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El triunfo de la derrota

Metamorfosis: Tras dos años vulgares y de flirteo con la Fórmula 1, Rossi recupera su verdadera esencia

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El primer flirteo sonó a broma. El segundo, a juego. En el tercero, sin embargo, el entorno de Rossi entendió el negocio. En los despachos comenzaron a sucederse las reuniones. El entramado empresarial de Yamaha, ligado a Fiat a través del patrocinio en el equipo de MotoGP, hacía viable ver a Valentino sentado en un Ferrari para algo más que un test de pruebas en Fiorano.

En aquel invierno de 2005, Rossi empezó a perder la perspectiva. 'Al final, conducir bien un coche y una moto es una cuestión de tener buenas manos. Y yo las tengo'. En su reflexión, aunque muchos entendieron lo contrario, había más hastío que soberbia. Después del cambio de Honda a Yamaha y todo lo que ello conllevó (adaptarse a un nuevo chasis, perder la velocidad punta de la HRC, nuevos ingenieros...), Rossi se aburrió de buscar entidad en sus rivales y no encontrarla.

Aquellas 11 victorias, unido al golpe de efecto que Italia fraguaba con un italiano en Ferrari (Nicola Larini, en 1994, fue el último transalpino en la escuadra de Maranello) para compatibilizar protagonismo con Michael Schumacher, le descuidaron de su verdadera esencia: las motos. 'Me llegué a sentir imbatible en esa época', aseguraba ayer.

Llega el baby boom

Sus manos, incorruptibles hasta entonces, comenzaron a vivir más sensaciones de volante que de manillar en el inicio del baby boom en MotoGP. En aquellas monturas de 990 c.c. y motores de dos tiempos, Hayden adelantó el talento de la actual generación. Pedrosa, Elías, Stoner, Melandri y el propio piloto de Kentucky comenzaron a desquiciar a Paolo Rossi. Un adelanto de lo que sucedió un año después con Stoner con los motores de 800 c.c.

'Il Dottore necesita un chequeo a fondo' llegó a publicar La Gazzetta dello Sport, la misma sábana rosa que, meses antes, predicaba por su paso a Fórmula 1. Pero Rossi no se hundió en su nueva vulgaridad. Más bien comprendió su paradoja. No había aprendido lo que suponía ganar, pero sí aprendió lo que suponía perder. Incluso con el fisco italiano, con quien tuvo que negociar una importante multa por delito fiscal. 'Eso me hizo más fuerte que nunca. Mi concentración y esfuerzo para volver a ganar el título fueron los más determinantes en toda mi carrera', reconoce.

Ayer, Rossi volvió a hablar de pilotar un Fórmula 1. 'Es mi regalo por ganar el título', incide. Sin embargo, a diferencia de aquel invierno de 2005, Valentino no necesitará demostrar que sus tiempos son competitivos. Su futuro está ligado al mono de Ya-maha. En su vida, ya no hay sitio para más bromas.