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La locomotora insatisfecha

El encaje de Catalunya. Ha tirado del carro del Estado autonómico pero ya ni con el Estatut actual le basta al 60% de su gente. En Catalunya, el derecho a decidir y el independentismo se normalizan, mientras que los valedores de

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Algunos políticos de ramalazo populista apelan a 'las cosas que importan a la gente' para orillar debates incómodos. Les pasa a no pocos del PSOE y a la inmensa mayoría de los del PP con el secular asunto del encaje de Catalunya en España. En Catalunya, el tema sí interesa y exhibe capacidad movilizadora. Son prueba de ello las cuatro oleadas de simbólicas consultas soberanistas, que han sacado a la calle a más ciudadanos que cualquier otra causa.

Este interés, azuzado desde 2004 por el omnipresente debate del Estatut y su trance en el Tribunal Constitucional, se manifestó de nuevo hace unos días. TV3 emitió, en prime time y en dos jueves consecutivos, sendos documentales sobre el asunto. El primero, con el provocador título Adéu Espanya?, consiguió un 24% de cuota de pantalla y el segundo, El laberint, de formato menos ameno, un 8% nada despreciable para el género político.

Un 31% espera aún el Estado federal; ellos decantarán entre autonomismo y soberanismo

En ambos se constataba que el eje político se ha desplazado. De gestionar la autonomía y exprimir el Estatut se pasa a reclamar algo más. El independentismo ha crecido, es visible y transversal pese a ser aún minoritario. En las encuestas, el derecho a decidir tiene una aceptación amplia, también de quienes no renuncian a España. O sea, los que se conforman con el actual marco o ambicionan un Estado federal o confederal como Canadá.

Pero, ¿qué ha pasado para que todo se acelere? Además de superar temores de la Transición y de que el nuevo Estatut, que las Cortes ya recortaron, se haya dado de bruces con el TC, las alianzas han sido clave. El PSC, en el Govern desde 2003 y condicionado por los independentistas de ERC, ha jugado fuerte la carta federal chocando con el PSOE. Desde que Zapatero está en la Moncloa, Maragall antes y Montilla ahora han izado la bandera de la España plural prometida. CiU no ha quedado atrás. Se ha visto obligada a desbordar en catalanismo al Tripartito exigiendo día sí y día también a Montilla cosas que nunca se plantearon a Pujol cuando, en su crepúsculo gubernamental, regía un tristón espejismo nacional maniatado por el PP.

El desplazamiento del eje aparece en algunos sondeos. El apoyo al derecho a decidir, que la Constitución reserva a la nación española, se impone e incluso empatan partidarios de la independencia y de insistir en el encaje. Las encuestas del Centre d'Estudis d'Opinió, ente demoscópico del Govern, no son tan halagüeñas para el independentismo. Demuestran que los partidarios de ser 'una comunidad autónoma de España' son el 35% pero cerca están, con el 31%, los que lo son de algo tan remoto al sur del Ebro como 'un estado dentro de una España federal'. El independentismo puro y duro está en el 21% y un 7,3% apuesta por rebobinar y ser 'una región de España'.

Independentistas en el Govern y nacionalistas en la oposición han acelerado un debate secular

El 60% juzga 'insuficiente' la autonomía conseguida con el Estatut que en 2006 entró en el patíbulo del TC. Y por partidos se constata que el 21% de independentistas se reparte entre todos los de tradición democrática. La palma se la lleva ERC con el 53,6% de su electorado que lo es. Como el 26% del de CiU, el 17% del de ICV y el 11,6% del socialista.

Catalunya ha aumentado su autogobierno —el elevado y reconocido déficit fiscal ha permitido mejoras en la financiación— pero no está cómoda en la España actual. Las apuestas federales de Montilla tienen poco eco y las que van más allá vuelven con un no rotundo. El federalismo está desprestigiado en España, es un dogma territorial de minorías al que algunos líderes de la izquierda se acercan de forma táctica, nunca estratégica.

El Estado de las autonomías ha servido. Pero cansa. Los políticos asumen que en una España con las ventajosas excepciones forales vasca y navarra, Catalunya no sólo es locomotora económica sino también territorial. 'Lo que den a Catalunya lo quiero yo', se oye a algunos barones. 'Si os lo damos a vosotros vendrá Murcia a pedirlo', argumentan en los diversos ministerios. Lo que fue una idea para no levantar ampollas en Catalunya a finales de los 70 va camino de convertirse en igualación para todos.

Entre romper y doblarPese al hartazgo, las misiones para asimilar Catalunya han sido tan estériles como las urdidas para emanciparla. El 31% de catalanes no es independentista pero busca una respuesta que España no quiere o no puede dar. Hasta el momento las voces que, a izquierda y derecha, reclaman la vía federal se ahogan en un océano de incomprensión. El Estado no cede. Y el independentismo explica que, al final, los materiales muy rígidos son más fáciles de romper que de doblar.