Publicado: 18.06.2016 08:20 |Actualizado: 30.08.2016 21:21

Mariano Rajoy, el hombre tranquilo

El líder del PP fue el registrador más joven de España con 24 años. Precoz en la política, desde que fue elegido parlamentario autonómico hasta que se convirtió en presidente del Gobierno, se ha revelado como un superviviente. Ha resistido a dos derrotas en las generales, a los navajazos en su partido, al caso Gürtel e incluso a su propio estereotipo

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fran marcos caricatura ilustracion dibujo mariano rajoy

Caricatura del líder del PP y presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy. / FRAN MARCOS

Mariano Rajoy (Santiago de Compostela, 1955) no es quien parece, aunque nunca se ha tomado la molestia de sacudirse esa imagen inmutable que se ha proyectado sobre su figura. “Es el gran beneficiado del estereotipo que hemos construido”, afirma el politólogo Antón Losada. “Su fama de indolente ha sido una de sus grandes bazas políticas”, lo que le ha permitido coger a sus adversarios desprevenidos, añade el autor de Código Mariano.

“Puede que, como él mismo suele repetir, sea un hombre previsible, pero también se antoja un político por completo imprevisible”, escribe Losada en la radiografía del presidente del Gobierno, hoy en funciones a la espera de los resultados de las elecciones generales del 26-J. Analistas, políticos, periodistas y ciudadanos de a pie creen haber encontrado la llave de la nave del misterio: ¡Rajoy es así porque es gallego! Deberían hacérselo mirar.

Galicia es una cultura de contexto alto. A sus habitantes les cuesta decir no y esas cosas. Gente de palabra que, paradójicamente, no destaca por su contenido verbal explícito. Mientras otros ven la vida en blanco o en negro, allí hay gamas de grises, tantos como los mil blancos de los esquimales. Nada es absoluto (porque nada es absoluto, excepto el vodka). Ser categórico no significa tener la razón, de ahí lo relativo. Es una cuestión de fineza; si lo prefieren, de educación. Como dice el anuncio, las personas no son feas, sino riquiñas. O sea, son los japoneses de España.

“Bueno...”, pensará algún gallego cuando lea esto. “No sé yo”, y tendrá parte de razón, porque ni lo expuesto es dogma ni Rajoy es como lo pintan más allá del Bierzo. En el fondo, es un recurso fácil que resulta hasta simpático (ejem) en las tertulias madrileñas, tan dadas a simplificar hasta la caricatura. “Es gallego y tiene su forma de ser”, justifica, sin ánimo de ofender, Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, cuando se le pregunta por las formas y el estilo del candidato del Partido Popular.

Los mismos que atribuyen sus decisiones al hecho de haber nacido en el bonsái atlántico escudriñan cada palabra suya como si quisiese transmitir algo más, sumidos en la tarea estéril de descifrar un código oculto que se le escapa al común de los mortales. Hechiceros de la tribu que interpretan los mensajes de un dios mayor sin percatarse de que simplemente llueve debido a la condensación del vapor de agua contenido en las nubes. En Galicia, lógicamente, la gente puede responder con una pregunta, pero jamás se pregunta por qué llueve, sobre todo los de norte, pues de hacerlo vivirían en un interrogante torrencial.

Si el autor ha necesitado tres párrafos para desmitificar el sentido gallego de la vida de Rajoy, pueden imaginarse su procedencia, aunque espero que el esfuerzo haya valido la pena. A partir de aquí, las referencias a Galicia serán espaciales, excepto cuando se aluda a la prudencia del protagonista. Antón Baamonde, ensayista y filósofo: “Es cauto, pero eso no te hace menos facha. Y va de moderado, pero luego aprueba la ley mordaza y una reforma laboral dura. Su falso sentido común consiste en plantear que todo lo que no va con él resulta extremista, cuando es un ultra de buenas maneras”.

Quizás la apreciación de Baamonde sea demasiado incisiva, pese a sus incendiarios escritos de juventud (“La igualdad implica siempre despotismo y la desigualdad es el fruto de la libertad”, Faro de Vigo, 1984). En todo caso, lo mejor será comenzar por el principio, hasta remontarnos a su abuelo, un republicano de la Unión Regional de Derechas que fue represaliado por el franquismo tras el golpe de 1936.

Enrique Rajoy Leloup había sido hasta entonces profesor de Derecho Civil en la Universidad de Santiago de Compostela, pero un jalón en su currículo fue mácula para el régimen, que lo privó de su cátedra y lo descabalgó del decanato del Colegio de Abogados de su ciudad por formar parte de la comisión redactora del Proyecto de Estatuto de Autonomía de Galicia. Aunque fue aprobado por abrumadora y sospechosa mayoría (hasta los galleguistas calificaron el resultado de “santo pucherazo”), la Guerra Civil truncó la aprobación en las Cortes, que llegaron a aceptarlo a trámite en 1938.

La genética es caprichosa, por lo que aquel galleguismo nunca llegó a correr por las venas del actual líder del PP, que se crio en un ambiente de ley y orden, poco propenso a la lengua gallega y demás zarandajas. Rajoy fue concebido en Ávila, aunque su madre, Olga Brey, viajó a Santiago para dar a luz. Antes de llegar a presidente de la Audiencia de Pontevedra, Mariano padre fue destinado por motivos laborales a O Carballiño, Oviedo y León, donde Mariano hijo estudió en las Discípulas de Jesús.

En ese colegio fue matriculado cinco años después Papes, un chavalín que fue creciendo hasta convertirse en Zapatero. Sí coincidió en la misma clase del expresidente socialista Enrique, uno de sus cuatro hermanos, que ejerce de registrador en Cáceres. Profesión compartida por él y otros dos, mientras que el cuarto, fallecido en 2014, era notario. Sus carreras dan la medida de cómo era la familia, que recalaría en Pontevedra cuando Rajoy tenía quince años.

De los jesuitas, donde cosechó fama de empollón, pasó al instituto público Sánchez Cantón, que conserva sus notas a buen recaudo, lejos de los curiosos. Aunque hay compañeros de la época que no lo consideraban tan aplicado como memorioso, es de suponer que siguió siendo un chapón. Ya en Santiago, mientras los revolucionarios buscaban la arena de Samil bajo los adoquines, Rajoy devoraba los libros de Derecho o, como mucho, jugaba una partida de cartas en algún café al tiempo que otros universitarios corrían delante de los grises.

Estaba en el último año de carrera cuando comenzó a preparar las oposiciones a registrador de la propiedad. “Se encerraba a estudiar en un apartamento con balcón a la playa que tiene en Sanxenxo”, explica el periodista y escritor Manuel Jabois, que nació allí. Su pueblo es la meca del turismo gallego y en verano se pone de bote en bote de crema protectora, lo que indica el tesón y la capacidad de sacrificio de Rajoy, recluido como un monje, ajeno a la tentación exterior. Poco después, con apenas veinticuatro años, se convertía en el registrador más joven de España.

Ejerció en Padrón, Villafranca del Bierzo y Santa Pola. En el primer pueblo, cercano a Santiago, entró en contacto con Alianza Popular, el germen de lo que luego sería el PP. Sus referentes eran Cánovas del Castillo, Pío Cabanillas y Gonzalo Fernández de la Mora, a quien cita en el artículo de Faro de Vigo. El ministro de Franco, escribe, “dedica unas brillantes páginas a demostrar el error en que incurren quienes [...] sostienen la opinión de que todos los hombres son iguales y, en consecuencia, trata de suprimir las desigualdades".

Rajoy, en una entrevista en El Mundo, sostiene que lo que sucedió a partir de aquí fue fruto de un cúmulo de casualidades sucesivas, lo que refuerza la tesis de Losada de que no sólo “no ha hecho nada para desmentir el estereotipo”, sino que además lo ha alimentado. Lo cierto es que con 26 años fue diputado autonómico, con 27 director general de Relaciones Institucionales de la Xunta, con 28 concejal de Pontevedra y con 31 presidente de la Diputación.

Acto seguido, después de obtener un escaño al Congreso por su provincia, el partido lo reclama como vicepresidente de la Xunta, pues la inoperancia del presidente, Gerardo Fernández Albor, había motivado un motín interno de los conselleiros y del número dos del Gobierno autonómico, Xosé Luis Barreiro Rivas, quien terminó brindándole el Gobierno autonómico a un socialista tras una moción de censura. Desconcertado, regresó a Santa Pola. Hoy, Barreiro escribe columnas en prensa y da clases en la Universidad de Santiago. Rajoy, su sustituto en aquel entonces, es presidente del Gobierno.

Para ello tuvo que atender la llamada de Cascos y Aznar, que capitaneaban el PP nacional. Además del mal trago en la Xunta, tampoco había llevado bien la mano de hierro de Manuel Fraga, el fundador del partido. No obstante, decidió regresar a la política activa. “Nunca lo ha tenido fácil”, recuerda Carmen del Riego, cronista política de La Vanguardia. “De hecho, ya al principio, tuvo muchísimos problemas con Fraga y por eso se vino a Madrid”. Una vez en la capital, su currículo recoge el paso por varios Ministerios (Administraciones Públicas, Educación y Cultura, Interior y Presidencia), hasta convertirse en vicepresidente primero del Gobierno.

“Sin embargo, no deja una impronta fuerte ni destacable en Galicia ni en Madrid, salvo en la Presidencia del Gobierno”, cree el analista político Roberto Blanco Valdés. El locutor deportivo José María García ha repetido en varias entrevistas concedidas a otros medios que tiene una cosa buena, que pasa por los sitios y no mancha; y otra mala, que pasa por los sitios y no limpia. “No se moja ni debajo de la ducha”. Hay quien lo ha acusado de vago, una apreciación que, en opinión de Losada, es mentira. “No lo es, ni muchísimo menos”, insiste el periodista de ABC Mariano Calleja. “Simplemente tiene su manera de presentarse y de controlar los tiempos. Prefiere caminar rápido que correr”.

Hasta principios de los noventa, la vida sentimental de Rajoy no había sido tan meteórica como la política. Él ha comentado que, aunque lo intentaba, ligaba poco. A los 41 años se casa con Elvira Fernández, hija de un emigrante que, a su regreso de Venezuela, había montado una empresa de suministros de construcción. El círculo se cerraba: Viri también era pontevedresa, conservadora y compartía afinidades con su marido, entre ellas una discreción que roza la invisibilidad. “Sus gustos, preferencias y amistades giran en torno a la derecha clásica”, apunta el periodista de TVE Xabier Fortes, quien señala que el bar de copas donde se conocieron (el pub Universo, ahora rebautizado La Gramola) es “motivo de peregrinación, pues la gente quiere saber en qué esquina empezó todo”.

“Rajoy es de toros y bailes en el Liceo Casino, mucho Rías Baixas y Blanco y Negro, algo propio de la burguesía conservadora de Pontevedra”, explica Jabois, quien ha visto al presidente del Gobierno refugiado en Sanxenxo en plena crisis. “Cuando era rechazado, iba muchos fines de semana. Se daba un paseo por Silgar y comía en la Taberna del Náutico con Ana Pastor y José Benito. Mientras, en Madrid, todo el mundo se sorprendía: ¿Dónde está? No habla con nadie...”. En verano, en cambio, ha dejado de usar su apartamento por motivos de seguridad, mientras que Pontevedra casi no la frecuenta, según el periodista de El País. “Ahora tiene poco arraigo, porque su padre está enfermo y vive en la Moncloa, pero en Nochebuena siempre va”.

Hay otros motivos, si bien obedecen a los efectos colaterales de su último cargo. Cuando el dedazo de Aznar parecía que apuntaba a Rato, alabado por su gestión económica, lo señaló a él. En la terna, Rajoy era un extra o, como escribió Losada, un “secundario de relleno”. Él y Mayor Oreja eran las comparsas del factótum del milagro económico de España (antes de Bankia, claro). Incluso parecía que un Acebes podría hacerle sombra, pero el líder del clan de Valladolid lo eligió a él porque pensó que podría manejarlo a su antojo. “Nadie daba un duro por él en la carrera por la sucesión”, rememora Del Riego.

“Políticamente es un killer, aunque ha cortado cabezas de forma sibilina y discreta. En Pontevedra ha llegado a retirar la palabra a amigos por diferencias políticas”, afirma Jabois. Quién se lo iba a decir a Aznar… “La lista de cadáveres que jalonan la carrera de Rajoy, cuando el muerto debería haber sido él, habla por sí sola”, escribe Losada en Código Mariano. En 2008, tras perder sus segundas elecciones generales, Esperanza Aguirre, su gran rival en el partido, amaga con presentarse como alternativa, pero finalmente se ahorró el envite ante el blindaje de los barones. “Para él, la expresidenta madrileña está muerta desde que no quiso dar un paso al frente en el Congreso de Valencia”, asegura la cronista política de La Vanguardia.

Rajoy soltó lastre en Génova, hasta que solamente quedó Rafael Hernando, actual portavoz del grupo popular en el Congreso. A la Lideresa le dejó hacer, y terminó cayendo por su propio peso y por el de la supuesta corrupción de la federación madrileña. Gallardón, que siempre había mirado de reojo la Presidencia del Gobierno, también fue víctima de sus errores. “Una vez que se metió en el berenjenal del aborto con el visto bueno de Rajoy, éste lo esperó y, cuando le vino bien, lo mató”, razonaba el periodista José Yoldi en una entrevista a este diario. “Rajoy no es un cangrejo que va a por el alimento, sino un percebe: está en su sitio, no se mueve, aguanta el tirón y, de repente, suelta un mordisco”.

Un superviviente. “Tiene una gran capacidad de resistencia. De los que empezaron con él, es el único que sigue ahí”, reflexiona Blanco Valdés, quien califica su carrera de “brillante”, aunque con claroscuros. “Había sido siempre un político en segunda línea, hasta que al ser investido presidente lleva a cabo una exitosa política económica en una situación extraordinariamente complicada. No obstante, la gestión de la crisis tiene otra cara, la de la gestión política, que es mejorable”, cree el profesor de la USC.

Por ejemplo, el nombramiento de los ministros Wert y Gallardón, que “se metieron en jardines en los que no se debían haber metido”. Tampoco ha habido grandes reformas en las administraciones públicas ni en la organización territorial del Estado, léanse las Diputaciones, que Rajoy defiende en campaña a su paso por el rural. “Y, pese que ha habido otros elementos positivos, como su postura prudente respecto a Catalunya, ha vendido muy mal lo que ha hecho”. En cambio, su estilo, que no resulta tan agresivo, le ha permitido sacar adelante leyes y reformas con las que Aznar no habría soñado, porque “irritaría y pisaría callos”, señala Baamonde.

Sin embargo, en su debe figuran “los escándalos de corrupción, cuya reacción dejó bastante que desear, pues las leyes para atajarla llegaron tarde”, afirma Calleja. “Se le fue de las manos, como le sucedió a Felipe González en la última legislatura, que cavó su tumba con ella”, concuerda Blanco Valdés, que la define como su “gran agujero negro”. Losada estima que, más allá de haber sobrevivido a dos derrotas electorales y a los navajazos internos, lo más sorprendente ha sido que haya conseguido mantener unidos a los suyos y ganar elecciones tras el caso Gürtel, que investiga la supuesta financiación irregular del PP: “Cualquier otro partido se habría ido con el viento”.

Fernando Martínez Maillo le quita hierro a su capacidad de resistencia. “Su trayectoria es la de cualquier persona en su vida cotidiana: nadie gana todos los días. Haber sufrido alguna derrota en el pasado, es decir, la experiencia, es un gran valor. Y ayuda a que [el poder] no se te suba a la cabeza”, manifiesta el vicesecretario general de Organización del PP, que lo define como una persona “absolutamente normal” que, con el paso de los años, no ha cambiado ni en lo personal ni en lo político. “Es muy humano”.

Cifuentes, al tiempo que lo considera “un buen líder” y un “gran presidente que ha sabido gobernar en situaciones más difíciles que sus antecesores”, afirma que en la distancia corta es “normal, agradable y de buen trato, lo que es muy de agradecer”. Aunque se le ha criticado su afición por el puro y el Marca, detractores en lo político como Losada lo defienden. “Es simpático, irónico, muy inteligente y gran conversador: da gusto hablar con él”, advierte el politólogo lucense. Y partidarios de su gestión como Blanco Valdés hacen lo propio. “Es un político atípico, porque tiene otros intereses más allá del cargo. Él se parece a las personas normales. Le gusta el fútbol y la vida familiar, cosa que no le interesa a muchos políticos”, señala el profesor de la USC.



Parece claro que Rajoy sabe perfectamente cuando sube y cuando baja. Otra cosa es lo que opinen los demás, cuestión de perspectiva. “Sabe medir los tiempos, soportar la presión y esperar el momento adecuado”, asegura Calleja. “Parece no tener prisa, algo que a lo que hemos asistido recientemente cuando, al ver que no era posible el pacto con el PSOE, dejó que Pedro Sánchez se quemase hasta las orejas. Ése es el estilo más puro del presidente, y el tiempo le ha dado la razón”. Las críticas a su tancredismo son tan constantes que rozan la terquedad. Rajoy no hace nada, Rajoy no se mueve, Rajoy no articula palabra, ¿dónde está Rajoy? “Esperar es hacer algo también. Algunos no paran de moverse al tuntún y sin sentido”, reflexiona Maillo. “A veces, la coherencia implica saber esperar”.

Sin embargo, esa actitud le ha granjeado enemigos. Injustamente, según Cifuentes: “No estamos juzgando si una persona nos cae más o menos simpática; si es más o menos guapa, o si da mejor o peor en televisión. España necesita solvencia, experiencia, seriedad y un proyecto, y eso Rajoy lo cumple con creces”, concluye la presidenta madrileña. A veces, demuestra que no es un indeciso con mano dura: su Gobierno en funciones indultó a una celulosa que contamina la ría de Pontevedra, lo que motivó que el Ayuntamiento lo declarase persona non grata.

Lo esperable por Rajoy sería que algún día lo nombrase hijo predilecto, aunque la prórroga, de sesenta años, supone una condena para el ecosistema y perjudica el potencial turístico de la zona. Pontevedra es la capital del Caribe gallego, pero huele mal. “Fue el último favor que le hizo a Ence y al consejo de administración de la empresa, plagado de ex altos cargos del PP”, denuncia Miguel Anxo Fernández Lores, el alcalde de la ciudad. Su recuperación del casco viejo y la humanización de la urbe ha sido bendecida con premios aquí y allá, si bien las chimeneas de la celulosa son un lastre.

“La moción no la presentamos nosotros porque no queríamos personalizar, pero sin ningún tipo de duda votamos a favor de la propuesta”, afirma Lores, que milita en el BNG mas cosecha votos a izquierda y derecha, lo que le ha permitido gobernar Pontevedra desde 1999. Ni la nueva política le ha hecho mella, pues la Marea Pontevedra sólo obtuvo cosechó en las pasadas elecciones dos concejales, diez menos que su partido. “Mariano se merece el nombramiento de persona non grata, aunque le haya sentado mal a él y a otros ciudadanos. Hay que estar a las duras y a las maduras, y él fue un irresponsable con esta agresión a los vecinos”.

Fortes no entra en valoraciones personales, pero describe la percepción general de los pontevedreses, que protagonizaron la manifestación más masiva que se recuerda en el lugar. Él también lo es. “Cuando la sociedad no se preocupaba tanto por la ecología, se valoraban los puestos de trabajo que había creado, mas hoy en día muchos pensamos que una empresa tan contaminante en medio de la ría es insostenible. Parece un riñón artificial que está supurando pus a todas horas”, describe el periodista de TVE, que recuerda que la prórroga se concedió pese a que no había sido una promesa electoral. “Fue aprobada de la noche a la mañana, ante la posibilidad de perder el Gobierno”. Caprichos de la toponimia, la aldea donde se asienta se llama Os Praceres. A la empresa, un antojo político, la denominan “cáncer”.

“Rajoy actúa como si fuera de Guadalajara”, se queja el alcalde, quien asegura que “nunca defendió nada relacionado con el desarrollo” de la ciudad ni de Galicia. “Ni la la lengua, ni la cultura, ni la economía… Me preocupa la sangría migratoria y la falta de perspectivas para trabajar en la propia tierra”, añade Lores, cuya invitación al presidente para visitar oficialmente la ciudad no tuvo respuesta, según él. “No vino nunca ni me llamó una sola vez para interesarse por Pontevedra, por lo que es una persona que no ejerce de pontevedrés ni de gallego”.

Tampoco habla la lengua propia. Un chiste y una anécdota reflejan ese distanciamiento con el idioma de Rosalía, de Ferrín, de Rivas. El dicho: “Me llamo Mariano Rajoy y voy al Pazo de Raxoi a una junta de la Xunta”. El consejo, atribuido a Fraga: “Cásese y aprenda gallego”. Viri puede dar fe de lo primero. Fortes hace memoria para ofrecer una prueba de lo segundo: “Nunca se le ha oído hablar gallego, excepto cuando le dijo moitas gracias a una paisana en el programa Tengo una pregunta para usted. De hecho, cuando Bertín Osborne lo invitó a En la tuya o en la mía, el presidente pronunció Girona, en cambio se refirió a Sangenjo, Orense y La Coruña”.

Hasta aquí, la vida pasada y presente del líder del PP. El próximo hito, a partir del 26-J. Si gana las elecciones pero pierde el regateo de los pactos, pasará a la historia. Blanco Valdés cree que lo hará “como el político que cogió el país con una crisis de caballo y lo sacó de la crisis”. Otros se acordarán del Luis, sé fuerte, el mensaje de texto que le envió al extesorero del PP Luis Bárcenas, hoy en prisión por supuestos delitos de blanqueo de dinero, fraude fiscal, falsedad de documentos y estafa procesal.

Del Riego, en cambio, estima que se convertirá “en un referente”. Como Zapatero, “sabrá retirarse bien”, sin levantar polvareda, pronostica la cronista política de La Vanguardia, que todavía no lo quiere enterrar y justifica su condición de eterno superviviente: “Ahora, de nuevo, lo tiene todo en contra, porque podría ser primer presidente que no gobierna una segunda legislatura”. Cuando llegue la hora de los acuerdos entre partidos, no se fíen de su quietud. Puede que esté pactando por arriba, puede que esté pactando por abajo. O, lo que es lo mismo, a izquierda o a derecha.