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El gato discreto que esperaba en capilla

Alberto Fabra, un político al que no le ha salpicado la corrupción, controlará el gran feudo del PP

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Alberto Fabra es el elegido: será el próximo presidente de la Generalitat y del Partido Popular valenciano. Su perfil es el adecuado, seguramente. Al fin y al cabo, se trata de un político discreto, un tecnócrata afable que hace su trabajo sin demasiadas estridencias. Nada que ver, por lo menos que se sepa, con los enredos con los que nos ha deleitado Francisco Camps en los últimos dos años y medio a propósito de los dichosos trajes y, más allá de eso, las turbias suposiciones –que algún día algún juez deberá esclarecer– sobre qué obtuvo a cambio de ellos la red Gürtel de Correa, el Bigotes y compañía.

Fabra llegó, bendecido por la Junta Ejecutiva Regional del PP, hoy por la tarde. La escena tuvo su punto de esperpento, como no podía ser de otro modo: los gerifaltes de la derecha valenciana despedían a Camps con un pañuelo al viento e, inmediatamente, usaban el mismo para quitarle el polvo al nuevo president, que hacía mucho tiempo que esperaba en capilla el acontecimiento.

Mientras tanto, a las puerta de la sede del partido (junto al frondoso Jardín Botánico de Valencia), una multitud de seguidores aplaudía y vitoreaba al cadáver del líder, como si no fuese un hombre más sino la propia Virgen de los Desamparados, la Geperudeta (patrona del País Valencià), cuya festividad el segundo domingo de mayo es ocasión para demostraciones de una religiosidad populachera y virulenta.

Pero ¿quién es Alberto Fabra? Un hombre discreto, de vida discreta. Su biografía oficial lo hace nacer en Castellón, en 1964. Es arquitecto técnico, está casado y tiene dos hijos. Desde 1991 es concejal en el Ayuntamiento de Castellón (está afiliado al PP desde 1982).

Su acceso a la Alcaldía se produjo en enero de 2005. En esa fecha dimitía José Luis Gimeno, cuyo retiro dorado, con asesores, chófer y sueldo astronómico, se justificó para ocupar la gerencia de la llamada Ciudad de las Lenguas. Deben ser, sin embargo, lenguas muertas, porque a día de hoy tal proyecto no cuenta con una sola piedra puesta.

La primera prueba de fuego de Alberto Fabra fueron las elecciones municipales del 2007. En aquel momento estaba en su apogeo el caso de otro Fabra, don Carlos. Aunque Alberto tiene un hermano que también se llama Carlos, no guardan ninguna relación familiar con el presidente de la Diputación y sheriff del condado de Castellón.

En aquellos comicios, en todo caso, obtuvo el 47,91% de los votos: 14 concejales, frente a 12 del PSPV-PSOE y 1 del Bloc Nacionalista. En las últimas elecciones (mayo), ya con los efluvios del otro fabrismo bastante disipados, revalidó su mayoría absoluta, con más relieve si cabe ante el hundimiento de los socialistas.

Este Fabra, pues, ha sabido reservarse mientras las aguas bajaban turbias en su partido a todo lo largo del País Valencià. El martes mismo se supo que la Fiscalía Provincial de Castellón había archivado la investigación abierta sobre el Centro de Convenciones, otro proyecto faraónico encargado por la Generalitat Valenciana en Castellón al arquitecto Santiago Calatrava.

Esquerra Unida pudo acceder al contrato firmado para la obra y, al comprobar que Calatrava había cobrado 2,7 millones de euros y el proyecto no se había materializado, lo llevó al juzgado. La cosa se podría haber puesto fea para Alberto Fabra, pero no ha sido así. Como los gatos, ha caído de pie y ha salido incólume. ¿Una premonición para lo que le espera como president de la Generalitat?