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Efectos colaterales de la crisis

El PSOE pone en una peana a Zapatero y el PP prepara la picota para Rajoy

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Más de cinco años y dos victorias electorales han pasado desde que Jordi Sevilla le dijo a José Luis Rodríguez Zapatero aquello de: “Lo que tú necesitas saber para esto son dos tardes”.

El presidente del Gobierno ya no confunde progresividad con regresividad fiscal. Ahora es capaz de impresionar a los menos duchos en la materia con un discurso improvisado sobre los entresijos de la globalización económica, como ocurrió el sábado de la semana pasada en la réplica con que cerró la reunión del Comité Federal, celebrada a beneficio del mayor ensalzamiento del líder, según quedó acreditado por escrito en la resolución política aprobada por asentimiento: “El Gobierno de España, con José Luis Rodríguez Zapatero a la cabeza, ha liderado una auténtica ofensiva coordinada para impulsar la reactivación económica mundial”.

Pero más relevante que este fervor de familia es que la impresión no se limita a la cohorte socialista, sino que es compartida por empresarios como los que el martes, en el foro The Economist, no ocultaron su sorpresa ante la soltura con la que, quien todavía arrastra el sambenito de bisoño, “habló sin papeles”.

Algunos de los colaboradores más cercanos de Zapatero venían anticipando desde hace algún tiempo que la crisis traería “un nuevo presidente”, más sólido y más pragmático, aunque también más encaramado en la peana del hiperliderazgo, alimentado por  un círculo de incondicionales que siembra por doquier la especie de que la gestión mundial de la crisis cambió el día en que él convenció a Sarkozy para que Bush convocara una cumbre mundial con su participación.

Quienes acumulan más experiencia de poder o han trabajado con otros presidentes, subrayan que “siempre hay un cierto desinflamiento después de una segunda victoria electoral, sobre todo cuando, como es el caso, en la primera legislatura has desplegado la práctica totalidad de un programa muy ambicioso”. La conclusión es que la crisis no sólo le ha dibujado ojeras y convertido en un manto lo que era una escarcha de canas, sino que le ha devuelto la ilusión.

Ante el imprevisto reto de una crisis sin precedentes, el nuevo Zapatero ha reaccionado como el Zapatero de siempre. Como reaccionó en los momentos cruciales de la negociación del nuevo Estatut de Catalunya o del proceso de paz con ETA, y antes en la de los pactos Antiterrorista y por la Justicia con el Gobierno de José María Aznar. Ha salido del habitáculo del puente de mando para tomar con sus manos el timón.

Si en la negociación del Estatut la víctima fue el ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, y en el proceso de paz el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, ahora lo es el vicepresidente económico, Pedro Solbes –en círculos gubernamentales se señala a su número dos, David Vegara, como el nuevo favorito del presidente–. En cada una de estas situaciones de zozobra, el presidente ha postergado a los responsables directos, no sólo ante la opinión pública, sino en la gestación de las decisiones, con un modelo de trabajo de acentuado cariz presidencialista, en el que el Consejo de Ministros, como ocurría con la Ejecutiva del PSOE durante su etapa en la oposición, cumple un papel más formal que real.

“En situaciones de crisis la gente busca confianza y eso refuerza la necesidad de liderazgos fuertes y visibles”, se argumenta desde el entorno presidencial para justificar la multiplicación de la presencia pública del presidente. Con el PP disperso en sus propias tribulaciones, y en un momento histórico en el que la política interior y la exterior son más que nunca las dos piernas de un mismo cuerpo, Zapatero se está moviendo con acierto para ocupar el espacio vacío del liderazgo en la socialdemocracia europea, más visible cuanto más sólido es el afianzamiento de Sarkozy en el espacio de la derecha, en el que ha desplazado a base de manotazos mediáticos a la discreta Angela Merkel.

El camino para llenar ese espacio es de largo recorrido porque la socialdemocracia tiene el desafío de articular una sólida revitalización de la Unión Europea y del Estado del bienestar, sometido a los embates del dumping social y amenazado por la “ideología de la eficacia”. Al rebufo del aire fresco que trae la llegada al poder en EEUU de un demócrata de nuevo cuño con el que le une una identidad generacional y con Gordon Brown ausente para dejar constancia de la singularidad del laborismo británico, Zapatero será entronizado mañana por el Consejo del Partido Socialista Europeo, que le ha otorgado el papel estelar de presentar el manifiesto de los socialistas para las elecciones europeas de 2009.

Zapatero alcanzará el cénit de su trayectoria política en 2010, cuando asuma la Presidencia de la Unión Europea, un protagonismo mundial que, con 27 socios y un sistema de rotación semestral, no volverá a tener un presidente español hasta el año 2023, es decir, tres legislaturas después de que se haya agotado la actual. Será después de coronar esa cumbre, que coincidirá con el ecuador de la legislatura española, cuando revise su propósito inicial de pasar el testigo al cabo de ocho años, consciente de que son incontables los precedentes en los que, no habiendo cortapisa legal, el deseo del líder puede menos que las exigencias del partido. Ni el PSOE quiere oír hablar de ello ni Zapatero, con la lección bien aprendida de Aznar y González, lo va a precipitar a destiempo.

El debate sucesorio está en la otra orilla, donde se vive con angustiosa ansiedad la incapacidad de Mariano Rajoy para sacar partido de la crisis, más clamorosa después de que el presidente lo apabullara el jueves en el Congreso. En el PP son cada vez más los que alientan un adelanto en la fecha de caducidad de su liderazgo. Como en las rebajas, muchos de los suyos han tachado ya en su etiqueta la fecha de junio de 2009, cuando se celebrarán las elecciones europeas, para escribir en su lugar la de marzo, inmediatamente después de las elecciones en Galicia, donde los conservadores temen una derrota severa.