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"Me siento como un trabajador social"

Los prostitutos y las ONG que les ayudan coinciden en que la mayoría trabaja por su voluntad, ajenos a las mafias de trata

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El chapero entra en una tienda de ropa interior de marca, el dinero le quema en las manos. Los dependientes le reciben espléndidos porque le conocen de sobra y saben que es capaz de gastarse lo que sea. Ricardo, prostituto colombiano de 26 años, pone este ejemplo como uno de tantos por los que a los hombres que ofrecen sus servicios sexuales a cambio de dinero les cuesta luego adaptarse a la rutina, a un trabajo más convencional.

Mario, español de 36 años que ejerce la prostitución, coincide con Ricardo en que el dispendio entre los chaperos es 'la tónica general'. Pero él no lo hace, ahorra todo lo que puede. 'Lo que no voy a hacer es el tonto y gastarme el dinero en cocaína o en Dolce & Gabbana', señala. Porque luego, la vuelta a la rutina se hace para él muy cuesta arriba.

Iván Zaro, responsable de atención a los trabajadores masculinos del sexo de la Fundación Triángulo, explica que lo más dificil para los hombres que quieren salir de la prostitución es volver a tener obligaciones. 'En la prostitución hay mucha vida nocturna, uno es su propio jefe Y los que lo quieren dejar ven que tienen de nuevo que rendir cuentas a alguien, que cumplir con unos horarios', subraya Zaro, cuya ONG tiene un programa específico de reinserción laboral para estos chicos.

Zaro coincide con otros especialistas de ONG y con los propios chaperos en subrayar que la inmensa mayoría de los hombres que se prostituye lo hace de manera voluntaria. La explotación sexual por cuenta ajena, a través de mafias de trata, como en el caso de la red recientemente desarticulaba que explotaba a chicos brasileños, es algo 'residual' para los varones.

A diferencia de lo que ocurre con las meretrices, la mayoría de los chicos trabaja para sí mismo y en general contacta a sus clientes a través de internet. Es más raro que se oferten en anuncios de contactos publicados en la prensa o que se expongan en las calles.

'Alguna vez llama una mujer, pero luego le da miedo'

Mario, con cinco años trabajando como quiromasajista y prostituto, y Ricardo, con casi dos vendiendo su cuerpo, confirman que su vida tiene poco que ver con la de las mujeres exclavas del sexo. 'Yo me siento como un trabajador social. Cuando estoy con un cliente, pienso: Pobrecito, es su primer polvo o hace mucho que no'. Todo el mundo tiene derecho a tener sexo', reflexiona Ricardo.

Ambos tienen clientes discapacitados. 'Que sin nosotros no tendrían acceso al sexo, o a tener cariño o una conversación', cuenta Mario. Todos sus clientes son hombres. 'Alguna vez llama una mujer, pero luego le da miedo', afirma Ricardo.

Mario Blázquez es técnico de Salud del Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid (COGAM), también con un servicio específico para prostitutos. 'La mayoría de los chicos que acuden a nosotros son ecuatorianos', explica Blázquez, que remarca que la mayoría prefiere quedar en la 'invisibilidad'.

En cambio, los que acuden a la ONG Médicos del Mundo son en su mayoría brasileños. De los 400 hombres que atienden al año, un 25% procede de Brasil, según cuenta Ramón Esteso, responsable de Exclusión Social de la organización.

No hay apenas mafias, pero sí explotación laboral en los pisos con las llamadas 'plazas'

Él, cuando habla con los trabajadores masculinos del sexo, hace mucho hincapié en que no se les vaya la cabeza con las drogas: 'Muchos de ellos toman popper [droga que se inhala y que sirve como dilatador], cocaína, viagra para aguantar'.

'Cuando están con el cliente tienen que tener mucho cuidado porque, si uno está desinhibido con las drogas, puede no estar pendiente del uso del preservativo', advierte Esteso.

No hay apenas mafias, pero sí explotación laboral en los pisos con las llamadas 'plazas', como la que tenía la red desarticulada en Palma de Mallorca. En las zonas de turismo (Mallorca, Andalucía, Tenerife) funciona este sistema, por el cual los chaperos disponen de un sitio en un piso pero, a cambio, tienen que dar una parte de sus ganancias al dueño de la vivienda. 'Ese porcentaje puede llegar hasta la mitad', admite Mario.

A este sistema suelen recurrir los prostitutos inmigrantes en verano para conseguir dinero del turismo sexual y porque, al no tener papeles, muchos de ellos ven imposible tener su propio piso y quedarse todas sus ganancias.