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Comienza la función

El hilo argumental es la crisis económica, pero los diálogos serán políticos

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Se acabaron los ensayos. El telón se levanta y da comienzo la función. Se reestrena un clásico que nunca defrauda y siempre cuelga el cartel de no hay entradas: la crisis económica.

La primera escena es fiel representación de la que pudo verse en el último ensayo: el presidente del Gobierno comparece ante el Pleno del Congreso de los Diputados para explicar la situación económica “real”. Del paso por el taller argumental han surgido dos nuevas acotaciones: en su aparte, el protagonista anuncia al público su determinación de “vencer la crisis”, incorporando a su monólogo la palabra maldita que aporta tensión dramática a la situación, al perseguirle como un fantasma que se materializa pisándole la sombra después de haber negado su existencia; y, a diferencia de lo que ocurrió en julio, acude el miércoles tomando la iniciativa y no a regañadientes, arrastrado por la presión de la oposición.

Se trata de, aupado con el alza de los coturnos, crear la atmósfera de que está al pie del cañón, liderando el país en la búsqueda de soluciones a “los problemas de los españoles”.

A la vista de los ensayos realizados en los casi seis meses transcurridos desde las elecciones generales, todo indica que la legislatura estará dividida en dos grandes actos, con un entreacto en el verano próximo y la orquesta del PSOE amenizando con la partitura social de aborto, laicidad...

El primer acto, que discurrirá durante este último cuatrimestre del año, tendrá como hilo argumental los presupuestos del Estado y la eficacia de las medidas anticrisis del Gobierno. De su resolución dependerá en gran medida el desarrollo del segundo acto y el desenlace, aunque son abundantes los estudios y precedentes que demuestran que el deterioro de la economía no arrastra inexorablemente a un Gobierno a la oposición ni conduce sin más de la oposición al poder: Felipe González fue reelegido con la crisis de 1993 a cuestas y perdió en 1996, cuando la situación era mejor; y Zapatero venció a Rajoy en 2004, con un Gobierno del PP que dejaba una economía en bonanza.

La virulencia del frenazo económico lleva a la crítica a buscar el paralelismo con la crisis de 1993, que, como la de ahora, tuvo un componente anímico depresor que influye de manera decisiva en el consumo. Los críticos coinciden también en que no hay varitas mágicas ni soluciones aisladas del resto de la Unión Europea y de resultados inmediatos. Ante un panorama tan poco halagüeño entra en el terreno de la lógica política que nadie quiera acompañar al Gobierno en su calvario.

De ahí la importancia de la larga escena ocupada por la financiación autonómica. Si el Gobierno logra pactar un nuevo modelo –expectativa a favor de la que opera la unánime insatisfacción con el vigente–, por más que sea inmediatamente descalificado por insatisfactorio y motejado de provisional, CiU se habrá liberado de su principal freno para apoyar los presupuestos y podrá volver a hacer gala de su acervo de contribución a la gobernabilidad de España y de su condición de fuerza útil en Madrid.

Para lograr la aprobación parlamentaria de los presupuestos, el Gobierno cuenta con la alternativa del PNV, que no está concernido por esta negociación al tener Euskadi un sistema propio, BNG y Coalición Canaria.

Pero, más allá de la importancia no menor de la aprobación de los presupuestos, la trascendencia de esa negociación estriba en lo que puede determinar el acompañamiento que los nacionalistas presten al Gobierno a lo largo de toda la legislatura. Es en el desarrollo de esta trama donde adquiere toda su dimensión el cambio de cuadro que se producirá en el primer semestre del año próximo, con las elecciones en Euskadi y Galicia.

Si el aval a los presupuestos es de CiU, la cooperación tendría una prolongación natural en el tiempo, pero si ha de ser del PNV, entonces sufriría el parón provocado por la confrontación electoral en Euskadi, que Ibarretxe se propone demorar hasta marzo, cuando se agota naturalmente la legislatura. Si el PSE logra gobernar en Euskadi, no sólo facilitaría el pacto de doble vuelta con el PNV, sino que introduciría un potente factor de cambio político al arrumbar el tripartito proindependentista y arrebatar al PNV la hegemonía que ha mantenido durante toda la democracia.

Las elecciones en Galicia tienen una trascendencia mayor de la que aparentan. Si la derecha sufre una fuerte derrota en el que ha sido su feudo tradicional y es la patria chica de su líder, el nuevo PP perderá fuelle y los grupos de la oposición verán enfriados los incentivos para acercarse a lo que seguiría sin percibirse como alternativa. Lo que pase hasta las elecciones europeas, en mayo, servirá para calibrar la medida del castigo al Gobierno, el uso que los electores suelen dar a su voto en esta cita.

El desarrollo del segundo acto dependerá del calendario de la crisis. Si se cumple el pronóstico optimista, según el cual la remontada comenzará en el segundo semestre de 2009, Zapatero tendrá margen más que suficiente para afianzarse electoralmente en el horizonte de 2012. Si se prolonga hasta 2010, el escenario se complicará porque para el otoño tocan elecciones en Catalunya y quedará sólo un año para entrar en la antesala de las generales que son las municipales y autonómicas.

Será el momento del clímax, el que encamina la historia hacia el desenlace. Lo que se puede anticipar es que aunque el hilo argumental es económico, los diálogos serán políticos. Para que nada falte, en el corral de la política habrá también el tradicional coro de alabarderos y reventadores intentando erigirse en la voz de la conciencia y armando zaragata para influir en el veredicto del público soberano sobre la excelencia o mediocridad de la obra.

Los ciudadanos agradecerán que los diputados se comporten como auténticos “tribunos del pueblo” pues, como escribió Pérez Galdós, no hay peor enfermedad para los humildes que la miseria.