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El mal de altura de Pep

El técnico del Barça debutó en México, ante el Atlante, el rival del Barça en el Mundialito

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'Cuando acabamos el partido contra el Atlante, Pep estaba muerto, no podía ni hablar... Y, medio en broma, medio en serio, me dijo: si esto va a ser siempre así, creo que me vuelvo...'. Juan Manuel Lillo recuerda con una sonrisa el primer partido en que dirigió a Pep Guardiola, en el torneo de Clausura, allá por 2006, cuando ambos coincidieron en el Dorados de Culiacán.

El ahora técnico del Barça acababa de aterrizar en México, tras su aventura en Qatar, y el debut resultó tormentoso: el Dorados se medía al equipo que este miércoles disputará a los azulgrana una plaza en la final del Mundial de Clubes, en Abu Dabhi, que por entonces jugaba en México DF, a más de 2.000 metros de altitud sobre el nivel del mar.

'Son experiencias que te fortalecen, como cuando jugamos en Chiapas, a las tres de la tarde, con más de 40 grados y una humedad tremenda', señala Lillo. 'Pero Pep es una persona muy abierta a otras culturas y muy porosa, de modo que enseguida se adaptó al fútbol mexicano, culturalmente diferente', añade el entonces técnico del Dorados.

Al lado del Loco Abreu y de Matute Morales, guiados todos por Lillo, Guardiola contribuyó a hacer del Dorados uno de los mejores equipos del torneo de Clausura acabó entre los ocho primeros y segundo de su grupo y a asentar la cultura futbolística en una zona donde el béisbol es aún el deporte rey. 'Pep es líder jugando o no jugando, entrenando o no entrenando; lo demostraba cada día y nos contagió a todos', señala su ex compañero Sergio Blanco, ahora en el Nacional de Montevideo.

'Las lesiones le atormentaron', coincide Blanco con Lillo, 'pero yo aprendí mucho de él: es un tipo ganador, un referente dentro y fuera de la cancha e hicimos una linda amistad'. 'Siendo así, no había forma de que le fuera mal. Estoy contento por él, se lo merece', concluye el uruguayo, a la espera del partido de mañana.