Publicado: 06.10.2015 23:44 |Actualizado: 08.10.2015 18:04

"Acoger a un refugiado en tu casa no es un acto de caridad sino de justicia"

Mariló, integrante de la red ciudadana de acogida que ha dado alojamiento a desplazados sirios en tránsito hacia Alemania, pide que las instituciones no eludan su responsabilidad

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Cartel que indica a los refugiados sirios por dónde se va a Alemania, en la localidad austriaca de Julbach. / EFE

Cartel que indica a los refugiados sirios por dónde se va a Alemania, en la localidad austriaca de Julbach. / EFE

Mariló vive en un bloque de ladrillo visto de Leganés con su hija y un perro grandón que se te enrosca como un torbellino. Fátima no era de perros, pero se acostumbró a compartir el piso con Yorgos, que no se cansa de repartir lametones. La dueña le explicó que se lo había llevado a casa después de que su propietario lo abandonase. Ella respondió con un guiño, pese a todo lo vivido, humorístico: “A mí también me habéis recogido de la calle”.

Fátima llegó a Madrid hace unas semanas procedente de Siria. No sólo huía de la guerra. “Estaba perdida y no sabía adónde acudir”, recuerda Mariló. “Si el viaje es duro en general, imagínate para una mujer”. Lo hizo sola. Empleó un par de años en llegar hasta aquí. Pasó por Melilla y Córdoba. Finalmente, recaló en la capital, donde alguien la recibió con un cartel de bienvenida. “Estuvo cuatro días conmigo, en los que aprendí cuatro años”, confiesa Mariló.

“Es la mujer más valiente que he conocido en mi vida. ¿Cómo voy a considerarlo un acto de caridad cuando ella me da mil vueltas? Lo mínimo que podemos hacer, por la dignidad que demuestran, es ofrecerles una cama”, se pregunta y responde Mariló, que rehúye el protagonismo hasta el punto de que no quiere que se publique su verdadero nombre. Tampoco quiere mostrar su cara. Como ella, hay decenas y decenas de ciudadanos que han abierto sus brazos o sus puertas.

Tampoco Fátima se llama así, pero la razón es otra. “Su caso es muy delicado, porque escapó de la guerra y de la violencia machista”. Por eso, cuando le ofrecieron alojamiento, pidió una vivienda en la que sólo vivieran mujeres. Hay una frase que retumba en los labios de Fátima: “Yo tenía las bombas dentro y fuera de casa”. El resto del relato se lo ha llevado consigo a otra casa de acogida.

No se imaginen una vivienda impersonal. Podría ser su apartamento, o el de Mariló. Una casa donde hay abuelas, padres, hijas, hermanos, un recibo de la luz sujeto a la nevera con un imán o un perro como Yorgos, que no para. “Es fundamental que se sientan personas”, insiste esta madrileña del 67, que también tiene otro hijo que ya se ha independizado. “Yo no doy para ganarme el cielo. Esta gente merece ser ayudada. Es una cuestión de justicia y sentido común”.



La odisea de los refugiados sirios parte de una guerra en Oriente Próximo, atraviesa varios países, se frena en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes de Melilla, da un salto a Málaga y Córdoba, y se dirige hacia Madrid. Fátima quiere quedarse aquí y, para ello, solicitará el asilo, pero el destino de muchos de sus compatriotas es Alemania. Para atender a esos desplazados en tránsito al margen del sistema está Mariló, aunque Mariló no está sola.

¿Cómo llegó ella hasta aquí? ¿Por qué ha alojado a un desconocido en su casa? La respuesta a la segunda pregunta es “apoyo mutuo”. Las interrogaciones de la primera están ancladas en el 15-M. “Hasta entonces no había estado politizada, pero me impliqué en la acampada en la Puerta del Sol y en la asamblea de Leganés, donde conocí a gente interesante y enriquecedora. Allí tomé conciencia de que las cosas se podían hacer de otra manera”.

Alumbrada en una asamblea popular celebrada en una plaza madrileña del barrio de Lavapiés, la red ciudadana de acogida, según ella, lo demuestra. Más de dos centenares de personas, coordinadas a través de servicios de internet y mensajería, que decidieron prestar asistencia a los refugiados que llegaban a las estaciones de Madrid con el objetivo mayoritario de continuar su travesía hacia el norte de Europa. “Entre todos y todas, buscamos una solución mientras esperábamos la respuesta de las instituciones”, afirma.

Hacen guardia en la Estación Sur de Autobuses para recoger a los refugiados, ejercen de intérpretes, prestan sus vehículos para los desplazamientos y los acogen en sus casas. Las tareas están repartidas, en función de la disponibilidad de cada uno. “Es agotador, porque tenemos un trabajo y una vida al margen de esto”, reconoce Mariló. “Por ello, exigimos que las administraciones actúen ante una emergencia que va para largo”.

Ahora, de hecho, la pelota está en el tejado del Ayuntamiento de Madrid. “Había que presionar para que los atendiesen y una forma ha sido ponerlos en manos del Samur Social y de los albergues municipales”, añade. “La idea es crear una comisión mixta de bienvenida, porque alojar a los refugiados en casas particulares es insostenible en el tiempo”, concluye esta profesora de Lengua y Literatura, quien recuerda que “teóricamente hay recursos públicos para quien se quiere quedar en España, pero no para los que están en tránsito”.

Mariló regresa al 15-M, cuando se gestó el movimiento de los indignados, el bautizo de su conciencia política. “Hubo un parón importante, pero ha quedado el poso. Si surge una emergencia como ésta, como la red ya está tejida, basta un mensaje de whatsapp para activarla de nuevo”, explica esta decidida mujer, que comenzó a estudiar Filología Hispánica por la UNED cuando ya había criado a sus hijos y, años después, logró aprobar las oposiciones a Secundaria.

Sin embargo, hay algo que no se estudia sino que se aprende. Es lo que le sucedió a Mariló, cada día más convencida de que las cosas se pueden hacer de otra manera.

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