Publicado: 16.09.2016 12:23 |Actualizado: 16.09.2016 12:40

“¿Un negro zapatero?, no puede ser”

La mitad de los españoles ve con buenos ojos la inmigración, pero el reto de la integración aún está lejos. Los estereotipos y los recortes sociales amenazan la convivencia en este país cada vez más multicultural.

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Tida y Aminata Coly, Impulsoras del primer festival africano de El Escorial, Colores del Mundo. MARÍA JOSÉ CARMONA/MARTA SAIZ

Tida y Aminata Coly, Impulsoras del primer festival africano de El Escorial, Colores del Mundo. MARÍA JOSÉ CARMONA/MARTA SAIZ

MADRID.- Benito, natural de Arévalo, nunca pisó África. Probablemente tampoco conoció nunca a un africano y ni siquiera sabría ubicar dónde está Senegal. Pero el mundo ha cambiado mucho desde entonces. Hoy este zapatero de vocación se sorprendería al saber que su oficio sigue vivo gracias un chico nacido en una aldea llamada Ndiomedy, a unos 4 mil kilómetros de Ávila.

“Cuando murió Benito, el abuelo de mi mujer, ninguno de los nietos quiso continuar con el negocio. Por eso decidí montar una zapatería, para que la tradición familiar no se perdiera”, cuenta Amath Ba. Este senegalés llegó a España hace cinco años. Hace cuatro creó su propia familia junto a Josune, una avilesa afincada en Asturias. Hace uno se hizo con un pequeño local en pleno barrio de El Llano, el más comercial de Gijón. “¿Un negro zapatero?, no puede ser”. Esa fue la primera reacción de los vecinos. Tal cual, recuerda Amath. “Entraban en la tienda preguntando por el dueño y cuando les decía que era yo no se lo creían. Incluso algunos se marchaban”. Captar clientes fue más difícil de lo que pensaba pero, como buen artesano, sabía que el único secreto en este oficio es la paciencia. “Con el tiempo la gente ya me conoce y confía en mí como profesional. El problema en España no es el racismo, es la ignorancia”, insiste el zapatero.



Según el ultimo Eurobarómetro de mayo de 2016, la mitad de los españoles percibe la inmigración como algo positivo, muy por encima de la media europea donde el porcentaje solo llega al 34%. Ni siquiera el bombardeo mediático a raíz de la crisis de refugiados sirios ha alterado esta visión. Como revela la encuesta del CIS publicada en julio, la inmigración hoy apenas preocupa al 2,9% de la población. España -más bien sus ciudadanos- conserva su actitud receptiva ante el que viene de fuera. Eso sí, todavía seguimos arrastrando viejos tópicos que nos alejan. “Cuando vine a vivir a San Lorenzo de El Escorial me decían 'qué suerte tienes de estar aquí, por lo menos puedes comer'. Escuchar eso me provocaba tristeza y rabia. Es cierto que en África hay pobreza, pero no es un continente pobre”.

Amath Ba en el Taller del Zapatero, en Gijón. MARÍA JOSÉ CARMONA/MARTA SAIZ

Amath Ba en el Taller del Zapatero, en Gijón. MARÍA JOSÉ CARMONA/MARTA SAIZ

Habla Tida Coly, senegalesa afincada en la provincia de Madrid desde el año 2001. Su historia tiene poco que ver con la imagen que suele asociarse a la migración africana. Ella vino a España porque su marido, un maestro español, no encontraba trabajo en Senegal. Tida dejó su empleo en el sector turístico para acompañarle y, una vez aquí, “me di cuenta de que mi entorno desconocía mi país y mi continente, me hacían preguntas demasiado obvias. Al poco tiempo entendí que les faltaba información”.

En 2005, Tida organizó el primer festival africano de El Escorial, Colores del Mundo. Música, cine, literatura y fotografía para destruir estereotipos. “Al principio había recelo por parte de los vecinos. Era normal, hasta ese momento yo era la única negra aquí y de pronto un día la plaza se llenó de africanos. Pero poco a poco se fueron acercando, cada año se suma más gente”. El festival Colores del Mundo también da nombre hoy a una tienda en la que Tida vende, junto a su hermana Aminata, vestidos confeccionados con telas traídas desde Mali y Senegal. “Cada vez que doy un paso pienso en mi madre. Ella no mendiga, ha currado siempre, por eso no quiero que definan África como un lugar pobre. No es justo”.

Suspenso en integración

España es el país donde más ha crecido la población migrante desde principios de los 90. Hoy, un 15% de nuestros vecinos han nacido fuera. Aún así, como explica la investigadora del Real Instituto Elcano Carmen González Enríquez, nuestro país “se ha librado hasta ahora de esa tendencia que afecta a toda Europa, la extensión de los partidos xenófobos y su éxito electoral”. ¿Esto quiere decir que España aprueba en integración? Relativamente. Basta con ojear el Índice de Políticas de Integración de Inmigrantes de la Comisión Europea. En él se miden 167 indicadores de integración en 32 países del mundo. Nosotros estamos en el puesto 11, empatados con Holanda y un punto por debajo de EEUU. Según este índice aprobamos en aspectos como la reunificación familiar, la concesión de permisos de residencia permanente o el igual acceso al mercado laboral. Sin embargo, la Comisión Europea también nos suspende, y mucho.

“Con los recortes y la llegada al poder del PP ha dejado de invertirse en integración”, critica el Índice. Lo cierto es que nada más acceder al Gobierno en 2011, Rajoy eliminó dos pilares fundamentales: el Fondo de Integración Nacional y la asignatura de Educación para la ciudadanía. Esto nos ha hecho retroceder, sobre todo en educación. Aunque hoy todos los alumnos inmigrantes tienen igual acceso al sistema educativo, en la práctica muchos se sienten excluidos. Las escuelas no siempre les ofrecen clases de apoyo para ponerse al día o aprender la lengua. De hecho, solo un tercio de los menores extranjeros recibe hoy cursos de alfabetización.

“Nuestro país se ha librado hasta ahora de esa tendencia que afecta a toda Europa, la extensión de los partidos xenófobos y su éxito electoral”.

Por otro lado, también han desaparecido muchos espacios de convivencia. En el caso de Madrid, hoy solo quedan 8 de los 17 Centros de Integración y Participación (CEPI) que se crearon hace diez años. Uno de los que han cerrado sus puertas, asfixiado por la falta de recursos, es el Centro Hispano-Africano. “Hacíamos actividades de cocina conjunta entre españoles y africanos, clases de percusión y danza, talleres de formación y empleo. Incluso organizamos un espectáculo fusión de flamenco y música africana”, cuenta Roméo Gbaguidi, exdirector del centro. Para este mediador intercultural, natural de Benin, “la integración la tiene que facilitar el propio país. No solo depende del inmigrante. Es un camino de ida y vuelta. El problema es que se considera un tema menor”.

El riesgo de no invertir en este tipo de políticas lo encontramos hoy en el país vecino. Los guetos de inmigrantes en Francia, conocidos popularmente como banlieues, se han convertido en núcleos de marginalidad, con un fuerte desarraigo y muy permeables a ideologías radicales. Los disturbios registrados en octubre de 2005 en estos arrabales de París son el mejor ejemplo para explicar por qué la integración no solo favorece al inmigrante, sino a todo el país.

475 delitos de odio por racismo

La mayoría no llega al papel, el 80% de las víctimas nunca lo denuncia. Aún así los pocos datos que existen son representativos. Solo en 2015 la Secretaria de Estado de Seguridad registró 475 delitos de odio por racismo o xenofobia (un 24% más que el año anterior). Durante ese mismo año, la ong SOS Racismo recibió otras 330 denuncias, entre ellas 63 por conflictos y agresiones racistas. La Comisión Europea lo reconoce, España no está haciendo lo suficiente por prevenir y sancionar la discriminación. Es más, a veces estas conductas provienen de las mismas instituciones públicas, como las redadas racistas. Se trata de controles policiales de identidad dirigidos específicamente a personas negras con el objeto de “cazar a sin papeles”. Estas identificaciones por perfil étnico están prohibidas en la Ley de Seguridad Ciudadana pero, como denuncian colectivos de apoyo a inmigrantes, siguen existiendo.

Badara Bope reconoce haberse sentido discriminado más de una vez. Este senegalés trabaja desde 2009 cuidando a personas mayores y dependientes a través de la asociación Senda de Cuidados. “Este trabajo no existe en mi país, allí a los mayores los cuidamos en familia. Yo tengo mucha experiencia, toda mi vida he convivido con mis abuelos, pero aquí en España hay muchos mayores que necesitan asistencia, que están muy solos y no hay muchos españoles que quieran trabajar en esto”, explica Badara. En estos casos, lo difícil no es tratar con el paciente, sino con los familiares. “A veces he sentido discriminación por ser negro. Algunas familias piensan que si eres africano no sabes hablar bien español o no haces bien tu trabajo, te vigilan todo el tiempo”. A lo largo de estos años ha cuidado a cinco personas pero el primero, Vicente, es el más difícil de olvidar. “Nada más vernos hubo un flechazo, se puso muy contento de conocerme. Era un hombre muy mayor, de 89 años, pero muy alegre. Nos reíamos mucho y aprendíamos el uno del otro. Yo le hablaba de mi país y el me enseñaba historia de España. Estuvimos un año y medio juntos, hasta que falleció. Fue muy duro, sufrí mucho, pero gracias a él sigo dedicándome a esto”, recuerda el senegalés. La familia de Vicente sigue aún hoy en contacto con Badara, para ellos es uno más.

Joe Psalmist tocando en el Parque de la Ciutadella, en Barcelona. MARTA SAIZ

Joe Psalmist tocando en el Parque de la Ciutadella, en Barcelona. M. S

“Si no saben quién eres, si no te conocen, la sociedad actúa en base a la historia de África que le cuentan en los medios y en Occidente esa historia es muy negativa”, lamenta Joe Psalmist. Este músico nigeriano es el fundador del primer coro de Gospel de Barcelona, formado íntegramente por personas procedentes de las diferentes iglesias africanas de Cataluña. “En nuestros conciertos intentamos trasmitir un mensaje de paz y libertad. Es muy positivo cuando la energía llega a personas que no están familiarizadas ni con la lengua, ni con la religión”. El músico también da charlas en colegios de Barcelona y Lleida para desmontar falsos mitos entre las nuevas generaciones. “Decidles a vuestros padres que la imagen que tienen de África no es la correcta, que somos muchos países diferentes, con distintas lenguas y culturas; que vivimos en casas como tú, que tenemos educación como tú”, cuenta Psalmist en sus clases.

En el debate sobre la discriminación no hay un único responsable, defiende Roméo Gbaguidi. Él propone la autocrítica. “Nosotros los africanos también hemos tenido una mirada sesgada. No se puede juzgar a toda la sociedad española por una actitud xenófoba puntual. Tenemos que quitarnos la venda y empezar a acercarnos entre todos. El viejo discurso en contra del español colonizador solo nos aleja. Nos impide avanzar”. Eso sí, este mediador intercultural de Benin insiste en que integrarse no consiste en ningún caso en asimilar la cultura del país de acogida. “Integración supone que reconoces los derechos y deberes de sociedad a la que te incorporas, pero tu tienes que mantener lo tuyo de manera que pueda enriquecer a la otra parte”.

La segunda generación

Son el mejor termómetro para medir la integración. Ellos nacieron y crecieron aquí. En principio no tendrían por qué sufrir algunas de las dificultades con las que se toparon sus padres, pero a veces ocurre. Según un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) publicado en 2013, el desempleo juvenil en la UE es un 50% mayor entre hijos de inmigrantes que entre los nacionales. En España el porcentaje es el 48%. Aun así Maguette Dieng asegura que lo ha tenido más fácil que su padre porque “en la época actual la interculturalidad se ve como algo más normal y positivo”. En sus genes se mezclan reminiscencias de Dakar y Zamora y el resultado de esa fusión se expresa en sus creaciones. Maguette es diseñadora y acaba de lanzar en Barcelona su propia marca de moda, Ataya. Sudaderas y camisetas salpicadas de retales con los estampados y colores vivos que identifican al país de su familia más lejana. “Siento que represento dos mundos y culturas distintas que conviven dentro de mí. Dos culturas que viven entre sí y que no tienen por qué chocar”.

Los matrimonios mixtos entre españoles y extranjeros representan hoy el 15% del total de enlaces en nuestro país. Hace diez años apenas llegaba al 4%. El porcentaje de bebés nacidos de esta unión intercultural también se ha multiplicado por cinco, ya alcanza el 23%. Diambar, el hijo de Amath, es una de las incorporaciones más recientes. Tiene 9 meses y aún no conoce Senegal, “es demasiado pequeño para ponerle tantas vacunas. Esperaremos un poco más para llevarlo. Mi familia está deseando verlo”, cuenta el zapatero. Él está convencido, su hijo no pasará por sus mismas dificultades. “Mi hijo encontrará algo mejor. No solo porque él es menos negro que yo -sonríe-, sino porque esta nueva generación va a cambiar. Los jóvenes españoles ahora viajan, conocen otras culturas. Cuando ellos vuelvan, van a tratar mejor a los inmigrantes. Mi hijo va a tener suerte”.

Alejandra Salmerón Ntutumu y LydiaMba, promotoras de los Afrocuentos. MARÍA JOSÉ CARMONA/MARTA SAIZ

Alejandra Salmerón Ntutumu y Lydia Mba, promotoras de los Afrocuentos. MARÍA JOSÉ CARMONA/MARTA SAIZ

En el futuro está la esperanza, en esos patios de recreo donde se mezclan todos los acentos. “Hay que empezar por los niños, ellos no son intolerantes, ni racistas. Hay que acercarlos a la diversidad cultural para enriquecerlos”, defiende Alejandra Salmerón Ntutumu. Esta murciana con raíces en Guinea Ecuatorial está dispuesta a romper estereotipos y visibilizar a la comunidad afrodescendiente, que hoy forman unos 700.000 españoles. Alejandra pretende hacerlo a través del mundo editorial, donde apenas el 10% de las publicaciones infantiles que se editan son culturalmente diversas. Basta con hacer un repaso mental por los clásicos. Caperucita, Blancanieves, la Cenicienta. No, en ninguno hay un personaje negro.

“Cuando era pequeña, no me sentía representada por los cuentos tradicionales, no me identificaba con los personajes”, explica Alejandra. Su madre empezó entonces a contarle viejas historias de su país. En ellas los protagonistas eran guerreras de piel oscura, ceibas parlanchinas, viejos sabios y animales de la selva como la tortuga Etugu y el leopardo Nsé, personajes tradicionales de las fábulas del grupo étnico Fam, al que pertenecía su familia. Años más tarde, la Alejandra adulta decidiría emprender su propia cruzada para que estas historias no se perdiesen. Con su proyecto Potopoto – en el que también participa la ilustradora afrodescendiente Lydia Mba- buscan publicar su primer cuento ilustrado diverso basado en componentes multi étnicos de Guinea Ecuatorial. De momento, ya tienen escrita la historia y están buscando editorial. A la larga, el reto será crear su propia editorial de afrocuentos.

“Los afro solemos tener baja autoestima, no nos sentimos representados, nos vemos diferentes y cuando aparecen representaciones de gente negra es estereotipada. Al verlo sientes que eres menos válido que los otros”, reconoce Alejandra al tiempo que recuerda la anécdota de aquella amiga, también afrodescendiente, que quiso interpretar a Blancanieves en la obra de teatro del colegio. Le dijeron que no podía ser, que sus sueños eran incompatibles con su piel. “Al final, le ofrecieron ser la bruja mala”, cuenta resignada. Por ello esta emprendedora murciana busca ahora princesas y heroínas negras, para que todo el mundo tenga su propio papel. “Empecemos a mostrar que el mundo es más diverso y que esa diversidad nos enriquece. Mostrémoslo como algo positivo”.

Este reportaje ha sido realizado dentro del programa Periodistas de Frontera, impulsado por el Instituto Panos para el África Occidental (IPAO).