Publicado: 20.05.2015 07:37 |Actualizado: 20.05.2015 07:40

LAS CRÓNICAS DE BABIA

Gabilondo alinea
a Aristóteles y deja
a Kant en el banquillo

El candidato del PSOE a la Comunidad de Madrid dicta un mitin magistral y enamora a la militancia. “Creo en la socialdemocracia”, proclama.

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Miguel Carmona, Micaela Navarro y Ángel Gabilondo, este martes, después del mitin./ PSM

Miguel Carmona, Micaela Navarro y Ángel Gabilondo, este martes, después del mitin./ PSM

En el Compac Gran Vía de Madrid actúa todo este mes Carlos Latre pero ayer el imitador debía librar por eso de que en todos los trabajos se fuma y en su lugar subieron a las tablas Ángel Gabilondo y Antonio Miguel Carmona, candidatos del PSOE a la Comunidad y al Ayuntamiento de Madrid. El sitio estaba bien escogido, especialmente por Carmona, que es un consumado transformista y un día le puedes ver de bombero y otro de futbolista, según convenga. Ayer Carmona iba de Carmona sin corbata, que es su segunda equipación.

Por si no resultara ya bastante evidente, Gabilondo y Carmona no se parecen en nada ni cuando dicen lo mismo. Para explicarlo gráficamente, uno es de tesis y el otro de tuit; uno es contenido y el otro incontinencia; uno invita educadamente a Aristóteles a que participe en la fiesta y el otro escupe a toda prisa las Glosas a Heráclito de Ángel González; uno se maneja bien con el blanco y negro y el otro juega con toda la paleta de colores; uno recuerda a Tierno y el otro, definitivamente, no, ni por asomo, para qué nos vamos a engañar.



Gabilondo tendrá un aire profesoral y se inventará palabras como “reinsurrección” pero es un tipo divertidísimo. Dicen que los trabajadores de prensa del PSOE tienen problemas para resumir sus intervenciones y encontrarles un titular y eso es porque la ironía es un idioma de muy difícil traducción. Le basta una apostilla para burlarse de la pretendida recuperación económica o de las promesas de bajar los impuestos de la derecha, puede remedar a Gila para explicar que un catedrático de Metafísica no vive necesariamente en la inopia y hasta es capaz de declararse de izquierdas de esta manera: “Yo no soy neoliberal… bueno, al menos durante muchos ratos del día no lo soy”.

Quizás nada de esto sirva para que los socialistas gobiernen en Madrid, pero después de dos décadas buscando un proyecto que ofrecer al menos han encontrado a alguien con un discurso que merece ser escuchado. El secreto no estaba en prometer grandes obras ni entrar a navajazos en el mercadeo fiscal. Lo verdaderamente revolucionario estaba en defender lo público, en anteponer la cultura y la educación al ladrillo, en enarbolar la bandera de la justicia, la salud y de la lucha contra la desigualdad. El gran mérito de Gabilondo no es ser capaz de decir todo esto sin trastabillarse, que también. Su virtud es decirlo y que resulte creíble.

Claro que el exministro también engaña. No es el señor instruido y despistado que pasaba por allí, al que le han pedido que ponga su cara en los carteles porque la de Tomás Gómez daba miedito y, ya de paso, dar una imagen distinta a la del político profesional. En realidad, es el más político de todos los que le rodean. Ni es gratuito que se proclame moderado (“¿acaso no se puede ser consistente, resistente, persistente y además moderado”?), ni que repita aquello de que su enemigo no es la riqueza sino la pobreza. Como tampoco lo son sus cantos al consenso (“me dicen que estoy enfermo de consenso… bueno, pues iré al médico”) ni sus llamadas a convivir en la diferencia en un nuevo escenario en el que “habrá que pactar hasta los desacuerdos”. Si la aritmética de las urnas le fuera favorable no tardaría un segundo en aplicar el primer punto de su programa personal: “Se ha acabado el partidismo”.

Gabilondo elige bien las palabras. Habla de honradez, del bien común y de justicia social que, como dice y es verdad, eran conceptos que habían caído en desuso, sobre todo en el PSOE. Y explica el justo purgatorio por el que ha pasado un partido en el que no milita y pide ahora sean otros los que paguen por sus errores.

Sin gritos, sin estridencias, le bastó una declaración de principios para levantar de sus asientos a los más de 500 asistentes, una militancia cansada de ser infinitamente más de izquierdas que sus dirigentes: “Creo en la socialdemocracia”, proclamó. Y sonó tan sincero como su respuesta a los gritos de presidente, presidente que coreó el auditorio: “No me sé venir más arriba”, se disculpó. Si llega a citar a Kant le sacan a hombros.