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Cristo de Medinaceli Los primeros de Jesús de Medinaceli: 500 horas de cola para besarle el pie a un cristo

¿Quién fue el Cristo de Medinaceli? ¿Y por qué motivo miles de devotos visitan su capilla el primer viernes de marzo?

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Carpa de plástico bajo la que se guarecen los primeros devotos del Cristo de Medinaceli. / FOTOS: TONI JULIÁ


- Dicen que si pides tres deseos, te concede uno, pero a mí siempre me ha concedido los tres.

- Eso depende, porque mira que hay almas y almas, aunque es cierto que él reparte.

- Si él sabe que te hace falta, te lo da. Eso te lo digo yo.


El de los tres deseos es Christian. La escéptica, mas devota postulante, se llama Paca. ¿Y quién es él, al que dedican su tiempo libre? La tercera persona del singular alude al Cristo de Medinaceli, por quien guardan cola desde la semana pasada. Cuando al fin logren entrar en la basílica de Jesús de Medinaceli, habrán transcurrido diecinueve días y otras tantas noches a la intemperie. Casi quinientas horas de espera. “Es mejor hacer cola ahora, aquí sentada, que luego, cuando no te queda otra que estar de pie”, razona Paca, vecina del barrio de Prosperidad y encargada de los pucheros que mantendrán firmes a la tropa.


“Vengo a las siete de la mañana y me voy a las seis de la tarde. Así me da tiempo a hacer la compra en el supermercado y preparar la comida para el día siguiente”. Cocina para todos los fieles que se cobijan bajo una carpa improvisada que han levantado los hijos de Encarna, quien habrá ido al baño o estará calentando la comida enfrente. El sol serpentea por las calles que van a dar al templo y da lumbre a los empleados del Palace que salen a echarse un pitillo en la trasera del hotel, pero el mercurio frisa los cero grados cuando cae la noche. “Los plásticos nos quitan el viento y las mantas, el frío”, explica Christian, quien no falta a la cita desde los quince años. Tiene veintiséis.


Le guarda sitio a su tía, a su padre, a la novia de este y a su hijo. Uno por cinco. Paca representa a una docena de fieles. Encarna solo hace cola por ella y su nuera. Hay quien va y viene, quien toma el testigo de un familiar, quien hace mero acto de presencia apenas un rato, quien deja un cartel con su nombre y ya no regresa hasta el primer viernes de marzo, quien… “Yo no me turno con nadie. Es muy cansado, pero se va llevando, porque el señor te da fuerzas”, aclara Encarna, de vuelta del recado. Quizás él y señor deban ir con mayúsculas, dada la altura de sus plegarias: “Solo le ruego que no nos dé enfermedades y que se arregle el mundo, porque la juventud lo va a tener muy difícil como esto siga así”.


La gente pide estas cosas cuando le besa el pie derecho al Cristo de Medinaceli tras aguardar pacientemente su turno en la calle Jesús, donde el madrileño barrio de las Letras abraza la fuente de Neptuno. Los menos afortunados deben conformarse con el izquierdo, no tan milagrero. “Creemos que no hay ninguna necesidad de estar unos días antes haciendo fila en la calle para ver quién es la primera persona que pasa a besar la imagen del Cristo”, advertían los capuchinos en su hoja parroquial, bajo la leyenda Paz y bien, en 2013. “Ese día la basílica estará abierta hasta que pasen ante el Cristo todas las personas”. Los primeros comienzan a entrar a medianoche y el flujo no cesa durante el viernes y la madrugada del sábado, dejando un reguero de miles de pasos y un pie gastado de tanto beso.

Carteles y taburetes guardan cola en Jesús de Medinaceli. / TONI JULIÁ


En 1997 fue necesario restaurar la talla, del siglo XVII, y los parroquianos tuvieron que conformarse con acariciar con sus labios una medalla de plata situada sobre una placa de metacrilato, todo fuese por salvaguardar la imagen no solo del frote de la carne, sino también del roce de rosarios, estampitas y demás imaginería religiosa. La medida fue sugerida por los restauradores, pues el desgaste había borrado uñas, durezas y callos. Sin embargo, el besapiés interpuesto no fue bien recibido por los fieles y hoy el Cristo vuelve a lucir descalzo.


La anécdota sirve para hacerse una idea de la cantidad de almas que cada viernes —y, especialmente, el primero de marzo— pasa por el templo para depositar tres deseos y un ósculo. Como sucede en las manifestaciones, la cifra la fija quien echa la cuenta: ¿doscientos mil?, ¿trescientos mil?, ¿cuatrocientos mil, como cifró hace tres años la Archicofradía Primaria de la Real e Ilustre Esclavitud de Nuestro Padre Jesús Nazareno?


Quién sabe cuántos, pero sí hasta dónde: la cola comienza en la manzana contigua a la basílica—para no entorpecer la entrada de clientes a los negocios anexos, un bar y una tienda de decoración, Pardo Family, que no ha sufrido los rigores de la hilera porque apenas lleva unos meses abierta— y la medianoche del jueves, justo antes de la apertura de las puertas, llega hasta el hotel Mediodía, en la Plaza del Emperador Carlos V —o sea, hasta la glorieta de Atocha—. Hoy apenas ocupa una fachada, donde los fieles han apoyado taburetes y sillas atados con cadenas a las verjas de las ventanas a pie de calle. Sobre ellos o pegados a la pared, consta el nombre de los titulares que hacen cola, las personas a las que representan y el número que ocupan en la fila.


Pili y Lorena, por ejemplo, le guardan el sitio a veinte fieles, que van del 396 al 416. Quienes van del 479 al 518 proceden, simplemente, de San Martín de la Vega. Reina, Maribel, Sandra, Chenoa, Rosa y Dorita son testaferros de treinta sin nombre: del 621 al 650. El carro de la compra de Suely carga cincuenta almas, del 800 al 850. En la silla de la familia Gil se sientan diez personas, del 850 al 860. Pueden contarse casi mil antes de la hora de comer, aunque en realidad bajo la carpa solo están Paca, Christian, Encarna y Milagros. Unos metros más allá, junto a su cartel, Consuelo: “Vine el sábado tres, pero no había nadie y me fui, por eso no soy la primera”. Junto a ella, de palique, Paco y Andrea, quien lleva veintitrés años cumpliendo con la cita: “Lo que le he pedido, me lo ha concedido. Eso sí, nunca le pido dinero”.


Peregrinan desde su casa, antes en Ciudad de los Ángeles y ahora en Legazpi. “Esa es nuestra promesa: venir andando”, comenta Andrea, al tiempo que su marido recuerda que otros llegan “en buses concertados por la Iglesia desde Valencia, San Sebastián y otras ciudades de toda España, hasta sumar medio centenar de autocares”. Esos feligreses, aseguran, besan el pie izquierdo. Ellos besarán el derecho. “Hay gente que dice que no es igual, pero no lo sabemos”, dice él. “Si tienes fe, da lo mismo uno que otro”, retruca ella.

Carteles y taburetes guardan cola en Jesús de Medinaceli. / TONI JULIÁ

Vicisitudes del Cristo Rescatado


“Pese a que sea venerado por una muchedumbre, sigue siendo un desconocido y no ha pasado a la literatura”, cree Jesús Sánchez Adalid, quien recuperó su figura en Treinta doblones de oro (Ediciones B). “El nombre Jesús de Medinaceli es impostado. En realidad, es el Cristo Rescatado, pero ha pasado a la historia con la actual denominación porque los duques de Medinaceli edificaron la basílica homónima y se adjudicaron el rescate”.


El escritor pacense describe las vicisitudes de la imagen primigenia, “una historia fascinante, documentada y tan cierta como la Historia de España”. Llegó a ella por casualidad, cuando un día preguntó en Medinaceli, provincia de Soria, por el Cristo que carga con su topónimo. Allí le dijeron que no tenía nada que ver con el pueblo, por lo que recurrió a los capuchinos de la basílica madrileña, quienes enderezaron su búsqueda, hasta dar con el investigador Bonifacio Porres Alonso, autor de Libertad a los cautivos: actividad redentora de la orden trinitaria (Secretariado Trinitario), quien “se había pasado toda su vida investigando sobre los cautivos en tierra de moros”.


“Era una crónica perdida y había que contarla”, añade Sánchez Adalid, quien comenzó a bucear en los orígenes de la talla. Cuando recopiló toda la información, vistió la historia con los ropajes ajados de una Sevilla —y, por extensión, de un imperio español— en decadencia. “No soy un devoto, pero me pareció fascinante que aquella obra de Juan de Mesa fuese secuestrada y luego rescatada, para regresar a España en procesión. Con el tiempo, ha habido Cristos Rescatados por todo el país, porque cada vez que un cautivo era liberado de un rapto encargaba una figura. Además, durante el resto de su vida, llevaban un escapulario trinitario que colgaban del cuello y con el que eran enterrados. De hecho, Cervantes yace en el convento de las Trinitarias [a la vuelta de la esquina de la basílica capuchina] porque fue rescatado precisamente por esa orden”, explica el autor de Treinta doblones de oro.


La novela reconstruye cómo el Cristo de Medinaceli es arrebatado en 1681 a la debilitada guarnición de San Miguel de Ultramar, anteriormente conocida en España como La Mamora, aunque el topónimo original de la ciudad marroquí es Mehdía. Tras ser tallada en un taller sevillano —la escultura es atribuida a Francisco de Ocampo, a Juan de Mesa o alguno de sus discípulos—, en 1614 fue llevada desde el convento de los capuchinos al fuerte español para colocarla en una iglesia de la orden que había sido destruida en un incendio.


Cuando la ciudad cayó en manos de Mulay Ismaíl, sultán de Marruecos y uno de los primeros reyes de la dinastía alauita, ordenó su traslado junto a trescientos prisioneros a Mequinez, que había sido nombrada nueva capital en detrimento de Fez. Posteriormente, sería salvada por los Trinitarios, también conocidos como la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos, quienes la depositarían en su actual emplazamiento. “Suena novelesco, pero es pura novela histórica, porque todos los personajes son reales”, aclara Sánchez Adalid sobre el detonante de la iconografía del Cristo Cautivo.


El periplo de la talla también se describe en Próxima estación, Madrid-Atocha (Plaza & Janés), de Manuel Medina, quien señala en el libro que evoca el momento de su Pasión, cuando Pilatos lo presentó al pueblo. El escritor de Villanueva del Arzobispo pone en boca de los padres trinitarios del santuario de la Fuensanta, situado en el pueblo donde nació, el sufrido periplo de la imagen. “Nos contaban que Felipe III, para evitar el desaliento de nuestros soldados y ante el peligro de que los soldados berberiscos conquistasen las plazas de Larache y Mehdía, trataba de darles fuerzas con creencias religiosas y motivaciones heroicas. Para el consuelo espiritual, se transformó una mezquita en templo cristiano y se llevó la figura de Jesús de Nazaret para que recibiera culto por nuestros soldados, quienes le prestaban una gran devoción”.


La toma de Mehdía es descrita ese mismo año por Francisco de Sandoval y Rojas, quien relata el cautiverio de los allí presentes. “Aviso verdadero, y lamentable relacion, que haze el capitan don Francisco de Sandoval y Roxas, cautivo en Fez, al señor Don Pedro Antonio de Aragòn, dandole quenta de las sacrilegas acciones que han obrado los perfidos mahometanos con las santas imagenes, y cosas sagradas que hallaron en la Mamora: Entrega de dicha Plaça: Trato que hizo el Governador della con los Moros; y lo demas que verá el Curioso”.


La historiadora del arte María Cruz de Carlos Varona alude al texto en el artículo Imágenes rescatadas en la Europa Moderna: el caso de Jesús de Medinaceli, publicado en el Journal of Spanish Cultural Studies. “Dejaron en duras prisiones 250 soldados y 45 mujeres y niños; y lo que más tenemos que llorar y que sentir, es (¡No sé como llegar á declarar lo que mis ojos vieron, sin perder la vida á manos del dolor!): haber visto el Sagrado Retrato [de] Jesús Nazareno segunda vez entregado a moros y judios”, escribe Sandoval.


Entonces, la figura fue arrastrada por las calles de Mequinez y sufrió daños. Una crónica trinitaria anónima de 1862, citada por María del Carmen Alarcón Román en su tesis Literatura conventual femenina en el Siglo de Oro (Universidad de Sevilla), describe la hechura de la talla —“de natural estatura, muy hermosa, con las manos cruzadas delante”— y añade más datos respecto al maltrato de las piezas robadas del que daba cuenta el aviso verdadero de Sandoval: “El rey las mandó ultrajar y echar á los leones para que las despedazasen, como si fueran de carne humana. Al hermosísimo busto de Jesús Nazareno le mandó el rey arrastrar y echar por un muladar abajo, haciendo burla y escarnio del retrato hermoso, y del original divino”.

Historia o leyenda


Una vez secuestrada, un fraile trinitario le ofreció a Mulay Ismaíl tanto oro como pesara la imagen, o viceversa, aunque este relato no es de primera mano y a él contribuyeron la tradición literaria y el imaginario popular. Sea como fuere, los religiosos no tenían suficiente dinero, pero cuando se realizó el pesaje "el Cristo redujo milagrosamente su peso, lo que enfadó al sultán, quien se negó a entregarla”, según cuenta el autor de Próxima estación, Madrid-Atocha. Luego, “un gran brote de peste asoló la ciudad, por lo que los moros, asustados, devolvieron la imagen a los cristianos”. Medina también aporta la versión que ofrece la citada crónica anónima: “Apareció en un muladar, pues, al igual que a los cristianos, también se habría arrojado la imagen a los leones". De allí a Tetuán, Ceuta, Gibraltar, Sevilla y Madrid, adonde llegó en agosto de 1682.


El padre Domingo Fernández Villa consideraba el pasaje de las monedas —de oro o de plata, depende del relato— una “leyenda tardía”, no recogida por los autores de la época ni por los escritores del XVIII. No será hasta 1776, cuando aparece en la comedia manuscrita El Redentor Redimido. Jesús Nazareno rescatado del poder de los moros, obra del trinitario Juan de Jesús María, escribe Alarcón Román en su tesis, donde analiza los poemas en honor del Cristo de Medinaceli.


Para ponerlos en contexto, describe minuciosamente la “azarosa historia de la imagen”, que una vez en Madrid fue objeto de una novena, un triduo y una procesión por las principales calles de la capital, a la que asistieron los reyes y la alta nobleza, tradición que no se ha marchitado con el paso de los años. Recientemente, los príncipes de Asturias, el rey Juan Carlos, la reina Sofía y las infantas Cristina y Elena han acudido al besapiés. También ha bombeado ante su presencia la sangre azul de la exalcaldesa Ana Botella y del expresidente de la Comunidad de Madrid Ignacio González, hoy un ecce homo de la política más turbia.


“Causó gran piedad [...] e infundía tanta devoción esta santa imagen que era rara la persona que al verla no prorrumpía en lágrimas”, describe un documento de los trinitarios de Córdoba sobre su primer pasacalles en libertad. El ambiente de la procesión enmudece a sor Francisca de Santa Teresa, quien también lo denomina Redentor Redimido, en un poema recopilado por la citada investigadora: “De Jesús Nazareno / no puedo decir nada, / que el llanto y el amor / embarga las palabras”. Hay más huellas del Cristo de Medinaceli en el arte y la literatura, como el lienzo anónimo de finales del XVII expuesto en la iglesia cacereña de San Martín de Trujillo, donde se relata su historia en tres escenas.

Comer, beber, rezar


- Una mujer con el número 900 entró en la iglesia a las cinco de la madrugada.

- No te lo creo, no corre tanto…

- Yo sé lo que estoy diciendo.

Foto de las colas en Jesús de Medinaceli, publicada en la revista 'La Esfera' (1926) / ARTE EN MADRID


Hay tantas anécdotas en torno a la hilera del Cristo de Medinaceli como cuentas del rosario de cada devoto. Aquí de todo se habla, aunque la venta de números sigue siendo un tabú. Una señora que se pasa un rato por la mañana y otro por la tarde cree que hay quien hace negocio con la espera: “Sí que los venden, pero no se puede demostrar”. Su amiga asiente y carga contra quienes sólo piensan en el dinero. “Al menos, eso es lo que dicen en la televisión”. También comentan que la cantidad de feligreses que entran por cada persona que guarda cola es aproximado: “A veces son más. Tampoco tiene mayor importancia, de hecho a mí ya se me ha apuntado otro familiar”.


Christian, como Encarna, hace guardia día y noche. Son de Villaluenga de la Sagra, un pueblo de la provincia de Toledo, si bien ella nació en Santa Cruz de la Zarza. Veinticuatro horas le dan la vuelta a un día: “Sí, aunque nos apañamos bien. Cuando no cocina Paca, vamos al comedor de Sanidad, pero ella guisa mucho mejor que los del Ministerio”. ¿Y cuando toca evacuar? “En Los Gatos se portan muy bien con nosotras. Nos dejan calentar la comida en el microondas y, si llueve, son los primeros en ofrecernos una mesa para comer”, reconoce Paca en referencia a uno de los templos cerveceros de Madrid.


Da fe de ello la capilla sixtina de la cebada y la malta, donde los ángeles se sientan en barriles de Mahou, observados por los beodos esqueletos que dan cuenta de un caña en el cementerio de azulejos. “Aquí llegan los guiris y se vuelven locos”, explica Mario, parroquiano de la barra, quien besó el Cristo con cinco años, no por devoción sino porque tenía unos parientes que vivían frente a la basílica. “Yo no creo, pero respeto. Eso sí, el fanatismo fuera”. Recuerda las colas de su infancia, al tiempo que su memoria calcula que quizás no fuesen tan largas.


Lola Creagh, la propietaria del local, tampoco es una beata. Sin embargo, confiesa que lo visita cada primer viernes de marzo, invitada por los fieles. “Ese día estoy ahí como un clavo, porque nos ceden el sitio, tanto a mí como a los camareros, por haberles echado una mano”, afirma Lola, palmera de nacimiento y castiza de adopción, mientras le quita hierro al asunto. “Yo no lo considero una ayuda, lo hacemos por altruismo. Aquí nos portamos bien con cualquiera que entra por la puerta. Dejarles ir al baño o calentarles la comida es un acto de humanidad. Me es igual que hagan fila para asistir a un concierto, que para besar el pie del Cristo. No hacen ningún mal”. Por su parte, quien aguarda sólo tiene buenas palabras para los empleados del bar y carraspeos para los capuchinos: “Ven mal lo de la cola y no nos hacen ni caso”, se queja Paca. “Pero hay que pasar de ellos, porque si no te quitan la fe”.


“No hay ninguna necesidad de hacerla", advertían en una hoja parroquial. Casi mejor que lo digan ellos, si bien en la basílica no hay nadie. Bueno, un señor contesta luego al teléfono diciendo que dentro no hay nadie, valga la paradoja, aunque la llamada se produce dentro del horario de atención al público que fija el despacho parroquial. ¿Quién coge el teléfono? Alguien que se identifica como “nadie”. ¿Podría hablar con alguien? “Si usted no me dice con quién, no se lo voy a decir yo”, responde nadie. Hombre, ya puestos, con el rector, José María Fonseca Urrutia. “El padre José María ya no está aquí”. Ni él, ni nadie, claro: ¿quién manda ahora? “Eso no se lo puedo decir”. Tampoco comenta que el año pasado varias webs católicas y ultras se le echaron encima por dos banderas gais que ondeaban sobre la librería capuchina anexa. El entonces rector escribió unas palabras de disculpa: “No soy responsable de lo que ha ocurrido, pero no por eso dejo de pedir perdón a todos aquellos que se han sentido ofendidos”.


No vale la pena insistir sobre el misterio del vacío lleno de la basílica, pues resulta más sencillo descifrar que no haya nadie, aunque conteste alguien, que el tres en uno de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por no entrar en otras nimiedades, como el hecho de que guarden cola cinco para cincuenta, la certeza de que las autoridades entren sin hacerla o el supuesto de que alguien cobre por la espera, un extremo desmentido por los presentes y en el que los capuchinos no están, ni se les espera. Para ser más exactos, nadie revela que pida dinero, mas el runrún apunta a gente que supuestamente cobra por su número y a otra que presuntamente paga por un hueco. En el cielo como en la tierra, no hay corrupto sin corruptor.

Favores y dineros


Aquí, en el número dos de la plaza Jesús, que no es plaza sino calle, permaneció la talla hasta 1810, cuando José Bonaparte suspendió las órdenes religiosas. Tuvo que ser trasladada de la capilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Rescate a la iglesia de San Martín y, posteriormente, a la parroquia de San Sebastián. En 1895, por intercesión del duque de Medinaceli, el ministro de Gracia y Justicia devolvió la figura a su antiguo templo, gestionado por los capuchinos. “Agradecida por el celo y la prontitud de sus rescatadores, la imagen comenzó inmediatamente a hacer milagros a beneficio de sus nuevos anfitriones, los duques de Medinaceli, que encargaron para ella un suntuoso retablo de mármoles traídos de sus posesiones andaluzas”, contaba en una de sus maravillosas crónicas en El País el periodista Moncho Alpuente, quien citaba al Cronista de la Villa y escritor Pedro de Répide.


“Entre los primeros favores concedidos por la taumatúrgica efigie estuvo el de conceder descendencia a la duquesa, que, en cumplimiento de su voto, mandó construir el convento de franciscanos anejo a la capilla del Cristo. No se sabe cuáles fueron las otras dos gracias que incluyó en su petición la piadosa dama, aunque quizás, para asegurarse, solicitó trillizos”, añadía Alpuente, quien en otro texto dejaba claro que las devociones más castizas de Madrid no las marcan los calendarios ni los santorales, de modo que la Paloma desbanca a la Almudena y el Cristo de Medinaceli supera en fieles a san Isidro —otra cosa es la rave que se monta el 15 de mayo en la pradera de la ermita del patrón—.


“El culto al severo nazareno de Medinaceli se impuso misteriosamente en las primeras décadas del siglo XX. Es un cristo cetrino y africano que fue cautivo en efigie de Mulay Ismaíl, rey de Fez [...], un cristo hierático de trayectoria viajera y ajetreada, una talla inmigrante que acogió una duquesa y adoptó el cristiano pueblo de Madrid”. (Quizás Moncho, el santo laico de la calle del Pez, se merezca otra peana, a pesar de que lo único que se le pegó durante su infancia en los escolapios fue un ateísmo galopante).


Poco más aportan los capuchinos sobre el origen de tamaña devoción, aunque dan alguna pista en su hoja parroquial: “La famosa adoración del primer viernes de marzo apenas se sabe cómo comenzó. Ha sido completamente popular. Desde el comienzo se apreció que los viernes de cuaresma venía más gente a adorar a Jesús. Pronto se corrió la voz entre el pueblo de Madrid de que de tres gracias que se pedían se conseguía una. Nada sabemos de dónde surgió esta creencia. Lo único que sabemos es que cada año, el primer viernes de marzo ha sido más concurrido hasta llegar a lo que vemos en estos últimos años”.


El autor de Treinta doblones de oro, sin embargo, lo atribuye a la baqueteada vida del Cristo de Medinaceli. “Tiene tanto predicamento por las circunstancias en las que llegó a Madrid, hasta el punto de que incluso hoy es objeto de una devoción popular, con un cierto tono milagroso, que se transmite de padres a hijos. Recordemos que, además de en Madrid y otras localidades españolas, es adorado en México, Colombia o Miami”, recuerda Sánchez Adalid, quien presentó su libro en la basílica en febrero de 2014. “Fue impresionante, todo un acontecimiento. Acudió una multitud de fieles y nos vimos desbordados”.

Carteles guardan cola en Jesús de Medinaceli. / TONI JULIÁ


Cristina Sánchez Carretero, investigadora del Instituto de Ciencias de Patrimonio del CSIC, ha analizado los rituales de duelo en espacios públicos. “Representa todos los registros de lo que se conoce como devoción popular, con un culto intenso diario, y especial los primeros viernes de mes, con oración propia de besapiés y constante presencia de devotos que ascienden hasta su imagen, en el camarín: escolanía, editorial propia y tienda con venta de objetos religiosos", describe la científica en El archivo del duelo, un estudio sobre la respuesta ciudadana ante los atentados del 11-M, que afectaron a la vecina estación de Atocha. Tras las explosiones, en los altares espontáneos que brotaron en las instalaciones de Renfe, destacó la estampa de Jesús de Medinaceli por encima de otras, según Carretero.


Sin embargo, el culto y la veneración desmesurados han sido criticados incluso desde la propia Iglesia. Francisco Lacueva, sacerdote católico convertido a la fe evangélica, escribía en el manual Catolicismo Romano (CLIE): "Quienes entren en el Pilar de Zaragoza o en el templo de Jesús de Medinaceli comprobarán las largas filas de devotos que se acercan a besar el reverso de la columna del Pilar o a pedir un señalado favor, en determinados días, al Cristo de Medinaceli, mientras unos pocos, muy pocos, van a la capilla donde se reserva el Santísimo, o sea, donde —según la Teología Católica— está realmente presente el mismo Jesucristo. ¿No están por tanto tales devociones rondando el límite del fetichismo y de la idolatría, aun mirándolo desde el punto de vista católico-romano?”.


Los fieles que guardan cola con estoicismo en el exterior tampoco se libran de las observaciones de Lacueva: "Lo mismo podríamos decir de las disputas acerca del poder milagroso de las imágenes —aun de un mismo santo— de los lugares respectivos, así como de la espectacularidad de ciertas penitencias exteriores”.

El ambiente en 1936


Hoy puede parecer una estampa anacrónica: ancianas a la intemperie durante un par de semanas para besar un trozo de madera. Las fotos que acompañan este texto reflejan que hace poco menos de un siglo, durante el reinado de Alfonso XIII y la Segunda República, el fervor era similar. Eduardo Mendoza, en Riña de gatos, que mereció el Premio Planeta en 2010, describe el ambiente de la basílica y sus alrededores en 1936. “Contempló la nutrida cola de devotos que sin dejarse amilanar por las inclemencias del tiempo habían acudido a rezar y a pedir alguna gracia. En el doliente tropel se mezclaban todas las edades y todas las clases sociales. Anthony [el protagonista de la novela, un inglés que llega a Madrid para autentificar un cuadro desconocido, perteneciente a un amigo de José Antonio Primo de Rivera] apreció el acierto de Paquita al citarlo allí, donde nada ni nadie llamaba la atención”.


Previamente, él le había dicho por teléfono a la joven: “Deme media hora para asearme y cambiarme de ropa. Voy hecho un pordiosero”. A lo que ella respondió: “Mejor, así no llamará la atención”. Para entrar en la iglesia, atraviesa el atrio, “donde se apiñaban ciegos, tullidos y una florista arrebujada en una manta negra para protegerse del frío y la nieve. Los plañidos y súplicas de los pedigüeños formaban un disonante y afligido coro”. Una vez dentro, se encuentra con miles de cirios encendidos: “El aire cargado de olor a sudor, humo, incienso y cera derretida vibraba con el rumor constante de las plegarias. No le costó encontrar asiento en uno de los bancos convenidos, porque la mayoría de los fieles sólo querían acercarse al altar a depositar exvotos o a susurrar más de cerca su deprecación a la venerada imagen. La afluencia traslucía la zozobra imperante en la ciudad”.

Jesús de Medinaceli, en 1932. Archivo Ruiz Vernacci. / ARTE EN MADRID


Anthony, o Mendoza, no anda con remilgos a la hora de describir la talla: “Siempre le había producido un disgusto rayano en la repugnancia. Sin restar mérito artístico a la escultura, la actitud del personaje, su ropaje suntuoso y sobre todo su cabellera de pelo natural le conferían aires de tenorio y de embaucador. Quizás era eso lo que infundía confianza al vulgo: la divinidad encarnada en un chulo barriobajero”. Luego, el autor de Riña de gatos habla del Cristo mediterráneo que vive y bebe, que copula y come, “que muere padeciendo tormentos físicos; y cuyas ideas van del bien al mal, del placer al dolor y de la vida a la muerte, sin sombra de dudas metafísicas ni razonamientos ambiguos”. Una religión, en definitiva, “de colores y olores, ropas vistosas, romerías, aguardiente, flores y canciones”.


¿Hay algo de eso en los devotos del Jesús del Rescate? “Es una relación recíproca: yo hago un sacrificio extremo para que tú me concedas un deseo extremo”, explica Félix Talego Vázquez, profesor de Antropología de las Religiones de la Universidad de Sevilla, quien afirma que si ven la petición cumplida, los fieles luego hacen lo propio con su promesa.


Mientras la fe merma entre la mayoría, puede dar la impresión de que en algunos se acentúa.

Asociar fe con práctica de la ortodoxia católica, como puede ser la misa, no es adecuado. Hay una religiosidad popular que corre en paralelo, a veces incluso en tensión, a la religiosidad de la iglesia, o sea, a la ortopraxia eclesial.


Vayamos al culto y a la veneración a una talla.

La iconolatría ha sido muy importante en España, sobre todo en Andalucía. Las formas de religiosidad del intercambio requieren un objeto sagrado, como una imagen o un lugar, para poder llevar a cabo ese contrato recíproco. En el caso que nos ocupa, los devotos acuden al Cristo de Medinaceli porque es una especie de pago por anticipado.


San Antonio y los animales, santa Lucía y la vista, san Benito y las verrugas… Santos cristianos que visten antiguos dioses paganos.

Hay una humanización en el trato con las imágenes, cuyo culto tiene una gran importancia en el catolicismo. La Iglesia fue sabia al consentir y tolerar la adoración de santos, cristos y vírgenes, que esconden antiguas prácticas paganas. En el fondo, fue una estrategia para que las clases populares aceptasen la autoridad eclesial.


¿A qué responde que los fieles acudan un día señalado, pudiendo ir el resto del año?

Es una de las características inherentes al ritual. El cumplimiento de los preceptos es el modo apropiado de relacionarse con lo trascendente, que entraña un protocolo, esencial para que el rito sea operativo.


¡Qué locos estos católicos! Benditos los y las fans de las boy bands —y sus pacientes madres—, bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por comprar el último modelo de teléfono inteligente, alabados sean aquellos compradores que pisaban la hierba de los grandes almacenes el primer día de rebajas, pues de ellos es el reino de los hunos. “Esas comparaciones también funcionan en sentido inverso: quien hace cola para adquirir un iPhone o para ir a un concierto pensará que los locos son ellos, que esperan a la puerta de una iglesia para besarle el pie a un santo, y viceversa”, concluye Talego Vázquez. “Convertir algo en sagrado entraña un esfuerzo, condición para formar parte de una comunidad, sea la que fuere. En ese sentido, es necesario el sacrificio, pues tiene una dimensión ascética”.

Carteles y taburetes guardan cola en Jesús de Medinaceli. / TONI JULIÁ

“Hasta el día que me muera”


- El pie izquierdo está tapado todo el año y se besa el derecho. Pero el próximo viernes podrá besarse el izquierdo, que es el que hace los milagros.

- Los milagros los hará el santo, no el pie, digo yo…


Cuando dicen izquierdo, quizás quieren decir derecho, cuestión de perspectiva. Aunque el equívoco —¿alguien sabe cuál es el pie bueno?— en el parlatorio de campaña de la calle Jesús tampoco sorprende en una España que hace tiempo que confundió la izquierda con la derecha —¿o era al revés?—. Una cuestión de fe: “Hace mucho tiempo, me vine con el pueblo en bus, si bien el Cristo no me llamaba la atención, así, tan negro. Pero le pedí una cosa que necesitaba y me la dio. Desde entonces, es locura”, confiesa Christian, con la medalla de Jesús Nazareno al cuello. Será su decimosegundo besapiés, aunque Paca quintuplica la cifra: “Tengo 82 y ya venía de soltera. Echa cuentas, porque mi hija tiene 56 años”.


- Desde entonces, no he faltado ni uno. Hasta el día que me muera, que estoy a punto…

- ¡Joder, Paca!

- Pues claro. Me están haciendo el traje de madera. ¡Ay, qué miedo! ¡Que me metan ahí!


Las razones por las que los fieles hacen cola han ocupado páginas y páginas en libros y periódicos. El sacerdote y periodista Antonio Aradillas Agudo recopilaba las impresiones de los devotos en La Iglesia que se acaba (ACCI). "Pues yo estoy porque estoy acostumbrado a hacer colas en el Inem, y mi intención aquí y ahora es la de que este Cristo tan milagroso se compadezca de mí y de mi familia y, por fin, me llamen de alguna empresa, haciéndome fijo", comentaba uno.


En sus tiempos de alcaldesa, Ana Botella también solicitó trabajo para todos los españoles. Cuando en 2014 le preguntaron si iba a pedir una nueva candidatura al Ayuntamiento, desechó tal posibilidad, mas se calló el tercer deseo: ¿Madrid como ciudad olímpica o ya se le habría pasado el arroz?


Un año antes, se había encontrado en la entrada con un grupo de manifestantes al borde del despido: "Comprendo su pesar por estar sin trabajar", dijo entre silbatos, de los que salió pitando. Lógicamente, evitó la espera, algo que no extraña, como refleja en su libro Aradillas Agudo: "¿Que cómo reaccionamos cuando algún privilegiado o privilegiada de la Casa Real, o autoridad, pasa por delante, sin hacer cola y besa el pie del Cristo, antes que nosotras?”, se pregunta una devota. “Nos molesta. Pero así se escribe la historia. Y esta es la vida dentro y fuera de la Iglesia”.


Que se lo digan a Christian: “Pese a todo ello, ¿compensa echar diecisiete días a la intemperie? Claro, de lo contrario no lo haríamos, aunque hay gente que deja el cartel y se va”, protesta. “Y luego hay pelotera”, advierte Paca. “Pero pasa... Vaya si pasa”, concluye el joven toledano mientras blande la medalla del Cristo. Así lo describe Sánchez Adalid en Treinta doblones de oro: “Era una talla espléndida, hecha en madera por los mejores escultores de aquel tiempo; representaba a Nuestro Señor de pie, maniatado, con la cabeza baja, como si se hallara en el día de su pasión después de haber sido azotado y coronado de espinas, como suele decirse: el Ecce Homo, presentado por Pilatos al pueblo de Jerusalén”.

Cartones guardan cola en Jesús de Medinaceli. / TONI JULIÁ


No es difícil apreciar que el escritor pacense es más benévolo que Eduardo Mendoza: “Como la hechura era de natural estatura, el cuerpo perfecto y el rostro particularmente humano, dentro de su divinidad, parecía tan real que se te ponía la carne de gallina al mirarlo. En suma, aquella imagen proporcionaba a cualquiera que lo viese una semblanza inigualable de Jesús, llena de sublime hermosura, de mansedumbre y de paz, como si la ternura entrañable de Dios estuviese en él derramada”.


El protagonista de Riña de gatos no conocerá, sin embargo, el periplo de la talla en los siguientes años. Durante la Guerra Civil, los frailes la escondieron en el sótano del convento, guardada en una caja y envuelta en sábanas. Cuando los milicianos del batallón republicano Margarita Nelken, que se habían instalado allí, buscaban madera para hacer una hoguera y combatir el frío, hallaron la escultura, que fue entregada a la Junta del Tesoro. De Madrid viajó a Valencia, luego a Barcelona y finalmente a Ginebra, de donde no regresaría hasta el final de la contienda.

Cristo rico, Cristo pobre


El también llamado Jesús el Rico. Y si hay un Rico es porque hay un Pobre, que puede ser adorado en la iglesia de san Pedro el Viejo, en el barrio de La Latina, y al que también se le besan los pies. El origen de dicho apodo podría proceder de las copiosas limosnas que genera, como explica Jesús Callejo en Un Madrid insólito (Editorial Complutense): "Los viernes del mes de marzo es la apoteosis: miles de personas se agolpan en la puerta formando interminables colas que dan la vuelta al templo religioso. Los donativos y ofrendas son tan numerosos que explican por qué se denomina Jesús el Rico. De todo este boato carece el otro Jesús, el Pobre".


El próximo miércoles los hijos de Encarna desmontarán la carpa y empezará una cuenta atrás de veinticuatro horas al relente para ver al Cristo de Medinaceli. Será bajado de su camarín, y a ras de suelo, le surrarán deseos a sus pies. “No es devoción falsa y loca / traer besos en la boca / nacidos del corazón”, escribía el capuchino Mauricio de Begoña. “Cuando lo haces, sales a la calle en paz”, afirma Encarna. “Parece que te mira diciéndote: Esto es por los días que has estado ahí”. Milagros, otra devota del núcleo duro que se acerca cada tarde desde Legazpi y guarda sitio para ella y su hijo, expone sus razones: “¡Chiquillo, por qué voy a venir! ¡Es la fe que te empuja! Y así desde hace casi cincuenta años”. ¿Y el Cristo cumple? “Pues hasta ahora no tengo queja”.


La única pega la pone Christian: “Dobla el aire por la esquina que corta”. El frío no parece hacer mella en Encarna, quien insiste en que Jesús de Medinaceli —o del Rescate, o el Redentor Redimido, o el Rico— “es muy milagroso”. El hombre del tiempo ha dicho en la tele, sin embargo, que el descenso de las temperaturas no lo frena ni Dios.