Publicado: 28.02.2016 14:05 |Actualizado: 28.02.2016 14:05

El robo de cientos de miles de euros en un convento queda impune por prescripción

Los autores del espectacular y rentable asalto al convento zaragozano de Santa Lucía, en febrero de 2011, ya pueden disfrutar de su botín al haber prescrito el delito cinco años después de cometerlo sin que la Policía, que no obtuvo de las monjas toda la colaboración que les pidió, haya podido incriminarlos.

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Entrada del convento zaragozano de Santa Lucía

Entrada del convento zaragozano de Santa Lucía

ZARAGOZA .- Un ladrón respiró aliviado este fin de semana. Y satisfecho, se supone, por los réditos de su audacia y su paciencia: ya no puede ser perseguido por haber robado 1,2 millones de euros en billetes de 500 del convento zaragozano de Santa Lucía, un asalto que ha prescrito por haber pasado cinco años desde que lo cometió el 27 de febrero de 2011. Aunque la Policía sospecha que, en realidad, el robo tuvo dos autores: uno material y otro intelectual. “Fue un robo de encargo y fácil”, explican fuentes policiales.

Sobre las once de la mañana de ese domingo, mientras las 16 monjas de la comunidad, algunos seminaristas y unos pocos vecinos oían misa en la capilla del cenobio, un joven saltaba sus muros, forzaba tres puertas con un destornillador y abría el cajón del armario en el que le esperaba el botín. Lo introdujo en una bolsa de plástico de una marca de calzado en la que las religiosas acumulaban papel de desecho, volvió sobre sus pasos y se esfumó. Había tardado apenas quince minutos, en los que, sin dejar huellas físicas ni biológicas localizables, había ido directa y sigilosamente al lugar en el que las monjas guardaban el dinero.



El Grupo de Robos de la Jefatura Superior de Policía de Zaragoza tuvo desde el principio a dos sospechosos en el punto de mira, pero nunca logró reunir pruebas para incriminarlos.
El ladrón fue filmado por la cámara de seguridad de uno de los chalets cercanos al convento –las del cenobio no funcionaban esa mañana-, aunque no con la claridad suficiente para identificarlo. Sin embargo, su complexión casaba con la de uno de los sospechosos, un joven ratero de los alrededores de Zaragoza conocido por la Policía.

Las monjas eludieron señalar a sospechosos

Faltaba localizar al ideólogo del asalto y establecer su relación con el ladrón, aunque los investigadores no tuvieron mucha ayuda de las religiosas en esa tarea. El Juzgado de Instrucción número 10 de Zaragoza archivó las diligencias en las que investigaba el robo a los tres meses de producirse por falta de autor conocido, ya que la Policía no logró reunir pruebas que incriminaran a los sospechosos. Cinco años después, las cosas siguen igual y el delito, un robo con fuerza en las cosas, ha prescrito.

Las monjas declinaron cumplimentar la ampliación de la denuncia que el Grupo de Robos les pidió por escrito. Los agentes necesitaban algunos datos claves para la investigación. Estaba claro que el ladrón había dispuesto de una información muy precisa sobre la ubicación del dinero, sobre los horarios y costumbres del convento y, posiblemente, acerca de la cantidad que podía sustraer.

La Policía pidió por escrito a las religiosas una serie de datos. Entre otros, que señalaran a las personas que podían conocer la ubicación del dinero y/o la cantidad de la que disponían, tanto miembros de la comunidad como ajenos a ella, y que señalaran a las personas con las que el convento pudiera mantener relaciones comerciales. Estaban convencidos de que en esa lista figuraba el autor intelectual del asalto, alguien que sabía cuánto dinero guardaban y donde. Sin embargo, declinaron la propuesta.

“Esa información nos habría permitido pedir a la juez intervenir los teléfonos de los sospechosos”, recuerdan fuentes policiales. La actitud de las monjas, sobrepasadas por la dimensión mediática que había cobrado el asunto, frustró esa parte de las pesquisas. “Se desentendieron”, recuerdan las mismas fuentes.

Los agentes llegaron a interrogar a 35 trabajadores de seis empresas que en los ocho años anteriores habían tenido relación con el cenobio, aunque esa línea de investigación no aportó resultados positivos.

El curioso caso del botín menguante

La cuantía del botín, que fue menguando sobre el papel, dio lugar a un curioso fleco del caso. A las ocho de la mañana del 28 de febrero, lunes, las monjas explicaban a dos agentes de la comisaría de San José que se habían desplazado hasta la calle Maestre Racional que echaban en falta 1,2 millones de euros en metálico. Eran “los ahorros de 40 años de trabajo”, les dijeron, tal y como refleja el atestado inicial.

Al día siguiente, la priora, que compareció ante la Policía Judicial en lugar de la abadesa, que estaba indispuesta, reducía la cifra en 750.000 euros para dejarla en 450.190. Achacó la primera cuantificación a “los nervios” de su superiora tras conocer el robo.

Curiosamente, una de las primeras gestiones que tras la primera denuncia verbal llevaron a cabo las religiosas, pese a ser las víctimas del asalto, fue contratar los servicios de un prestigioso penalista zaragozano experto en delitos económicos.

La cuantía del dinero en efectivo que declaraban esfumado hizo que la Policía remitiera un informe a la Agencia Tributaria para que abriera una investigación y aclarara si las monjas habían cometido alguna infracción –o delito- fiscal por el manejo de dinero negro, ya que los billetes de 500 euros llevaban menos de una década en circulación por esas fechas.

Sí pudieron justificar ingresos por la cuantía reducida procedentes de la venta de una finca y por una extracción de unos 200.000 euros que justificaron con una supuesta advertencia de su asesor fiscal sobre la inestabilidad del sistema financiero.

Isabel Guerra, la monja pintora

El asalto puso la lupa sobre la orden cisterciense, sobre el convento zaragozano, que era en esas fechas el principal mantenedor de su red de cenobios en España, y sobre su miembro más famoso: Isabel Guerra, la monja pintora, una de las firmas de mayor cotización del hiperrealismo. Sus lienzos se venden a precios superiores a los 40.000 euros y en ocasiones llegan a rondar los 50.000, mientras que sus litografías ya se comercializaban en esa época a mil la pieza.

La monja pintora del convento zaragozano de Santa Lucía, Isabel Guerra, muestra un retrato de la expresidenta del Gobierno de Aragón, Luisa Fernanda Rudi. EFE

La monja pintora del convento zaragozano de Santa Lucía, Isabel Guerra, muestra un retrato de la expresidenta del Gobierno de Aragón, Luisa Fernanda Rudi. EFE

La web oficial de la artista expone una veintena de pinturas, seis piezas como “obras recientes”, dos decenas de dibujos y de piezas de “técnicas mixtas” y diez fotografías. No marca precios ni especifica que se trate de una página para vender cuadros, aunque sí ofrece un formulario de contacto. En marzo del año pasado expuso en una céntrica sala de exposiciones de Zaragoza 108 obras, en varias de las cuales se aleja de las técnicas ultrarrealistas.

La producción pictórica de Guerra es una de las principales fuentes de ingresos del convento, aunque su web destaca los trabajos de encuadernación y restauración de libros y los de recuperación de códices y de pergaminos que llevan a cabo sus religiosas.