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No hubo goleada... pero pudo haberla

El Barça ganó por 2-0 aunque el partido no se resolvió hasta los minutos finales. Eto'o y Messi sentenciaron a última hora a un Madrid muy luchador pero muy inferior a los de Guardiola

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Al final no hubo goleada, pero pudo haberla. El Clásico entre el Barcelona y el Madrid cumplió al pie de la letra el guión previsto salvo en lo que atañe al marcador final. En todo lo demás se cumplieron las expectativas: el Barcelona evidenció que a día de hoy su juego está muy por encima del de su gran rival. El resultado final, 2-0, fue posible gracias a un héroe inesperado: Iker Casillas, que resurgió tras una temporada anodina en el mejor escenario posible y cuando más lo necesitaba su equipo.

Fue el partido de Iker, de San Iker. Lo paró casi todo el de Móstoles, crecido quizá por las constantes alusiones sobre la goleada que iba a recibir en el Camp Nou. Iker, y todo el Madrid con él, callaron muchas bocas a fuerza de casta, entrega y vergüenza torera. Aunque perdiera, el Madrid dejó una imagen relativamente buena: conservó su autoestima aunque le faltó calidad para ganar.

El Barça salió al campo con hambre de gloria y encomendado a Messi. El argentino fue un estilete por la banda derecha, el puntal de un equipo que siguió su rutina habitual: mucho toque, defensa adelantada y poner el balón en el terreno del rival. Fueron los culés los grandes dominadores del encuentro, llevaron el peso del juego y pusieron al Madrid contra las cuerdas durante muchos minutos, pero el equipo blanco demostró ser un gran encajador: tuvo que recibir muchos golpes para besar la lona. Es más, hasta se atrevió a soltar algún mandoble a su rival para recordarle que los partidos no se ganan antes de jugarlos.

El Barça apostó por el toque, las incursiones de Messi y las rápidas combinaciones al borde del área. Con estas credenciales, las oportunidades no tardaron en llegar. La sensación de que el gol de los azulgrana podía llegar en cualquier momento flotó en el ambiente durante todo el partido. Pero el gol no llegaba.

Ante el despliegue de los de Guardiola, el Madrid contrapuso lo único de lo que anda sobrado en esto momentos: músculo y carácter. En los primeros quince minutos se dedicó a dar patadas, en especial a Messi, lo que calentó a un Camp Nou entregado a la causa. Su dureza le valió la bronca del respetable pero también para aguantar las embestidas de Messi y compañía. 

Ese era el plan anti-Barça de Juande: aguantar atrás como fuera y aprovechar alguna oportunidad al contragolpe. A punto estuvo de salirle bien: tuvo una opción buenísima a los 25 minutos de juego en las botas de Drenthe, que se plantó solo ante Valdés, pero al holandés le faltó talento y templanza para marcar gol. Cinco minutos después los blancos perdieron a Sneijder por lesión y Juande tuvo que tirar de Palanca, un canterano con escasa experiencia en Primera que también pudo marcar en el último tramo del partido. 

Y es que a medida que pasaban los minutos el Madrid se iba sintiendo más seguro en el asedio, atreviéndose a mirar a la portería de Valdés con alguna aproximación que llenó de dudas a los azulgrana, que veían cómo el gol que podía llegar, no llegaba. Por no llegar no llegaba ni de penalti, el que falló Eto'o en la segunda parte.

Pero no variaron su juego los de Guardiola: tuvieron fe, perseveraron en pos de ese gol que desencadenara el big-bang goleador. Y el gol llegó a la salida de un córner cuando quedaban ocho minutos para el final. In extremis, sí, y después de un gran esfuerzo. Sudando.

Fue precisamente Eto'o el autor, el que desbarató el plan de Juande, que al menos parece haber dado rigor defensivo a su equipo. El gol de Messi cuando el partido ya agonizaba dio un poco más de enjundia a la superioridad de los culés y certificó que no hace falta golear para demostrar su superioridad.

El Madrid perdió, pero se encargó de recordarnos a todos un par de obviedades ignoradas en los días anteriores al gran duelo: primero que un Barça-Madrid es distinto a cualquier partido; segundo, que da igual en que condiciones lleguen los dos equipos al encuentro: nunca habrá un favorito claro ni goleadas antes de tiempo.