Publicado: 08.03.2016 00:00 |Actualizado: 08.03.2016 17:54

DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA

Conciliar no es una cuestión de edad

Los avances en el acceso de las mujeres al trabajo y las políticas de igualdad no han venido acompañadas de medidas para compaginar la vida familiar y laboral. Tres mujeres de una misma familia de 86, 57 y 30 años cuentan a 'Público' sus dificultades y renuncias para hacer converger su desarrollo profesional y personal. 

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Pilar, Lola y Beatriz

Pilar, Lola y Beatriz

MADRID.- “Entro a la oficina a las 9 de la mañana y salgo a las 9, a las 10, a las 11 de la noche. Llego a casa a la 1 de la mañana. No sé cómo lo haré y lo veo muy complicado, pero sé que quiero tener hijos. Supongo que cuando llega el momento, sacas fuerzas de donde no creías que existían y lo haces. Me gusta mucho mi trabajo y, obviamente, quiero seguir creciendo profesionalmente, pero en ese momento imagino que te divides en dos cosas que son parte de tu vida. Siempre se lo pregunto a mi madre, ¿cómo se hace?”. Quien habla es Beatriz Bustamante (Madrid, 1985, especialista fiscal en Ericsson), que se sincera ante la mirada de dos mujeres experimentadas que ya han compaginado trabajo y maternidad. Eso sí, hace 30 y 60 años: su madre y su abuela.



“Siempre tienes que renunciar a algo. Porque si decides tener hijos, tienes que ocuparte de ellos. Yo, por ejemplo, renuncié a terminar mi carrera universitaria y a muchas cosas que me hubiesen gustado. Pero en ese momento, decidí que quería ocuparme de mis hijos”. Con voz clara y pausada, María Dolores López (Madrid, 1959) recuerda su época de crianza. Técnico de laboratorio en el Centro de Salud Carlos III desde 1977, a los 27 años tuvo a Beatriz y a los 35, a Carlos: “Son tiempos duros. Muy duros. El trabajo, los niños, la casa… La jornada es de 8 de la mañana a 11 de la noche sin parar”.

“Y sólo cobra media jornada”, apostilla la matriarca. Pilar Toledano (Pastrana, Guadalajara, 1929) también tuvo dos hijos y también trabajaba mientras los criaba. Pero gratis. “Trabajaba en el campo, en casa, para el día, para comer, para la familia. Pero cobrar, nunca. No había otra opción porque esa era la vida: casarte, tener hijos y atenderlos. Tener un hijo para mí es lo más grande. Los tuve y fui feliz. Pero vamos, no salí de casa en 54 años”.

A esa edad, empezó a trabajar de limpiadora en el Ministerio de Agricultura. “Como no tenía nada que hacer, me puse un poco nerviosa y se me iba la pelota”, recuerda. Su primer y último sueldo —ocho años después, cuando se jubiló— fue de 80.000 pesetas al mes (480 euros). Lola empezó cobrando 16.000 pesetas mensuales (96 euros) a los 18 años y ahora su salario es de 1.500 euros. Beatriz, con cinco años de experiencia laboral, cobra alrededor de 1.800 euros.

Las vidas de Pilar, Lola y Beatriz dibujan la evolución del acceso de las mujeres al mercado de trabajo y, a la vez, son una fotografía de las expectativas laborales de tres generaciones. “De joven trabajaba en el campo y en casa. Iba al campo con mis hermanos, cogía olivas, acarreaba, trillaba. Y luego en casa, la limpieza, con mi madre. Mi padre falleció a los 53 años, cuando yo tenía 14. Y la necesidad obligaba a hacer lo que salía, pero todo dentro de casa”, explica Pilar.

El trabajo doméstico no remunerado era la principal ocupación de la gran mayoría de mujeres en la España de la época de Pilar. Incluso tras la incorporación de las mujeres al mercado laboral, las tareas del hogar siguen siendo patrimonio femenino. Según la Encuesta española de uso del tiempo del INE (2010), las mujeres dedican cuatro horas y media semanales a estos trabajos y los hombres, poco más de dos. El año pasado, ellas dedicaron 205 días al hogar y la familia, frente a los 114 días de los hombres, según un reciente informe del sindicato UGT. De hecho, se calcula que medio millón de mujeres en España emplean a la atención de familiares dependientes el equivalente a una jornada laboral por un tiempo de entre cuatro y ocho años.

"Si el hombre trabaja más horas y la mujer menos, pues cuando llega la mujer a casa es la que pringa más", resume graciosa Pilar. "Pero viceversa también podría ser, ¿no?", dispara rápida Beatriz. Pilar se defiende contando que cuando le dice a su marido que coja la fregona, éste lo hace igual que ella: "Estamos igualados. Lo que no le ha ido nunca es la compra. Pero ayudar, sí". Lola, que siempre ha trabajado de ocho a tres de la tarde, explica que las tareas domésticas han recaído sobre ella porque su marido "era el que más aportaba en casa y tenía un horario indefinido, sabía cuando se iba, pero no cuando volvía". Beatriz resume: "Si comparo los dos matrimonios, veo que mi yayo ha ayudado siempre, pero mi padre trabajaba muchas horas y no le daba tiempo; al llegar tarde a casa, no tenía tiempo material para ayudar a nadie". Ayudar. Ese verbo que aún nos aleja de la igualdad; de la idea de "compartir" o "corresponsabilizarse".

Pilar, Lola y Beatriz en 1985.

Pilar, Lola y Beatriz en 1985.

Ese reparto aún desigual del trabajo doméstico y familiar en las parejas con hijos provoca que muchas mujeres decidan salir del mercado laboral. “En mi época, el acceso de las mujeres al trabajo todavía era muy limitado, recuerdo a muchas compañeras que se casaron, tuvieron a su bebé y se fueron a su casa", rememora Lola. "Quizás no estábamos tan mentalizadas de acceder al trabajo y muchas lo dejaban. Yo siempre tuve muy claro que no quería que me mantuviese un hombre, yo quería tener mi independencia y aportar algo. Nunca quise dejar de trabajar”.
 
El problema es que la sobrecarga del trabajo doméstico y de cuidados que soportan las mujeres las empuja a sacrificar sus oportunidades de promoción en pro de la familia, a interrumpir su carrera profesional con excedencias (las piden ellas en el 94% de los casos) y a reducir su jornada laboral. De hecho, la OCDE advierte de que el 75% de los contratos a tiempo parcial en España recaen en mujeres.

Pues bien, si mezclamos estas desigualdades inherentes a la cultura patriarcal y añadimos que los empleos y sectores feminizados tienden a estar peor pagados, obtenemos la receta de la brecha salarial, que este año ya alcanza el 24%, el mayor porcentaje de los últimos seis años, según UGT. Por otra parte, el paro femenino (25,4%) es superior al masculino (19,3%). España ya se ha convertido en el segundo país de la UE con mayor índice de paro femenino y su brecha salarial supera en tres puntos a la media europea. Menos sueldo y menos años cotizados también implican peores pensiones. En definitiva, más pobreza: dos de cada tres (67%) de los cerca de dos millones de trabajadores que perciben salarios iguales o por debajo del Salario Mínimo Interprofesional son mujeres.

Lola: "Beatriz no tiene horario de salida y su pareja, exactamente igual, con lo cual, cuando tengan un hijo, no sé quién se va a hacer cargo de él"

Uno de los instrumentos para corregir este escenario es la conciliación. El avance en el acceso de las mujeres al mercado laboral y en las políticas de igualdad no ha ido acompañado de medidas para compaginar la vida laboral con la familiar y para que los horarios sean más razonables. Por eso se perpetúan los patrones tradicionales en la división del trabajo doméstico y el cuidado de los hijos y por eso la conciliación sigue siendo cosa sólo de mujeres. Para lograr una verdadera corresponsabilidad, el Instituto de la Mujer señala en un informe la necesidad de que la Ley de Igualdad y el Plan Estratégico de Oportunidades incluyan mecanismos para favorecer el acceso y la permanencia de las mujeres en el trabajo y sugiere que las comunidades autónomas, a través de los programas operativos del Fondo Social Europeo que gestionan, podrían incluir programas para fomentar la participación de los hombres en la vida doméstica.

"Me parece muy difícil, hoy en día, compatibilizar la maternidad con el éxito profesional", dice Lola. Precisamente el 58% de las mujeres piensa que tener hijos es un obstáculo para la carrera profesional. "Lo veo complicado en todos los aspectos. Son unos horarios interminables. Yo siempre sabía que salía de trabajar a las 15.00 horas pero hoy en día, Beatriz no tiene horario de salida y su pareja, exactamente igual, con lo cual, cuando tengan un hijo, no sé quién se va a hacer cargo de él", expone Lola. Probablemente, lo hará otra mujer. O Lola —el 70% de las abuelas mayores de 65 años han cuidado o cuidan a sus nietos mientras sus padres y madres trabajan, según datos de la Secretaría de Estado de Igualdad— o una cuidadora contratada. "A mí no me gustaría que mis hijos estuvieran todo el día con mi madre", dice tajante Beatriz. "Porque mi madre tiene su vida y tiene que disfrutar. No quiero que mi madre cuide de mis hijos como si fuese yo porque ella ha trabajado toda su vida y tiene derecho a jubilarse y hacer lo que le apetezca. Te puede echar una mano, claro, pero no que sea ella la que cuide de mis hijos siempre".

Lola, recién nacida, con su madre y su abuela, en 1959.

"¿Pero tú crees, Beatriz, que cuando tengas un hijo te vas a implicar de esa manera en el trabajo? Van a dar las 5, las 6 de la tarde y vas a decir: no, es que yo tengo a mi niño. ¿Vas a saber cortar?", pregunta la madre. "No lo sé", responde la hija. "Me considero una persona muy responsable en mi trabajo. Y sé que detrás de mí va a haber 100 personas para ocupar mi puesto. Al principio te esfuerzas, pero luego llega un momento en el que quieres tener vida personal, salir con tus amigos, con tu pareja, tener un momento de descanso… La verdad es que lo veo difícil", responde. De hecho, ante la incompatibilidad horaria con la crianza, el 33% de las mujeres se incorpora al puesto de trabajo antes de que abra el colegio y el 59% termina su jornada después de que los centros educativos cierren sus puertas, según la Secretaría de Estado de Igualdad.

Por si las jornadas laborales no fuesen suficientemente "extensas e inflexibles" para las familias con hijos, la cobertura de centros públicos de educación infantil de cero a tres años es "limitada" —casi un 80% de familias se queda sin plaza pública— y el "gasto público sobre las familias es insuficiente para estimular la igualdad de género en los hogares españoles", afirman Pablo Gracia y Daniela Bellani en su estudio Las políticas de conciliación en España y sus efectos, editado por la Fundación Alternativas. Todo ello impacta inevitablemente sobre la natalidad: el 44% de las mujeres entre 20 y 44 años aún no ha tenido hijos. 

Beatriz: "Laboralmente hemos avanzado muchísimo, pero las mujeres aún no acceden de igual modo a puestos de responsabilidad y la conciliación existe sólo en la teoría"

Precisamente, y para empezar a articular medidas de corresponsabilidad familiar y para el cuidado de los hijos, PSOE, Podemos, Compromís y Ciudadanos se han comprometido a reformar los permisos de paternidad. Quieren que, como los de maternidad, sean "iguales, intransferibles y se paguen en su totalidad". Actualmente, las mujeres se ausentan de sus puestos de trabajo para cuidar a tiempo completo a sus hijos, al menos durante sus 16 semanas de permiso de maternidad, seguidas de las 2, 3 ó 4 semanas de permiso de lactancia. Al término de este período, y ante la falta de alternativas, muchas lo prolongan con excedencias, reducciones de jornadas o incluso con la renuncia total a su empleo. Los hombres, en cambio, tienen solamente dos semanas de permiso de paternidad.

Pilar con su marido y sus hijos, Lola y Félix, en 1964.

Pilar con su marido y sus hijos, Lola y Félix, en 1964.

Las bajas por paternidad en España son cuatro veces más breves que las de la media de los países de la OCDE, según refleja el artículo Permiso Paternal, ¿dónde están los padres?, publicado recientemente por el organismo. Dentro de Europa, Francia es el país con un permiso reconocido más amplio, de siete meses, aunque sólo lo utilizan un 4% de los padres. En los países nórdicos, cada progenitor cuenta con tres semanas de baja intransferibles y a éstas pueden sumarse otras tres, a repartir como ellos convengan. La OCDE recomienda a los países miembro que las bajas por paternidad sean moderadamente cortas, de menos de seis meses, pero que estén bien remuneradas. Además, insisten, sólo aportan ventajas: "Ayudan a reducir la desigualdad entre hombres y mujeres a nivel laboral y salarial, son beneficiosas para el desarrollo del hijo, para la situación sentimental de la pareja y también para el padre".  

¿Cómo lo ven nuestras mujeres?, ¿estamos cerca de la igualdad real? Pilar cree que no. "Igualdad nunca ha habido. La mujer, mujer. Y el hombre, hombre. También es bonito aportar, no estar pendiente sólo del marido y del hijo; pero, al tiempo, es más incómodo para criar a los niños. La mía era una vida monótona. Ellas han ganado mucho, pero también han ganado estrés porque esta vida tampoco es muy agradable". Lola coincide: "A mí me parece también bonito lo de estar en casa un poco más tranquila, que te sientas a hablar con los hijos, con tu marido, que puedas salir a pasear, con una amiga, a tomar un café. Yo eso nunca lo he podido hacer". Beatriz considera que laboralmente se ha "avanzado muchísimo", pero señala los dos talones de Aquiles de las políticas de Igualdad:  "Las mujeres aún no acceden de igual modo a puestos de responsabilidad y la conciliación existe sólo en la teoría".