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El fotógrafo Mahmud Kalar revive la revolución Islámica Iraní

EFE

Al principio, quizá nadie era consciente de la dimensión de la revolución. "El único objetivo de las distintas corrientes era acabar con el gobierno", rememora con parsimonia Mahmud Kalari, considerado el mejor fotógrafo de Irán.

Nacido en Teherán en 1951, Kalari atesora también un enorme prestigio en la arena internacional, tanto como fotógrafo de la agencia estadounidense Sigma, para quien documentó la revolución, como en su vertiente de director de fotografía.

En cine, su huella está en la práctica totalidad de las mejores películas iraníes de los últimos treinta años y ha trabajado con la mayoría de los grandes directores, en especial con el afamado Abbas Kiarostami.

"La revolución me pilló recién regresado de Estados Unidos, con 27 años, un título de fotografía y buscando mi primer trabajo", relata Kalari a Efe.

"Cuando los estudiantes asaltaron la embajada estadounidense (en noviembre de 1978) Sigma me contrató. Yo no sabía nada de foto-periodismo. Me guiaba por la intuición. Era uno mas de los miles de iraníes, pero con una cámara", explica en una mesa del complejo cultural Cineplex, en el norte de Teherán.

Al fondo, una retrospectiva de su trabajo durante aquellos turbulentos años, titulada "Enghelab Ave" (Avenida Revolución), muestra una visión novedosa del complejo alzamiento popular contra la tiranía del último Sha de Persia, Mohamad Reza Pahlevi.

"Toda revolución comienza de manera lenta pero progresiva. Al principio, el único objetivo de las distintas ideologías era derrocar al gobierno", reflexiona Kalari.

"Trabajaban desde mucho antes. Unos buscaban la justicia social, otros pensaban más en la corrupción. Algunos pedían la independencia y los intelectuales, por ejemplo, lo único que deseaban era libertad de opinión", agrega.

El alzamiento contra el Sha estalló en 1978 y fue después metódicamente capitalizado por el gran ayatolá Rujolá Jomeini, quien lo dotó de un barniz religioso y lo transformó en un movimiento islámico que revitalizaría el Islam, cambiaría Oriente Medio y sacudiría el tablero político internacional.

"Treinta años después, cuando uno reflexiona, ve que la revolución tuvo diversas vertientes: una violenta, otra mucho más romántica, otra más religiosa, otra relativa a la pobreza", explica.

"En este último trabajo, he querido mostrar todos esos aspectos. Como empezó de forma pacífica. Como se formó el liderazgo. La destrucción de los símbolos del pasado. Los distintos grupos e ideas. El inicio de la osadía. La desbandada del Ejército. La huida del Sha. El regreso de Jomeini. El inicio de la violencia", añade.

Las raíces de la oposición nacional a la monarquía autoritaria de Mohamad Reza Pahlevi se hunden en 1963, año en que el soberano puso en marcha una "revolución blanca".

Destinada en principio a modernizar el país, incluyo polémicas medidas como una reforma agraria que recortaba los derechos de la aristocracia latifundista y privaba a los clérigos de una importante fuente de ingresos.

Al frente de la oposición religiosa se colocó el ayatolá Jomeini, quien fue arrestado en junio de ese mismo año y enviado al exilio, primero en la ciudad santa iraquí de Nayaf y después en París, desde donde regresaría a Irán en olor de multitudes el 1 de febrero de 1979.

"La revolución la cohesionó el hecho religioso. Ninguno de los otros grupos -nacionalistas, comunistas- tenía capacidad de movilización suficiente como para hacer la revolución", asegura Kalari.

"Fue el liderazgo religioso el que pudo canalizar todas las oposiciones. Recuerdo que las primeras manifestaciones multitudinarias coincidieron con festividades religiosas y en ellas participaron todos los grupos", asevera.

Profesionalmente, la revolución marcó al joven Kolari, quien según sus palabras descubrió el poder del retrato.

"Mi primera exposición en Irán, antes de la revolución, trataba sobre la soledad del hombre. Pero a lo largo de estos últimos 25 años, jamás he sacado una foto que no tenga personas. Un paisaje o una naturaleza muerta. No me interesa", afirma.

Considerado el mejor fotógrafo y el mejor director de fotografía del afamado y premiado cine iraní, Kolari hace gala de una enorme modestia.

Sus fotos de la revolución, alabadas por escritores y periodistas de la talla de Ryszard Kapuscinsky, pintan un sobrecogedor realismo que el autor atribuye a la inexperiencia.

"Sabía que no podía dejarme impresionar. Que el foto-periodismo demanda distancia. Pero estaba sobrecogido, impresionado, como el resto de la gente. Por eso estoy seguro de que perdí muchas cosas", admite.

"Salía a la calle y sacaba fotos. No era consciente de la dimensión de aquello. Quizá en realidad nadie lo era", apostilla.

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