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En la tienda ya sólo queda leche caducada

El cooperante palestino Moutazz Aburamadan narra en primera persona el horror que se vive estos días en Gaza

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Hoy, el día ha vuelto a comenzar con más masacres. Me he aventurado a salir de mi apartamento para ver qué pasa en la zona. He llamado a un amigo que vive en el mismo barrio y hemos quedado a las 13:00 para dar un paseo. Queríamos que la gente nos contara qué ha pasado con el bombardeo que hemos escuchado por la mañana.

No llevaba ni diez minutos fuera de casa cuando me ha llamado mi cuñado para decirme que los israelíes acababan de disparar contra unos viandantes cerca de un centro médico por el que iba a pasarme.

Tras el aviso, mi amigo y yo decidimos por precaución ir a su casa hasta que paren los bombardeos. Vienen unos cuantos amigos más y preparamos algo de comer. Todos hablan de lo que han visto en la ciudad y de otras historias que les han contado.

De repente, unos helicópteros Apache israelíes empiezan a disparar a lo lejos. Desde donde estamos, podemos ver el fuego, pero no el lugar concreto. Todos encendemos nuestras radios para escuchar las noticias y enterarnos de cuál ha sido el objetivo y cuántos muertos hay o si conocemos a alguno de los heridos.

Son casi las 4 de la tarde y, tras hablar de que puede haber más ataques, decido volver a mi casa.

Mi amigo Ahmad me dice que le gustaría venir a pasar la noche conmigo en mi casa, ya que soy uno de los pocos afortunados que tiene un generador eléctrico y que lo tendré un par de horas encendido para trabajar.

Cuando llegamos a casa, nos hacemos un té. Está casi oscuro fuera, pero algo es diferente. No hay ruido. Durante una hora, sólo escuchábamos a los barcos israelíes disparando contra Gaza, pero luego todo ha quedado en calma. Apago el generador para disfrutar del silencio. No se oye nada. Ni aviones ni helicópteros.

Escuchamos de nuevo las noticias y nos enteramos de que hay algo parecido a una tregua durante tres horas. Llamo a mis amigos y me confirman que el alto el fuego sólo durará dos horas más. Bajo corriendo las escaleras para ver si hay alguna tienda abierta. Me queda muy poca leche, huevos y patatas. Llevo 21 días sin pan.

Al llegar a la calle, me doy cuenta que todavía hay aviones volando y casi nada abierto. La única tienda está llena de gente haciendo cola. Lo único que encuentro es un cartón de leche que caduca mañana. No hay pan, ni huevos, ni aceite, ni carne, queso ni mermelada. Así que de nuevo tengo que comer patatas cocidas con el poco butano que me queda.

Hoy ha muerto mucha gente en Gaza. Me llena de pena. Pienso en ellos y también en que no soy uno de ellos y sigo con vida.