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El jorobado de Cuenca

Hallado en el yacimiento de Las Hoyas un dinosaurio carnívoro y chepudo con rasgos de haber tenido protoplumas

MANUEL ANSEDE

Hubo un tiempo en el que el paisaje de lo que hoy es Cuenca no estaba dominado por las Casas Colgadas, sino por un dinosaurio chepudo que atacaba sin piedad a las crías que se descolgaban de los rebaños de iguanodones, unos saurios herbívoros de aspecto temible pero posiblemente bonachones como una vaca lechera.

En aquella era, durante el Cretácico Inferior, hace unos 125 millones de años, Cuenca era una zona pantanosa a 40 kilómetros del mar de Tetis, padre del Mediterráneo, y al sur de Despeñaperros sólo había agua. En ese ambiente hostil, Concavenator corcovatus (literalmente, en latín, 'el cazador de Cuenca jorobado') era el rey.

Un equipo de investigadores españoles presenta hoy en la revista Nature los primeros restos de aquella especie, hallados en 2003 en el yacimiento de Las Hoyas y sometidos a un laborioso análisis hasta ahora.

El Quasimodo manchego no es un saurio más, de los que aparecen todos los días en los medios de comunicación. El cazador de Cuenca tenía joroba, un rasgo nunca observado en un dinosaurio. Y, lo que es más importante, su esqueleto, perfectamente conservado, sugiere que en sus antebrazos se insertaban unas estructuras que podrían ser ancestros de las plumas. Esta sorpresa es, en el pequeño mundo de la ciencia de los dinosaurios, una revolución.

'En muchas aves actuales, la ulna, uno de los huesos del antebrazo [equivalente al cúbito humano], presenta unos bultitos en los que se insertan las plumas de mayor tamaño de las alas. Y Concavenator también tiene estos bultos. Si estuviéramos ante el esqueleto de una gallina, diríamos que son plumas. Pero en teoría este dinosaurio era demasiado primitivo para tener plumas, por eso no podemos afirmarlo con certeza', explica uno de los autores del estudio, Francisco Ortega, profesor de Biología en la UNED.

La existencia de dinosaurios emplumados no es una novedad. Desde 2007 se sabe que los velocirraptores no se parecían mucho a cómo los pintó Steven Spielberg en Parque Jurásico. Tenían plumas de colores. Pero lo sorprendente en este caso, como detalla Ortega, es que el cazador de Cuenca, con una longitud de unos seis metros, tenía un tamaño cuatro veces mayor que el del velocirraptor y era un pariente de las aves tan lejano que no se esperaba que tuviera plumas. Pero todo apunta a que las tenía, por lo menos cinco cañones primitivos en cada antebrazo.

Para el paleontólogo Patricio Domínguez, de la Universidad Complutense de Madrid, 'no sería una sorpresa'. Domínguez, ajeno a este estudio, publicó un estudio en 2004, también en Nature, que aseguraba que el Archaeopteryx, del tamaño de una paloma, emplumado y con dientes, fue el primer dinosaurio en levantar el vuelo. 'No me soprende nada que dinosaurios alejados de los antecesores directos de las aves tuvieran plumas', asegura. Los psitacosaurios, primos de los triceratops y en la rama opuesta de los dinosaurios que dieron lugar a las aves, ya presentaban unas plumas sin barbas en la cola, aclara el paleontólogo.

La cuestión ahora es para qué quería el cazador de Cuenca una chepa y unas protoplumas. Ninguna de las dos dudas se ha disipado. 'La joroba pudo ser una reserva de grasa, similar a la de los actuales cebúes [una subespecie de vaca con jiba típica de los países asiáticos]', plantea Ortega. El problema es que, en los mamíferos jorobados que se conocen, como el camello y el cebú, las chepas no están sostenidas con huesos. Sin embargo, las dos últimas vértebras en la zona de las caderas del Concavenator proyectan sus espinas neurales, de unos 50 centímetros, sobre la espalda del animal. Es como una aleta de tiburón huesuda.

'Otra opción es que sirviera para comunicar algo, como las cornamentas de los ciervos o los colores de las plumas de las aves', señala Ortega. No obstante, el biólogo de la UNED prefiere el símil del cebú. 'La zona de lo que hoy es Cuenca alternaba épocas de lluvias con etapas de carestía. Un animal de este tamaño necesitaría reservas de grasa en la época de la puesta de huevos y, al fin y al cabo, no es una estrategia tan rara. Los cocodrilos tienen reservas de grasa a ambos lados de la cola', añade.

El gran enigma ahora es la función de las protoplumas. Concavenator se paseaba por lo que hoy es Cuenca rodeado de aves primitivas, como Iberomesornis, una especie del tamaño de un gorrión descubierta en el mismo yacimiento de Las Hoyas. Pero en aquella época, el cazador era un fósil viviente, como hoy lo sería el esturión. Ya había animales emplumados en el Cretácico Inferior, pero Concavenator era una reliquia del pasado. En sus antebrazos podría estar el secreto del nacimiento de las plumas.

'La gran pregunta es: ¿para qué servían?', opina el catedrático de Paleontología José Luis Sanz, de la Universidad Autónoma de Madrid, coautor del estudio. Los científicos barajan tres opciones. Las plumas pudieron surgir para la termorregulación, para calentar a un animal de sangre fría. O para volar sobre los depredadores. O, sencillamente, para comunicarse y exhibirse, como hace con su cola el pavo real.

Viendo la recreación artística del Concavenator que han presentado los autores a Nature, quedan pocas dudas. 'Los primeros dinosaurios con plumas, como los velocirraptores, tenían todo el cuerpo cubierto con estos pelitos. Y no podían volar. Y, obviamente, el Concavenator volaba peor que yo', bromea Sanz. 'Esto refuta la hipótesis del vuelo. Y, claramente, las estructuras del dinosaurio de Cuenca no servían para la termorregulación. Sólo nos queda una explicación, la exhibición, pero es totalmente especulativa', apunta.

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