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'Nole' aguanta más

Djokovic vence por séptima vez consecutiva a Rafa Nadal y continúa con el dominio del tenis que ya mostró el año pasado

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Nadal tendrá difícil conciliar el sueño las próximas semanas. El balear es uno de esos perfeccionistas que recuerdan con claridad cada punto disputado. Puede descansar los brazos y las piernas, pero en su cabeza nunca termina de pasar la película del último partido importante. Se suceden los aciertos y los errores y hay jugadas concretas que terminan por obsesionar.

Es probable que buena parte de la atención de la final que ayer perdió en Australia con Djokovic se centre en un solo punto. Una mota de polvo en un universo de casi seis horas. Una menudencia que, sin embargo, define un partido. El marcador de Melbourne sobrepasaba con holgura las cinco horas de partido y las alternativas habían sido constantes. Nadal acababa de romperle el servicio a Djokovic en el último set. 4-2 y la posibilidad de ponerse 5-2. El marcador señalaba 30-15 cuando el serbio dejó una bola blanda en medio de la pista. Nadal fue a por ella, un golpe rutinario, una de esas pelotas que lleva acertando desde que era un niño. Pero esta vez la falló. Fue cosa de milímetros, el golpe desembocó en el pasillo de dobles y Djokovic igualó en el juego. El serbio se vino arriba, rompió el saque y sacó pecho. A moral, hoy en día, no le va a ganar nadie. El español suspiraba desde el fondo de la pista, los muchos argumentos trabados desde el principio podrían haberse concretado en ese golpe que no dio en la diana. Aquel 4-2 pronto fue un 4-4, y con 5-5 Nole rompió de nuevo para finiquitar el encuentro. Los intentos fueron en vano, Djokovic es ahora mismo un tenista explosivo de moral pétrea.

La final más larga de la historia del Abierto de Australia y del Grand Slam

Si la suerte hubiese caído del lado de Nadal en aquella bola a media pista es probable que fuese Djokovic, también amante del detalle, el que no podría dormir. En el cuarto set tuvo grogui al español, estaba jugando su mejor tenis con unos restos excepcionales y dañinos, tenía un 0-40 para ponerse con un 5-4 a su favor y servir por el partido pero lo desaprovechó. Fue un punto de inflexión. Nadal sacó derechas cruzadas, golpes profundos y acelerados.

También sacó su furia, empezó a jalearse y a demostrar que él también es capaz de dar golpes en la mesa. La rivalidad entre Djokovic y Nadal no muestra dos personalidades contrapuestas. La frialdad queda para Federer, los reyes actuales son mediterráneos, apasionados y amantes de la gesticulación grandilocuente.

El partido tuvo de todo. En Australia nunca habían visto nada así antes. Fue la final más larga, pero no sólo en Melbourne, también lo es de la historia del Grand Slam. Cinco horas y 53 minutos de incansable fatiga, de miles de golpes y carreras. Dio tiempo hasta para un cambio climático, el partido empezó con un atosigante calor y terminó con el techo puesto para detener la lluvia. A las dos de la mañana los jugadores daban los discursos finales. Un infierno para dos hombres que llevaban 15 días reteniendo la concentración, esperando la final y tropezando con otros jugadores bien provistos de sueños.

En el quinto set, el manacorí tuvo la posibilidad de ponerse 5-2

El desenlace de este magnífico torneo tiene como campeón al favorito. Ha sufrido, pero sólo puede salir reforzado. La pregunta sigue en pie: ¿alguien es capaz de vencerle? Es más, se puede añadir a Nadal en la ecuación: ¿es el español capaz? Por momentos parece que sí, pero aún muere en sus deseos antes de la orilla. El número dos ha pasado el invierno pensando en los modos de contrarrestar el estado de gracia de Djokovic. Después de mucho pensar llegó a la conclusión de que ser agresivo es el camino. El problema, claro está, es que el juego de Nadal está mejor adaptado al sosiego que a la furia. Siempre fue defensivo, más partidario del error del rival que del golpe ganador, pero ahora no le llega con eso. Los cambios existen, pero son insu-ficientes. Ya son siete las derrotas consecutivas en finales contra Djokovic.

Quizá el mayor problema es el servicio. Nadal no es un gran sacador y es imposible ser un jugador ofensivo si te falla el inicio del punto. En etapas del partido el español se vio superado por el resto de Djokovic. El serbio aprovechaba cada servicio para abalanzarse sobre la bola y dominar el punto, un gesto que le sería más difícil si el saque de Nadal fuese más dañino.

Queda por lo tanto trabajo por hacer. Y el balear lo hará, porque nunca se le vio contento en la derrota. No cejará en su empeño, trabajará y trabajará con la idea de volver a ser el mejor. Busca algún golpe capital que borre de la memoria aquellos meses en los que estuvo a la sombra de un coloso serbio.