Publicado: 20.09.2015 19:19 |Actualizado: 20.09.2015 19:19

Nuevo género informativo “compensatorio”

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“Espacio informativo compensatorio”, anunciaban en TV3, a modo de autopromoción de un programa, obligado, forzado, colocado con calzador en la parrilla de la cadena.

Los profesionales de la información trabajan desde siempre con diferentes géneros. Con mayor o menor talento, acierto y sentido de la mesura intentan hacer llegar a lectores, oyentes y espectadores su particular selección de contenidos, de acuerdo con criterios profesionales y editoriales. A veces también, otros, desdichadamente, con el ánimo de desinformar e intoxicar. Trabajan con noticias, informaciones estrictas, crónicas, reportajes, informes, entrevistas, conexiones en directo, retransmisiones, artículos de opinión, espacios para el debate, para el humor o para el simple entretenimiento.

La extraordinaria dimensión que la Diada ha alcanzado en los últimos años es un argumento que justificaba una amplia cobertura informativa en Catalunya

La Junta Electoral ahora ha revelado la existencia de un nuevo género, el “informativo compensatorio”. Esa entidad ha obligado este domingo a la radio y la televisión públicas de Catalunya a retransmitir actos elegidos por partidos o coaliciones que se presentan a las elecciones del 27 de septiembre, en los formatos que cada una de estas formaciones consideraran pertinentes. Lo curioso del caso es que a las direcciones de esas fuerzas, el papel de “programadores de información” les ha parecido bien, porque lo han aprovechado sin complejo alguno, aunque una de ellas, Catalunya Sí que es Pot ha decidido ceder a trabajadores y activistas la mayor parte de los 40 minutos asignados por la Junta Electoral y romper de esta manera el “guión” previsto.

La “compensación” se estableció porque PP, PSC y Ciutadans protestaron ante la Junta y alegaron que la cobertura informativa que TV3 y Catalunya Ràdio dieron a la concentración de un millón cuatrocientas mil personas —según cifras de la Guardia Urbana— en la avenida Meridiana de Barcelona, en ocasión de la Diada Nacional de Catalunya, “benefició” a las listas de Junts pel Sí y la CUP.

Probablemente sí, les benefició. Es evidente que la Diada es una fiesta nacional, nacional de Catalunya, y que por lo tanto, desde siempre, moviliza en mayor medida al catalanismo soberanista, muy por encima de cualquier otro sector social. El hecho de que esa movilización haya alcanzado en los últimos años dimensiones indiscutiblemente extraordinarias es un argumento objetivo, que justificaba, por supuesto, una amplia cobertura informativa en Catalunya. Prueba de ello fue, entre otras, el tratamiento que dieron a la noticia medios de todo el mundo.



Confundir o equiparar
el 11 de septiembre
con cualquier acto electoral es un despropósito

Hay que suponer, ciertamente, que el día en el que Artur Mas anunció la convocatoria electoral para el 27 de septiembre tuvo en cuenta que la campaña se abriría en el contexto de esa manifestación masiva, que en sus cuatro últimas ediciones ha permitido visibilizar un crecimiento acelerado del independentismo. Cierto también que las organizaciones convocantes de la Via Lliure, Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural, forman parte de las entidades que impulsan la candidatura Junts pel Sí, pero confundir o equiparar el 11 de septiembre con cualquier acto electoral es un despropósito. No hay acto electoral de fuerza política alguna capaz de convocar a centenares de miles de personas. Cualquier observador neutral, que tenga un mínimo conocimiento de la sociedad catalana y de su vida política, sabe que los convencidos de la “indisoluble unidad de la nación española” nunca se han sentido a gusto en los actos de la Diada. A ellos acuden personas con simpatías diversas y con sensibilidades político-sociales muy diferentes, pero la inmensa mayoría son catalanistas que reivindican, por lo menos, reconocimiento de su nación y capacidad de autogobierno.

Ocurre, además, que Catalunya pasa por un momento excepcional, porque un sector importante de su ciudadanía, no se sabe si mayoritario o no, reclama en estos momentos la creación de un nuevo Estado para Catalunya, exige la independencia, y obviamente eso se puso necesariamente de manifiesto en un acto de masas singular como el de la Diada, que despertó interés, sentimientos contrapuestos, llamó la atención y exigió atención informativa excepcional, porque el hecho fue excepcional. Lo escandaloso sería que en Catalunya hubiera recibido un tratamiento ordinario, similar o equiparable al de cualquier otro acto político.

Todos los partidos suelen creer que, si ganan las elecciones, adquieren de forma automática el derecho a marcar la línea editorial

Las diferentes fuerzas políticas se preocupan, claro está, legítimamente, por su presencia en los medios de comunicación y por el conveniente reflejo de su acción política. En relación a los medios privados cada aparato de comunicación partidario hace lo que puede para captar la atención de los informadores, hacerles ver el interés de su actividad o ganar incluso el favor de sus directivos, para que sus mensajes se recojan y sus personajes más reconocibles aparezcan todo lo posible en informativos y programas, pero en cuanto a los medios públicos, todos los partidos tienen una tendencia exacerbada a creer que, si ganan elecciones, adquieren automáticamente el derecho a determinar inequívocamente la línea editorial. Ese sentido de “propiedad” sobre los medios públicos, que se apodera de las mentes de tantos dirigentes políticos cuando se convierten en gobernantes, ha tenido consecuencias perjudiciales para todas las cadenas de titularidad pública, no en todas ellas por igual y diferentes en según qué períodos, pero especialmente graves en determinados momentos. En algunas televisiones autonómicas, como se sabe, controladas por el PP, los efectos fueron devastadores.

Es curioso que cuando los partidos quedan en la oposición, si se ven discriminados en los medios públicos se quejan, pero no mucho. Exigen, eso sí, en época de campaña, que se respeten escrupulosamente, por encima de cualquier otro criterio, tiempos de presencia proporcionales a los resultados en las urnas. Lo tienen muy asumido.

Malos tiempos para el periodismo. Malos para los que creen en la necesidad y utilidad de la información clara, ordenada, sencilla y rigurosa

Saben de la diferencia que existe entre información y propaganda, y algunos de sus portavoces pueden llegar a reconocer la inconveniencia de mantener esos bloques de “información electoral” dentro de los programas informativos de las televisiones y radios públicas, regulados y aprobados por Junta Electoral, al margen de los llamados “espacios de publicidad gratuita”. Pero a la hora de la verdad se quedan con lo que hay, a pesar de las advertencias reiteradas de los profesionales de los medios públicos, de sindicatos y colegio, que protestan y señalan una y otra vez que esos bloques no se elaboran de acuerdo con criterios informativos y obedecen a órdenes alejadas del buen hacer periodístico.

Malos tiempos para el periodismo. Malos para los que creen sencillamente en la necesidad y utilidad de la información clara, ordenada, sencilla y rigurosa. No es que los últimos años hayan sido especialmente buenos pero, como es sabido, no hay situación por mala que sea que no pueda empeorar. Ahora la autoridad competente ha inventado los “espacios informativos compensatorios”, que atentan contra la libertad de información y ponen en cuestión algo tan elemental como la independencia en el ejercicio de una profesión que debería merecer el respeto de los poderes públicos.