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Aguilar y González, sin rencores

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Faltó el brindis y la tarta, la música nupcial y el “vivan los novios”. El expresidente Felipe González y la ministra Rosa Aguilar aparcaron ayer sus años de encontronazos en los noventa con un almuerzo-mitin-conferencia en un salón de bodas de Córdoba. Sentados en la mesa principal (o nupcial), al abrigo de un cartelón de Alfredo Pérez Rubalcaba, Felipe y Rosa se declararon amistad y fidelidad política ante cerca de medio millar de personas, que, eso sí, se habían pagado cada uno su cubierto.

“Estoy tan a gusto como se me nota”, decía el expresidente. “Y yo estoy igual de a gusto que Felipe, a gusto de estar aquí los dos juntos”, le correspondía la ministra. “Apoyo a Rosa Aguilar estando a gusto y con convicción. Lo demás tiene más morbo de la cuenta”, concluía Felipe González.

Y el morbo era evidente. Entre 1993 y 1996, Aguilar fue la portavoz de IU en el Congreso. Eran los años en los que la guerra sucia contra ETA y la corrupción acosaban a González. Y Aguilar se convirtió en su azote. “Tiene usted las manos manchadas de sangre”, le llegó a decir desde la tribuna del Congreso, acusándolo de estar detrás de la guerra sucia contra ETA. “Pediré perdón a González por decir lo que dije”, se retractó en 2009 Aguilar, el año en que decidió abandonar IU y la alcaldía de Córdoba y sumarse “al proyecto socialista” del presidente de la Junta, José Antonio Griñán.

“El poder es el mejor pegamento que existe en política”, reflexionaba ayer un dirigente socialista cordobés durante el almuerzo. “Hoy ni siquiera pienso en esos desencuentros o encuentros en la tercera fase”, bromeaba un pletórico Felipe González, ante el aplauso y las risas del público.

Sanidad y educación

“¿A que esto no parece un acto de campaña?”, concluía su intervención González, absolutamente volcado con la campaña de Rubalcaba, al que las encuestas auguran un batacazo. Efectivamente, más que un acto para pedir el voto era un análisis macroeconómico. “Si no hay Europa, no seremos relevantes ninguno de nosotros. Ni Alemania, ni Francia, ni España. Nos tomarán por el pito del sereno”, resumía, en una tesis europeísta en la que planteó que “el euro no tiene sentido sin política económica y fiscal común” y en la que acusó a Alemania de estar aplicando unas soluciones que “hacen imposible que ninguna economía, incluida la germana, salga adelante”.

Ante un auditorio que escuchaba en silencio, y muchos sin atreverse a empezar a comer los aperitivos que no paraban de servir los camareros, el expresidente González apostó por aumentar la productividad y la competitividad de la economía para salir de la crisis. “500 millones de europeos no han sido capaces de crear Google porque no está en nuestra cultura”, afirmó. Por ello rechazó que se ponga en cuestión “la viabilidad del sistema sanitario público o la educación”. “A ver si nos enteramos, la educación y la sanidad no son un gasto. Son una inversión”, proclamó.

Sin leer un papel y recitando de memoria un sinfín de cifras, porcentajes y estadísticas, Felipe González rechazó el referéndum convocado y desconvocado por el primer ministro de Grecia, Yorgos Papandreu. “Los griegos tienen derecho a decidir lo que ellos quieran, pero no tienen derecho a decidir lo de los demás”, argumentó, asegurando que los rescates a países incapaces de pagar sus deudas se están financiando con fondos del resto de territorios europeos.

Críticas a Grecia

“En Grecia hay cien griegos que declaran ganar más de un millón de euros al año, en un país que tiene diez millones de habitantes. Eso no puede ser”, concluyó. Lejos de la macroeconomía, González apenas lanzó dos arengas mitineras. La primera fue para recordar que en 1977 se planteó proponer la prohibición de que los diputados leyeran en el Congreso “porque tenemos un Parlamento y no un estamento”, en clara referencia al debate Rajoy-Rubalcaba en el que el primero miró continuamente sus notas. Y la segunda arenga fue para darle la razón “a los que me dicen que soy el pasado de este país. Es verdad. Soy el pasado. Cuando yo llegué al poder, la renta per cápita de este país era de 4.500 dólares por habitante. Hoy, en plena crisis, es de 31.000 dólares”. Y aplausos.

La de Felipe y Rosa fue una boda inusual, sin copa y casi sin postre. El expresidente se marchó pronto a un mitin en Cádiz. Salió raudo, firmando autógrafos, y dejó a Aguilar, tras hacer las paces, sola ante los invitados al encuentro. Muchos invitados aprovecharon ese momento para marcharse.