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La inmigración africana cumple dos décadas de luto

Desde el primer naufragio de una patera en 1988, han muerto 18.000 personas

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1 de noviembre de 1988. Es una de las fechas más fatídica en la historia reciente de Tarifa (Cádiz). Aquel día, se tuvo noticia del primer naufragio mortal con inmigrantes irregulares. Trece de ellos murieron a pocos metros de la orilla. Hubo cinco supervivientes. Desde entonces, distintas asociaciones han documentado la muerte de otras 18.000 personas al intentar alcanzar la costa española. Hoy, la llegada de pateras a las playas de Andalucía y, más recientemente, de cayucos a Canarias se ha convertido en una dramática cotidianidad.

Han pasado veinte años. Por eso, cerca de un centenar de personas se acercó ayer a la playa de Los Lances, lugar de la tragedia, para recordar aquella desgracia. Tras arrojar flores al mar, los asistentes guardaron cinco minutos de silencio. Fue un emotivo acto organizado por las asociaciones Andalucía Acoge y Asociación Pro Derechos Humanos (APDH) en el que también participó el Defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo, quien leyó un manifiesto para recordar aquel naufragio. El acto culminó con una mesa redonda donde inmigrantes, intelectuales y periodistas debatieron sobre la inmigración ilegal.

El periodista Ildefonso Sena, presente en el homenaje de ayer a las víctimas, fue uno de los primeros en llegar a la playa aquel día de 1988. Era una mañana gris y fría, con un viento huracanado de Levante. “Una patrulla había localizado a cinco marroquíes mojados y sin papeles en la carretera. Apenas hicieron falta palabras o gestos para comprender lo ocurrido. La siguiente escena fue la del casco de una patera varada y junto a ella el cadáver de un joven con rasgos marroquíes”, recuerda Sena. Uno de los supervivientes de aquella travesía relató a la policía, en un francés muy pobre, que la expedición había salido a medianoche de Tánger (Marruecos). Horas más tarde, cuando la embarcación estaba ya muy cerca de Tarifa, los indocumentados se tiraron al agua. Habían visto las luces de una urbanización y pensaban que casi podían hacer pie. Se equivocaron. Buena parte de ellos no sabía nadar y murieron ahogados cuando intentaban alcanzar su destino.

La playa de Los Lances se convirtió en cuestión de horas en un cementerio. Días después de la tragedia, el mar aún devolvía cuerpos sin vida de aquella expedición.