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La desolación, la miseria y el terror continúan en pie de guerra en Irak

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Cinco años después del inicio de la guerra de Irak, los pocos españoles que prestan ayuda humanitaria sobre el terreno en este país retratan una triste situación: los hospitales son "depósitos" de enfermos, el suministro eléctrico y de agua falta durante días, y el miedo y el terror atenazan a la población civil.

Prácticamente todas las ONG españolas abandonaron por motivos de seguridad el territorio iraquí tras el estallido del conflicto bélico, que el próximo miércoles cumple su quinto aniversario.

Ahora permanecen en Bagdad, el misionero Manuel Hernández -quien recibe apoyo de Manos Unidas y de su orden religiosa, los carmelitas, Mensajeros de la Paz -cuyo presidente, Angel García, viaja allí con frecuencia y mantiene a personal en la zona-, y Movimiento por la Paz, que trabaja en los campos de refugiados iraquíes en Jordania.

El coordinador para Oriente Medio de Mensajeros de la Paz, Guadix Zahabi, explicó a Efe que la situación ha mejorado "un poco" en cuanto a seguridad: antes estallaban cinco coches bomba al día y en estos momentos son cuatro al mes.

En los hospitales, los fármacos y materiales básicos no llegan a su destino y muchos médicos han huido a países vecinos, coinciden en afirmar Zahabi y el misionero carmelita Padre Manuel, quien describe estos centros como auténticos "depósitos de enfermos".

El culpable de todo ello es la enorme corrupción en el país, que tampoco permite que la ayuda de la comunidad internacional alcance al sistema educativo.

La precariedad se agrava aún más debido a que el 70 por ciento de la población en edad de trabajar "sufre un paro agudo, lo que hace que muchos se enrolen en las fuerzas de seguridad", asegura Zahabi.

Como un péndulo, la situación oscila entre ligeras mejoras y el empeoramiento, sin que la paz o la estabilidad logre instalarse.

El Padre Manuel, de 67 años, que ha regresado a España para operar en el Hospital de La Paz de Madrid a una niña iraquí, ha vivido 18 meses encerrado en su hogar carmelita de Bagdad por temor a un ataque, que cada vez son más frecuentes contra los cristianos.

Pese al ahogo que ha sentido en ese tiempo y que ha repercutido en su salud, el religioso tiene intención de retornar esta semana a la capital iraquí "por solidaridad hacia la gente que está allí".

A veces, añade, "escuchas los gritos de lamento de los vecinos por la pérdida de un familiar o de un amigo, es un dolor tremendo en un mundo loco, de tragedia" y, de hecho, no hay nadie que no haya vivido una muerte cerca.

A juicio del único misionero español que queda allí, los avances en Irak son imposibles, porque no hay paz ni libertad.

Hernández, con ayuda de su orden religiosa y de Manos Unidas, ejecuta programas de rehabilitación física y psicológica a víctimas del terrorismo, apoya a familias perseguidas por el simple hecho de profesar el cristianismo y a niños.

El uso del uranio empobrecido durante la guerra ha hecho que los tumores y las malformaciones congénitas estén mucho más presentes en los niños iraquíes que en la infancia de otros países vecinos (un 500 por ciento más), explica una portavoz de Mensajeros de la Paz.

En 2004, el personal de Movimiento por la Paz (MPDL) se retiró de Irak por motivos de seguridad, y en estos momentos sus cooperantes se concentran en los campamentos de refugiados iraquíes en Jordania.

Según ACNUR, hay dos millones de refugiados iraquíes. En Jordania viven 750.000; en Siria 1,2 millones; en Egipto entre 20.000 y 80.000 y en Líbano 50.000; los desplazados internos suman 1,6 millones.