido empezaba mal para el Málaga, y eso no se perdona cuando el rival es, francamente, superior.

El partido realmente se abrió al inicio del segundo tiempo. Entonces las ocasiones se repartieron y pudo pasar de todo. El Málaga atacó por medio de Quincy, que presenta una pinta fantástica. Se suponía. Su pasado no puede engañar. Se ha criado en el Ajax y ha jugado en el Arsenal de Wenger. Tiene regate, pausa y una velocidad más. Y, si se entusiasma, es capaz de tirarse a nadar con los delfines. Pero el otro extremo es Rondón. De momento, sólo se sabe que se cambia en el mismo vestuario que Quincy y que tiene un corpachón tan grande que a veces parece jugar entre pitufos. Pero de ahí a que siempre se salga con la suya hay una gran diferencia. Quincy le dio un gol hecho, el 2-1, pero cuando Rondón levantó las caderas del suelo ya había anochecido.



Ángel garcía (Alicante)

Sin la costumbre de la élite, el Hércules despertó derrotado. Se había mantenido diplomático en el inicio, como buen anfitrión. Cuando dejó atrás los buenos modales, fue otro, sin preocuparse por los gastos, sin ahorros físicos, con un despliegue tremendo, pero sin gol. Eran superiores y se mostraban como tales, pero Portillo, en dos ocasiones, llenó de lamentos la grada. Los de Caparrós no perdían la calma y sustentaban, desde la zaga, una tranquilidad inusitada. No buscaban romper el guión sino el error de los mediterráneos. Y cuando erraron los de casa, al inicio de la segunda mitad, ahí estaba Llorente para exprimir la táctica vasca a balón parado.

Los de Esteban, en desventaja, expusieron sus obligaciones con Tiago Gomes y Tote más comprometidos que nunca. Su responsabilidad se estrelló con su impaciencia ante un cuadro vasco que decidió no sentenciar.