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"No hay que enfrentar el trabajo con la familia"

La conciliación de la vida laboral y personal es un reto reciente que se ha convertido en urgente. Surgió tras la incorporación de la mujer al trabajo y hoy puede ser la solución a la baja tasa de fertilidad

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Cuenta Nuria Chinchilla (Barcelona, 1960) que el trabajo es como un gas. Se esparce por toda la agenda y, si nos descuidamos, ocupa sin piedad cualquier hueco de tiempo libre. Por eso, los momentos que decidimos pasar con la familia, la pareja, los hijos y los amigos tienen que estar señalados en la agenda con un rotulador bien vistoso. Como una cita laboral más, pero no como un compromiso cualquiera. De hecho, tenemos que proteger estos espacios con uñas y dientes, 'como si de reuniones con el presidente del Gobierno se trataran'.

Nuria Chinchilla está considerada una de las mayores expertas en conciliación de España. Doctora cum laude en Ciencias Económicas y Empresariales, es profesora del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE) y asesora a varias empresas y gobiernos. Además, intenta predicar con el ejemplo. Madre y esposa, forma parte del 15% de la sociedad española que consigue conciliar.

'El secreto está en no contraponer el trabajo y la familia', sentencia, 'ambas cosas se enriquecen mutuamente porque lo que aprendes en un ámbito puedes aplicarlo en el otro'. De hecho, Chinchilla habla en sus clases del triángulo de la conciliación, en cuyos vértices están el trabajo, la familia y la sociedad. 'Las personas estamos en el centro de este triángulo', explica, 'aprendiendo de todos los terrenos y tomando decisiones en cada uno de ellos'.

'Las empresas deben adaptarse a las mujeres y a los hombres de hoy'

Otra de las claves para conciliar es anticiparse: asentar ciertos valores y planear el futuro. Cuenta Chinchilla que, antes de tener a su hija, pensó muy bien cómo lo iba a hacer. 'En primer lugar, tenía claro que quería construir una familia', recuerda, 'veía el futuro desde esa perspectiva, cosa que, evidentemente, compartía con mi marido'.

El siguiente paso era decidir dónde vivir. Superadas las discrepancias iniciales, la pareja decidió establecerse en Barcelona, donde la niña iría al colegio. 'Para mí era primordial vivir cerca de mis padres'. De hecho, 'ellos han sido unos segundos padres para mi hija', reconoce Chinchilla que, como muchas madres españolas, después de dejar a la pequeña Nuria en la escuela, no la volvía a ver hasta la noche.

Hoy, la rutina en su casa es muy diferente. La hija del matrimonio, que tiene 21 años, vive en Pamplona, pero Chinchilla sigue marcando con un rotulador vistoso los momentos que pasa con su familia: 'Ahora que mi hija no está en casa, concilio con mi marido y mi madre, que vive sola'.

'Tenemos que eliminar los horarios irracionales y las jornadas eternas'

Tanto en este momento de su vida como cuando su hija era pequeña, Chinchilla considera fundamental 'delegar todo lo delegable'. Es decir que, mientras nos lo permita el bolsillo, debemos 'reservar toda la energía a estar con la familia' e intentar subcontratar el resto de 'cosas materiales', dice Chinchilla, como cocinar, limpiar o poner lavadoras.

El problema es que, además de en nuestras agendas, la conciliación debería estar mucho más presente en la agenda política de los gobiernos. Un informe del Instituto Internacional de Estudios sobre la Familia constata que apenas un 15% de los trabajadores españoles ha encontrado un equilibrio entre su vida personal y el trabajo. La Ley de Igualdad de Trato y las leyes de Conciliación de la Vida Familiar y Laboral allanaron el terreno, pero es necesario un cambio de paradigma: 'Hay que acabar con los horarios irracionales y las jornadas eternas que sólo fomentan el absentismo y la falta de compromiso', sentencia Chinchilla, miembro fundador de la Asociación para la Racionalización de los Horarios Españoles.

La flexibilidad y el teletrabajo son claves para desterrar de las empresas el horario religioso, es decir, 'entrar a trabajar como Dios manda y salir cuando Dios quiere', bromea Chinchilla. Este tipo de vida provoca un aplazamiento de la maternidad en las mujeres, que tienen el primer hijo en torno a los 30 años, según la OCDE. Además, ellas siguen estando discriminadas en el mundo laboral, y no por ser mujeres, sino por su 'potencial maternidad', cuenta Chinchilla. 'Si no hay tiempo para tener hijos, perdemos capital humano y perjudicamos la economía', señala.

Muchas mujeres, sin embargo, deciden poner fin a su carrera profesional para formar una familia. Al llamado techo de cristal (construido por los hombres a base de prejuicios machistas) se le une ahora el de cemento. 'Llega un momento en que el precio que tienen que pagar las mujeres para lograr el equilibrio es demasiado alto y deciden que no les compensa', cuenta Chinchilla.

Aun así, estudios del IESE demuestran que la diversidad de género en una empresa aumenta su rendimiento y que un entorno conciliador multiplica por 2,5 el compromiso de los trabajadores. El diagnóstico de Chinchilla es claro: 'Hay que repensar la empresa para el hombre y la mujer de hoy'.