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"Somos seres humanos, no perros"

El barrio de chabolas en el que se rodó parte de Slumdog Millionaire se rebela contra la película favorita a los Oscar

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Dharavi, la barriada de Bombay en la que Danny Boyle rodó parte de la galardonada Slumdog Millionaire, no se reconoce en la película. La rechaza. Residentes como N. R. Paul condenan al director británico: 'Nos ha tomado el pelo, ha herido nuestros sentimientos'. El principal agravio procede del título. 'Los habitantes de Dharavi son seres humanos, no perros', puede leerse en uno de los pósters enganchados entre las diminutas casas levantadas con chapas de uralita. '¿Por qué el Comité de Censura permitió este título tan ofensivo en India? Es muy triste', lamenta Kallubhai Qureshi, otro residente.

La polémica no se limita a Dharavi, sino que se ha extendido por todo el país, aumentando a medida que el éxito de Slumdog Millionare se disparaba con la cosecha de premios en todo el mundo. Habitantes de barriadas de todo el país han salido a la calle a protestar. En el estado de Bihar, al noreste, los cines en los que se proyectaba la película han sido asaltados. Y han corridos ríos de tinta en los periódicos acusando a un extranjero de vomitar todos sus prejuicios occidentales contra India y de reflejar una 'pornografía de la pobreza'. Sólo las tres nominaciones al Oscar de A. R. Rahman, el compositor indio del polémico film, han logrado apaciguar los ánimos en el subcontinente.

Pero al menos Boyle pudo terminar el rodaje. Roland Joffé, más de una década antes, se vio obligado a concluir La ciudad de la alegría en Londres tras los ataques sufridos en Calcuta por nacionalistas indios, que estaban indignados con la imagen que se ofrecía de su país.

Acostumbrados al cine escapista y fantasioso de Bollywood, a los indios no les gusta que se les recuerde una realidad que hacen esfuerzos por ignorar. Menos aún con una película con siete galardones de la Academia Británica de Cine a sus espaldas y diez nominaciones a los Oscar.

Retratar la pobreza de India es entrar en un campo minado. 'Es totalmente ridículo porque en ese caso no se podría contar lo que le sucede a la mayoría del país', comenta Biblap, un fotógrafo bengalí.

El Gobierno indio ha publicado recientemente un informe en el que identifica a 853 millones de personas con una capacidad de consumo de menos de 20 rupias diarias (0,37 euros) frente a los 300 millones que cuentan con ingresos medios y altos.

Dharavi es un poblado de chabolas de un millón de habitantes situado en el centro de Bombay, una megalópolis de 19 millones de personas. Una ciudad dentro de otra ciudad, como las muñecas rusas. Pero si las matrioskas más grandes se llaman capital financiera de India y Bollywood, la más pequeña y escondida es este suburbio de 2,5 kilómetros cuadrados.

El director escogió a un chaiwallah, un 'chico del té', como protagonista de su cinta. Lejos del celuloide, ese mismo papel lo representa a diario Chintu, un niño de 11 años de origen tamil que emigró con su familia desde el campo hasta la bulliciosa colmena que es Dharavi. Pese a su corta edad, tiene ya una larga carrera: antes de incorporarse hace cuatro meses como camarero en esta tetería, Chintu ya había trabajado otros tres años limpiando el suelo y las mesas de un hotel de la barriada.

Las fábricas improvisadas que se han erigido entre las chabolas bullen con una frenética actividad laboral y atraen a artesanos de toda India: curtidores musulmanes de Tamil Nadu, alfareros de Gujarat y trabajadores del textil de Uttar Pradesh. Dharavi factura unos 400 millones de euros al año.

La familia de Chintu, al igual que el 60% de la población residente en Bombay, se instaló en estas calles estrechas, invadidas por el ruido ensordecedor de las bocinas, porque no puede permitirse vivir fuera de ellas: el precio de la vivienda en Bombay es de los más altos del mundo.

'Una familia pobre puede vivir bien en Dharavi, no habría otra manera de hacerlo en Bombay. La gente nace, se reproduce, trabaja y muere aquí', explica S. S. Avin, nacido en este suburbio y en el que ha abierto su oficina, desde donde edita cinco periódicos de pequeña tirada.

Dharavi tiene los días contados. Su situación en el centro geográfico de Bombay convierte esta barriada en un codicioso terreno para los especuladores. El Gobierno, dueño de las tierras, quiere vender el espacio a empresas privadas para que construyan centros comerciales, cines y supermercados a cambio de que también erijan edificios que acomoden a la población actual del barrio.

Junto con Dharavi, parece difícil que también vayan a desaparecer los otros 200 poblados de chabolas que llenan Bombay de injusticias y de las 'ganas de vivir' que Boyle percibió en la metrópolis india.