Publicado: 08.12.2013 08:24 |Actualizado: 08.12.2013 08:24

Cinco españoles en Merkelandia

Los emigrantes cuentan cómo son sus trabajos en Alemania, cuáles fueron sus motivos para salir de España y cómo sortean los obstáculos del mercado laboral germano

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Alemania no es ningún paraíso. Ni social, ni climático, ni tampoco laboral. En los dominios de Angela Merkel, los españoles son a menudo extranjeros antes que ciudadanos europeos de pleno derecho. "Aquí sí que hay trabajo, pero sin el idioma cuesta encontrar. Y también depende de si te vale la pena, a qué precio quieres trabajar", cuenta Luis Pérez desde la capital financiera de Europa, Fráncfort.

Según la OCDE, solo uno de cada tres españoles que intenta asentarse en Alemania lo consigue. Casi tan importante como hablar alemán es tener suerte. Casi todas las experiencias laborales alemanas recurren a esta palabra. Suerte de llegar un sábado y comenzar a trabajar un miércoles, suerte de que la familia con la que trabajas de au pair te trate como a un verdadero amigo, suerte de que tu pareja sea alemana, suerte de haber podido vivir la experiencia de la beca Erasmus. "Suerte" a pesar de que tu sueldo no llega al salario mínimo recién acordado por el futuro gobierno o a pesar de que estás desempeñando un trabajo por debajo de tu cualificación.

La cantidad de españoles que emigran a Alemania continúa aumentando. Según el Statistisches Bundesamt (Oficina Federal de Estadística), durante los primeros seis meses de 2013, la cifra se incrementó un 30%. No obstante, aquí no se recoge cuántas de estas personas han salido del país. Desde la Embajada española en Berlín, se da una cifra total: A 30 de septiembre de 2013, 132.997 españoles tenían una residencia permanente en el país germano y estaban registrados en los diferentes consulados, algo que, por cierto, no todos hacen. Éstas son algunas de sus historias.

Nada ha sido sencillo para este joven jefe de cocina. Llevaba con la idea de mudarse a Alemania desde hace unos cinco años, pero sus últimas experiencias en España le hicieron dar el paso definitivo. Una licenciatura en Bellas Artes, innumerables cursos de cocina "finolis", un máster en alta gastronomía ejecutiva y creativa, así como siete años de experiencia como cocinero, no fueron suficientes para encontrar un trabajo decente en España. Sus dos últimos años "fueron de pena". Se hartó de ir a restaurantes a entregar el currículum y que le dijeran que no aceptaban a más personas y de tener que hasta aceptar un empleo en Marina d'Or "por un neto de unos 1,66 euros la hora". Así que en 2011, reunió un poco de dinero, una parte procedente de su madre, y aterrizó en Berlín. A los cuatro días estaba trabajando.

Comenzó con un minijob, aunque como él mismo dice: "De mini, nada, he llegado a hacer 70 horas en una semana. Y esto no es una queja, es un gaje de la profesión. En España también es así, pero al menos aquí pagan la hora trabajada". En unos escasos seis meses, ya era el jefe de la cocina del restaurante, al mando de un equipo de seis personas. Aunque su salario no ha aumentado tanto como su responsabilidad. Hoy cobra ocho euros la hora, una cantidad inferior al salario mínimo interprofesional que se comenzará a implantar gradualmente en 2015. Por eso quiere cambiar de aires. "Hace meses que intento buscar un sitio con contrato real, con vacaciones pagadas, seguro médico pagado y esas cosas que un trabajador profesional debería tener". Hasta el momento, no ha habido éxito. "Toda mi experiencia en España no sirve en Alemania. Aquí sin un "Ausbildung" [el programa dual de formación profesional que el gobierno de Merkel quiere exportar a los países del sur de Europa] te comes los mocos. A lo que hay que añadir que los alemanes con "Ausbildung" de cocina con los que he trabajado no saben hacer la o con un canuto. No sé qué narices hacen en esos tres años".

A pesar de todas las dificultades, Ángel está satisfecho. Se siente valorado y respetado por los clientes. En cambio, su recuerdo de España es todavía amargo: "No volvería a trabajar como cocinero allí. En España un cocinero es un esclavo". Además, ahora como jefe de cocina, puede echar una mano a las personas que, como él, llegaron a Berlín de forma tan precaria. "Cuando necesitamos a gente nueva intento coger siempre a españoles o griegos o italianos, pero no siempre cumplen con lo que pone en su currículum".

Esta joven de 26 años de Teruel recaló en Berlín después de estudiar música clásica en Holanda. Lleva en Alemania apenas 11 meses y desde agosto recibe las ayudas sociales del Hartz IV.

En enero de 2012, Dámaris llegó a la capital alemana atraída por su enorme oferta y demanda cultural, pero los comienzos no fueron sencillos. "Aquí solo tenía dos conocidos; me encontraba completamente perdida. Y mi alemán no era, precisamente, para tirar cohetes". Además, el primer empleo que encontró no respondía a los famosos estándares alemanes de respeto a la legalidad.

"Empecé a trabajar en una escuela de música de Brandenburgo. Nunca me explicaron que tenía que firmar ningún papel. Yo les mandaba un correo electrónico con las horas trabajadas y ellos me ingresaban el dinero. Nunca me hicieron contrato, y eso que se lo pedí varias veces". No era la única. Al menos otro profesor se encontraba en la misma situación. "El director ponía excusas de todo tipo. Me daba largas: ‘Estoy enfermo', que si se le ha pasado, que si después de las Pascuas...". La joven asegura que el pago por hora "no estaba mal del todo", pero que "había cosas que no eran normales". ¿Cómo qué? "Como que si un alumno no aparecía por clase, no me pagaba. Daba igual que yo estuviera allí plantada esperando. O como que si llegaba dos minutos tarde, me descontaba esos dos minutos del sueldo".

Dámaris se dio de alta como autónoma para gestionar legalmente esos trabajos esporádicos por horas, a pesar de que sus ingresos no eran, para nada, elevados. Un día alguien le contó que existían unas ayudas económicas para gente que ganaba poco y acudió a un "Job Center", una de las oficinas de empleo de Alemania. Tuvo que sobrevivir a una gran cantidad de papeleo, lo que solo pudo hacer gracias a una empresa asesora, pero finalmente consiguió que le concedieran una ayuda de 380 euros al mes, una ayuda que forma parte del famoso Hartz IV. "Supongo que tuve suerte porque, aunque fue muy pesado, nunca me dijeron que no".

El Hartz IV se introdujo en 2003 y aúna ayudas sociales y prestaciones por desempleo de larga duración. "En contra de lo que mucha gente piensa, conseguir un minijob o ser autónomo es la forma más sencilla de conseguir que te concedan el Hartz IV". Iñigo Valdenebro es un abogado español que junto a otras personas ha creado el colectivo "Berlin. Wie Bitte?", destinado a informar a la comunidad española en Alemania sobre sus derechos legales. A través de su página web y de las consultorías gratuitas que realizan en la capital semanalmente, quieren ayudar a aquellos españoles que se pierden por los oscuros trabalenguas de la burocracia legal germana. Una de las reclamaciones más repetidas en la sala del colectivo es la relacionada con el Hartz IV. "Los ‘Job Centers' rechazan muchas solicitudes de ciudadanos europeos al ampararse en que en la Unión Europea solo hay libre circulación de trabajadores. Es su forma de decir no a las personas de Grecia, Italia, España... que han venido aquí a buscar trabajo". A principios de 2012 Alemania se salió del Convenio Europeo de Asistencia Social y Médica, una medida calificada como un intento de disuadir que muchos europeos soliciten esta ayuda social. "En los casos en los que la solicitud es rechazada, se puede poner un recurso; y si vuelven a decir que no, una demanda por lo social. El proceso es gratuito y entre un 70 y un 80% de las veces se gana", añade Valdenebro. Y precisamente ahora, a lo largo de la semana que viene, está previsto que el Bundessozialgericht (el Tribunal Federal de Asuntos de Seguridad Social) dicte sentencia respecto a las peticiones de Hartz IV por parte de personas comunitarias. El abogado español cree que puede cambiar los parámetros "para bien o para mal".

Según datos de la Bundesagentur für Arbeit (Agencia Federal de Empleo), en noviembre de este año, 9.871 españoles percibían en todo el país el Hartz IV. De ellos, 7.428 personas realizan algún tipo de trabajo, como es el caso de Dámaris; mientras que los demás, 2.443, no tiene ningún otro ingreso que la prestación.

A ella se la concedieron para seis meses, hasta enero, y no tiene intención de volver a pedirla "a no ser que sea muy necesario". Se siente "controlada": "Tuve que calcular todos los ingresos, los gastos...  Y, claro, tengo miedo de que después me la hagan devolver porque estoy gastando menos de lo dije. Me da hasta miedo que mis padres me ingresen dinero en la cuenta".

En enero, la joven también cumple un año en Berlín, y a la hora de hacer balance, ella se queda con lo bueno. "Al principio siempre cuesta, y se atraviesan momentos difíciles. Pero ahora estoy conociendo a gente muy interesante de mi mundo y encontrando proyectos que me gustan".

El optimismo del primer año alemán de la profesora de piano escasea en las palabras de Luis Pérez, que lleva ya más de dos por tierras germanas. Luis encontró la posibilidad de trabajar como au pair para familia en Darmstadt, una localidad cercana a Fráncfort. "Yo en realidad no quería venir a Alemania, porque no conocía el idioma. Sabía de gente que lo había hecho en Inglaterra y decidí probar suerte porque en España no encontraba trabajo. Siempre pensaba: en dos horas estoy de vuelta. Y así ya llevo dos años".

Para este licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas, la suerte se personificó en la familia para la que trabajaba. "Yo tuve mucha suerte con la familia. Desde el principio se mostraron muy interesados en que fuera. El padre, que habla español, incluso me llamó para convencerme. Son las mejores personas que he conocido en Alemania". Ahora ya no vive con ellos. Desde hace un año reside en Fráncfort y trabaja como camarero. "En el bar, al principio me encontré un poco mal. Pero después poco a poco, la situación mejoró. Lo mejor de mi trabajo es que voy por las tardes, y solo tres o cuatro días a la semana, como máximo cinco, pero muy pocas veces. Eso me deja tiempo para ir a clases de alemán por las mañanas".

El joven de Albacete insiste en el tema del idioma. Sin un buen alemán, las posibilidades de encontrar trabajo se reducen considerablemente. "Conozco a amigos que a pesar de tener el idioma les ha costado bastante", confiesa. "Y también cuenta a qué precio quieres trabajar y si te vale la pena".

Luis, que ha visto cómo muchos tiraban la toalla y volvían a España, respalda las estadísticas oficiales que muestran un incremento de inmigrantes españoles por tierras germanas. "Se nota al ir por la calle. Es increíble. Al principio cuando llegué y cuando vivía en Darmstadt no se percibía tanto, pero ahora en Fráncfort sí que lo veo". Y entre todos ellos, el camarero se considera afortunado. "Yo estoy bien aquí, aunque, a ver, todo hay que decirlo. No es oro todo lo que reluce. Aquí no hay nada fácil. Y los alemanes sí son muy exigentes, y más ahora que cada vez hay más españoles".

Las razones que llevan a los españoles a recalar en la Alemania de Merkel no siempre las mismas. Uno también puede tener una situación en España "muy buena" y terminar marchándose al extranjero. "Mi pareja es alemana. Nos conocimos en mi ciudad, Sevilla, hace cuatro años, y tras varios años de mantener una relación a distancia, decidimos dar el paso. Creemos que es más fácil que yo encuentre trabajo aquí, a que ella lo encuentre allí. Y por supuesto aquí las condiciones son mucho más ventajosas", cuenta Rafael. Rafael tiene 30 años, es licenciado en Derecho y ha cursado, además, un par de cursos de postgrado. Lleva instalado en la capital alemana desde junio, y ha seguido a rajatabla la regla en la que tanto insistía Luis: hay que aprender el idioma porque es "extremadamente difícil, pero no imposible". "Llevo tres meses dando cursos intensivos de alemán, es decir, 20 horas a la semana; situación que quiero prolongar hasta finales de marzo". 

Él partía con ventaja. Su relación le había permitido conocer bien la cultura alemana con anterioridad. Durante los últimos años ha visitado el país con frecuencia y asegura que, por eso, Berlín en particular le resulta totalmente familiar. Y a pesar de todo, confiesa que no las tiene todas consigo para poder encontrar trabajo en su campo de especialización, el de la administración de empresas: "Dado mi perfil, supongo que tengo un ámbito muy limitado; pero tengo esperanzas".

Y es que ni tener una formación universitaria técnica te garantiza un futuro laboral estable en Alemania. Pablo trabaja en Fráncfort para una firma germana de la industria del automóvil, para uno de los mayores proveedores de productos de automoción del mundo. Trabaja para ellos pero no cobra de ellos. Su salario lo paga una tercera empresa, una consultora. Hace un tiempo, a Pablo le hablaron de la ley de externos y se extrañó de que toda su oficina estuviera tan calmada. "Parece que por ley, desde 2012, no se puede ser trabajador externo por más de dos años, así que en 2014 no se sabe muy bien qué va a pasar".

El madrileño cuenta que el comité de empresa llegó a decir que a los externos les tratan como "material de oficina. Como bolis, que cuando se necesitan se encargan; y cuando no, pues se tiran". Externalizar los empleados sale, según cuentas del ingeniero, más caro para la empresa, pero le proporciona mayor flexibilidad para reducir la plantilla sin tener que despedir a nadie. "Así los contratos simplemente se acaban, y así la empresa se ahorra la mala imagen que un despido siempre da".

Por el momento, el comité de empresa negocia cómo será la llegada del límite de los dos años. "Creo que esa es una de las razones por las que hay poco miedo entre los trabajadores. Hay confianza en el comité, que es muy poderoso. Además, también está la sensación de que si al final no se puede seguir aquí, en nuestro sector es bastante sencillo encontrar otro empleo".

Y, por supuesto, Pablo también considera que ha tenido mucha suerte. "Yo no me vine a Alemania a la completa aventura. Pude estar un año de Erasmus en Berlín, que es una oportunidad fantástica, pues puedes aprender el idioma sin el agobio de tener que trabajar y buscar ingresos".

Los cinco protagonistas coinciden en que el idioma y la suerte son fundamentales para encontrar trabajo en Alemania. Se trata de un proceso de selección duro, que no todos superan, pues obliga a muchos a emplearse en condiciones precarias, mal pagadas y por debajo de su cualificación. Es un proceso que en ocasiones se alarga tanto que uno no sabe muy bien cuándo termina y cuándo comienza el trabajo deseado.