Publicado: 10.10.2016 21:44 |Actualizado: 10.10.2016 23:15

Piqué y las lecciones de españolidad

Con su burla al madridismo empezó todo. Pero las connotaciones políticas de los ataques recibidos llegaron mucho antes y se multiplicaron después

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Piqué, durante el partido de la selección española ante Albania. EFE/JuanJo Martín

Piqué, durante el partido de la selección española ante Albania. EFE/JuanJo Martín

BARCELONA.- Cuando en 2015 Gerard Piqué gritó su famoso “Gracias a Kevin Roldán, contigo empezó todo” para mofarse, durante las celebraciones del triplete azulgrana, del Real Madrid, firmó, sin saberlo, una condena que traspasaría la enconada rivalidad entre los dos grandes del fútbol español.

Aquel comentario, ofensivo para unos y anecdótico para otros, fue el preludio de una etapa convulsa en la que el central empezó a ser pitado cada vez que tocaba el balón. Primero, en aquellos estadios donde acudía como jugador del Barça; más adelante, y para sorpresa del propio afectado, también cuando saltaba a un terreno de juego español representando a la selección. ¿Realmente una vacilada al eterno rival fue capaz de poner a buena parte de la afición de su país en contra? Desde luego, los silbidos se hicieron notar tras aquel episodio. Ahí están las reacciones en las gradas de León, Oviedo, Alicante o Logroño. Cronológicamente, no hay dudas.



Pero algo no cuadra en la teoría de quienes ven en su linchamiento público una venganza exclusiva del madridismo. Porque al abrir el plano uno descubre que, mucho antes de aquella polémica y puede que innecesaria burla, al Piqué de La Roja ya se le observaba con lupa. Algo que, por otra parte, no es nuevo entre los internacionales catalanes, tan sospechosos de no sentir como suya la selección española como culpables de contribuir, a regañadientes o por dinero, a sus éxitos recientes. Xavi y Puyol ya tuvieron que justificarse por llevar las medias bajadas en la foto oficial de un partido en 2007, un gesto que algunos medios calificaron de poco menos que traición a la patria por ocultar, con aquella prenda destensada, los colores de la bandera. Tampoco se salva de los juicios absolutistas Guardiola, miembro de la generación que dio el primer oro olímpico en Barcelona’92 y al que pocos perdonan que, tras colgar las botas, se declarara abiertamente independentista. Puede que Oleguer, otro catalán al que el seleccionador Luis Aragonés tanteó para su equipo, fuera más coherente que Pep al renunciar directamente a jugar con España. Pero ni por esas se libró de una buena y nutrida somanta de insultos, con un colega de gremio, el delantero Salva Ballesta, a la cabeza: “Le tengo más respeto a una caca de perro”. Y es que además de ser consecuente con sus ideales, Oleguer incurrió en otro pecado: opinar libremente y hacerlo, el muy sinvergüenza, de política. Todo esto sin despreciar las infinitas ocasiones en las que una senyera ha sido más ofensiva que una bandera de Andalucía o de las Canarias cada vez que alguien ha tenido la osadía de sacarla a pasear en la celebración de un título nacional.

El caso de Gerard Piqué recuerda en algunos episodios a esta cruzada de algunos periodistas y medios por detectar cualquier atisbo de flaqueza emocional -involuntaria o inventada, todo vale- en la manera en la que un futbolista español debe tributar al escudo nacional. La calidad y la trayectoria no importan cuando lo que realmente está en juego es el orgullo de ser español. Porque ser español solo se puede ser de una forma, opinan quienes alimentan esta caza de brujas: de la suya, aunque luego haya excepciones si de lo que se trata es de capitalizar talento extranjero, llámese Diego Costa o Juanito Muehlegg. Una doble vara de medir.

Da la casualidad, sin embargo, que Gerard Piqué se ha pasado 13 de los 29 años que tiene con un escudo español cosido en el pecho. Más de media vida en la que ha quemado todas las etapas posibles en las categorías inferiores de España hasta convertirse en el central titular del combinado estatal. Un balance preñado de actuaciones imponentes y coronado por una Eurocopa y un Mundial, minucias cuando de lo que se trata es de averiguar si está hinchando lo suficiente el pecho o si su cabeza podría estar un poco más alta cada vez que suena el himno.

La primera vez que Piqué se topó con esta realidad fue en una rueda de prensa de la selección. Cuestionado por un periodista de TV3 (la televisión de Catalunya), le dio por contestar en catalán y, claro, la reprimenda le llegó hasta de su compañero Sergio Ramos, consternado como pocos ante semejante ofensa. Ataques disfrazados de lecciones. No le valieron sus alardes patrios cuando recordó que se dejó "los morros" por España en el Mundial de Sudáfrica; tampoco cuando trató de desactivar el caramelo envenenado que fue una pregunta sobre el proceso catalán a principios de 2014. Fue en un acto publicitario, y, como es habitual en él, no la rehuyó: "Si me posiciono sobre el debate soberanista estoy muerto. No podemos renunciar a ser lo que somos, pero somos personas públicas, globales, que lo que hacemos es jugar al fútbol". A finales de aquel mismo año, colgó una foto en Twitter con su hijo Milan en la marcha independentista del 11 de septiembre. Como tantos otros actores, escritores, cantantes, deportistas, políticos y miembros de la sociedad civil que se ganan la vida dentro y fuera de las fronteras catalanas, solo quiso defender el derecho a decidir de lo suyos.

En aquella ocasión, sin embargo, el debate no tardó en fluir por el terreno más visceral y los juicios rápidos se saturaron de insultos y amenazas, los mismos que recibió en las redes sociales su pareja, la cantante Shakira, cuando aquel unos meses antes versionó una canción en catalán, Boig per tu.

Tras su alusión a Kevin Roldán, sin trasfondo político de ningún tipo, Piqué se ha visto abocado a un ataque y derribo constante. Si dentro del mundo del fútbol y más concretamente de la selección ha recibido apoyo de todo tipo para enfrentarse a los silbidos, fuera de él, y eso incluye no solo a esa masa anónima y no tan anónima que habita en Twitter sino también a los medios y periodistas que la alimentan con información de dudosa calidad, ha visto como la mayoría de dardos han sido lanzados con un objetivo claro: dudar de su españolidad y situarlo en el centro de una polémica que nada tiene que ver con el balón.

El crujido de dedos que algunos convirtieron en peineta antes del partido en el que marcó el gol de la victoria en el debut de la selección en la pasada Eurocopa; las mangas de la camiseta recortadas ante Albania… Todo vale para reforzar la teoría de unos pocos y que se resume en esa frase tan sobada en la realidad de los clubes: “Si no siente los colores, mejor que se vaya”.

Tras alcanzar las 86 internacionalidades y asistir al enésimo esperpento en su contra, Piqué ha dicho basta. Tras el Mundial de Rusia, en 2018, se retirará de la selección. Tendrá 31 años, como él mismo ha recordado, y nada hace prever que no llegue a ese torneo habiendo dejado hasta la última gota de profesionalidad en el campo. Nunca ha dado señales de lo contrario. Con eso debería ser suficiente en un Estado en el que los himnos y las banderas no tienen por qué despertar las mismas emociones en los territorios donde se reivindica su plurinacionalidad. Que Piqué no caiga bien por su forma tan suya de practicar el humor, su vehemencia o su incontinencia verbal es hasta cierto punto comprensible. Pero que sea señalado por pensar y opinar distinto -a veces sin ni siquiera pensar ni opinar distinto- indica que no estamos ante un caso exclusivamente deportivo. Estamos ante un caso político.