Publicado: 18.01.2014 07:00 |Actualizado: 18.01.2014 07:00

La exclusión social en España

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El año 2010 fue proclamado por la Unión Europea como Año Europeo de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social. Pues bien, ateniéndonos a los informes presentados por el Observatorio de la Realidad Social de 2012 o 2013, elaborado por Cáritas, la pobreza severa en este país afecta ya a tres millones de personas (esto significa vivir con menos de 307 euros al mes). La tasa de pobres duplica a la de 2007, con un porcentaje actual del 6,4% de la población.

También reseña el informe que el número de millonarios en España aumentó un 13% y que la tasa de pobreza también lo hizo, alcanzando ya un insoportable 21,1% en 2012. Son informes de especial relevancia y de cruda dureza que reflejan la realidad social de un país fracturado socialmente. Son cifras que oscurecen el presente y futuro de millones de familias agónicas, familias que viven fuera de los límites de la dignidad, cabezas de turco de la especulación y el entretenimiento de las élites financieras mundiales con el beneplácito y concurso de una clase política vendida.

Actualmente nuestra sociedad vive anestesiada, fragmentada, descoordinada y desorganizada, parece sobrevivir agónicamente en su propia impotencia. Es inconcebible que en este país no haya habido un estallido social de suficiente relevancia y calado para producir un cambio social que devuelva la dignidad expoliada a la ciudadanía tras los innumerables casos de corrupción que han saqueado nuestras cuentas de ahorro y nuestra estabilidad social.

La legitimidad de nuestros políticos es desde hace años de carácter temerario, sus decisiones y actuaciones políticas son ejecutadas sin ningún tipo de pudor y buscando solamente proteger los intereses de unos pocos. Los ejecutores de sus políticas actúan a través de miles de cargos laborales de confianza o de puestos de libre designación, siendo copartícipes en infinidad de situaciones del desmantelamiento del estado de bienestar.

Esta casta política intocable es gente para no fiarse de ella, su gestión política se ha encargado de viciar nuestra actual democracia y con ello también nuestra masa social. El actual sistema democrático imperante carece de credibilidad, está agotado socialmente, permitiendo perpetuar la insolidaridad y el desánimo social. Nos están preparando para aceptar sin violencia cualquier pérdida o merma de nuestros derechos, anteponen su discurso seriamente interesado en ellos mismos a nuestro futuro y el de generaciones venideras.     

Dónde dirigir nuestra indignación, en qué lugar debe ser canalizada la misma y a quién debe exigírsele responsabilidades. A mi modo de entender, todo ello debe ser expuesto, tratado y resuelto solamente entre la propia ciudadanía a través de grupos de presión, dejando al margen de nuestra decisión futura a los partícipes de esta partitocracia que únicamente constituyen una deformación sistemática de la democracia, como bien dice Gustavo Bueno.    

Somos un país de charlatanes, de queja de bar o de sofá, pero sin ningún tipo de paso al acto serio y profundamente reflexionado. Nosotros y sólo nosotros hemos permitido que algo tan inquebrantable como los derechos fundamentales recogidos en nuestro ordenamiento constitucional estén siendo fulminados o mutilados por quienes son los garantes de los mismos. Es como si le otorgáramos al zorro el cuidado de nuestro gallinero. 

Sabemos que el avance de una sociedad siempre vendrá de la voluntad del pueblo, nunca de una clase política de este calado que ha demostrado infinidad de veces su interés por protegerse y cuidarse a sí misma. Si algo conozco a través de mi experiencia laboral y personal es el incremento alarmante de bolsas de pobreza en nuestra sociedad, ciudadanos que acuden diariamente a recursos benéficos por haber sido olvidados, excluidos o expulsados de la cobertura social del Estado español. Ciudadanos procedentes últimamente del desmantelamiento de la clase media de este país y cuya presencia no altera ni amenaza nuestro estatus. Nuestra incapacidad intelectual y la insolidaridad que nos atenaza no permite prever que nosotros seremos los siguientes damnificados.

Me resisto a claudicar o formar parte de una sociedad que es responsable de lo que nos ocurre. No creo que seamos lo suficientemente pasivos e incultos para no pararle los pies a esta clase política que nos mantiene empobrecidos en todos los sentidos. Creo que aún estamos a tiempo a pesar de la gravedad de la situación pero no debemos esperar a que los cambios se produzcan cuando haya elecciones, dejándonos someter una vez más a su sistema viciado. Las plataformas ciudadanas o grupos de presión son a día de hoy el único vehículo social al que poder subirse.

Es preciso cambiar el sistema que gobierna nuestras vidas de manera pacífica, ordenada, reflexiva, contundente y sin dilaciones, ejerciendo y haciendo valer los derechos sociales que nos han sido maquillados o extirpados.

* Luís Carmona es trabajador social de la sección de Rehabilitación Psiquiátrica del Hospital de Piñor (Ourense).