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Los balcones de Madrid, el lugar de la despedida

ANA REQUENA AGUILAR

En plena provincia de Ourense están los balcones de Madrid. Sí, de Madrid. Aquí se han vertido muchas lágrimas. Como el día en que María vino a despedir a su padre, un afilador de un pueblecito cercano. El campo ya no daba para alimentar a todos los hijos y el padre emigró a la capital para ganar dinero con el que mantener a la familia. Hasta los balcones fueron sus hermanos y su madre, que lloraba mientras agitaba el pañuelo. Su padre apenas llevaba una maleta con lo justo y necesario y un sombrero que se quitó cuando a lo lejos les mandó su último saludo.

Y cientos de historias parecidas. Los balcones de Madrid no son las terrazas de una casa ni las barandillas de un mirador cualquiera, sino un enclave en medio de la Ribeira Sacra, al lado de río Sil, que divide las provincias de Orense y Lugo. Este era el lugar donde las familias venían a despedir a los que emigraban a Madrid. De ahí su nombre, los balcones de Madrid.

La vida en los pueblos de por aquí no era fácil. La gente vivía de su huerta, unos castaños por aquí, un poco de miel por allá y las vacas. Y una vaca no la tenía cualquiera, además había que darlas de comer. Los inviernos eran duros y fríos. Con esas condiciones, conseguir que cuatro o cinco pimientos salieran adelante ya era un logro. Así que, como casi siempre sucede, emigrar no era una opción sino una necesidad. La mayoría de las veces, Madrid era el lugar elegido, la lejana capital, pero no siempre. Daba igual, "se va para Madrid" era la frase.

Los que emigraban eran sobre todo barquilleros y afiladores, esos que luego vendían los barquillos en el Retiro y los que se paseaban en bicicleta por los barrios avisando con su musiquilla de que ya estaban allí. Los barquilleros procedían sobre todo de Parada do Sil, el pueblo que tiene al lado los balcones. En medio del pueblo, una estatua recuerda la figura del barquillero, con un niño al lado. Los afiladores venían de Nogueira de Ramuín, al otro lado de Parada do Sil. Entre ellos inventaron el barallete, un idioma para entenderse entre ellos y que nadie más supiera lo que decían cuando salían fuerade Galicia.

Unas barandillas de madera a un lado y unos pequeños muros de piedra al otro señalizan ahora el lugar exacto de las despedidas. Abajo, el Sil. Enfrente, las montañas que ya pertenecen a Lugo. La pendiente es pronunciada y escarpada, pero por aquí bajaban los que se marchaban con sus maletas. Había pequeños senderos entre las rocas y la vegetación para facilitarles el descenso. Después, en el río, cogían el barco que les cruzaba hasta la otra orilla. Allí ya subían hasta el lugar donde tomaban el tren rumbo a su destino.

En las dos pendientes hay monasterios. Me dicen que los monjes elegían este lugar para construir sus ermitas porque lo consideraban un lugar con una energía especial. Sabían lo que hacían, este es un enclave que impresiona y que transmite una paz asombrosa.

Más tarde, en la estación de tren observo las despedidas de ahora. Dos chicas adolescentes esperan en el andén. Cuando anuncian su tren, una de ellas rompe a llorar y se abrazan. Sólo ella sube al tren y lo hace triste y casi sin querer mirar por la ventanilla. Unos ancianos se despiden de sus hijos, que les insisten en que tengan cuidado. Ellos se van ayudando, poco a poco, uno al otro a subir al tren y colocar sus maletas.

Una mujer se abraza a los que parecen ser sus hijos. Lo hace con pena, pero intentando aparentar normalidad. Cuando la máquina se pone en marcha y ella ya no puede tirar más besos y mover más la mano para decir adiós a sus hijos, mira a la mujer con quien comparte asiento: "Qué le vamos a hacer", dice llorosa. Escucho como le cuenta que los niños se quedan con sus padres, que ella va a volver siempre que pueda. "Me ha salido trabajo en Madrid, no me lo esperaba, pero no puedo decir que no", cuenta sonándose los mocos. Ya no son los balcones de Madrid, pero algunas cosas no cambian tanto.

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