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Os gemeos, aliados de Keith Haring

Otavio y Gustavo concluyen su primer trabajo en Manhattan, un mural que será expuesto hasta el próximo 31 de marzo de 2010

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Los hermanos gemelos Otavio y Gustavo Pandolfo, Os Gemeos, acaban de terminar su primer trabajo en Manhattan; un mural profuso en colores e imágenes con el que han hermanado su arte urbano al de Keith Haring. De hecho, su obra está en la misma pared rota de la esquina de Houston con Bowery en la que el desaparecido artista norteamericano hizo uno de sus famosos murales y, de hecho también, el mural cuenta con un convoy de metro que recuerda el que fue el gran taller callejero de Haring, el metropolitano de Nueva York.

Ninguno de esos detalles parece gratuito, pues el mural de los hermanos brasileños continúa el trabajo de Haring, uno de los grandes graffiteros de Nueva York, muerto a principios de 1990 cuando el SIDA era una enfermedad inevitablemente mortal.

El mural de Os Gemeos, que estará expuesto hasta el 31 de marzo de 2010, se sitúa justo en ese lugar donde nace el Soho y devuelve al barrio parte de la originalidad que tuvo en la época de Haring, cuando muchos artistas contemporáneos, de escasos recursos y un talento por descubrir, se asentaron allí. Ahora las tiendas de diseño, las top models y las galerías de arte más comerciales los han desplazado.

Jasmine Levett, de la galería de arte Deitch Projets, que comisionó el mural, comentó a Público que la elección de Os Gemeos fue 'algo natural dado su trabajo artístico y el deseo que existía por verlo en Nueva York.'

Para Roberta Smith, crítica de arte del New York Times, con esta obra, los artistas brasileños llevan el graffiti a su momento Rococó, ya que se trata de un 'mural épico' y 'espumoso', cargado de 'fantasía' y que refleja 'el sueño de la felicidad con un acorde de melancolía'.

En efecto, el mural es épico no sólo por la narración, también por sus dimensiones: cinco metros de altura por quince y medio de largo; un espacio suficiente para que Os Gemeos se emborrachen de colores en su esquina derecha, en lo que bien podría ser la carpa de un circo o un arco iris redondo sobre tierra firme. Un lugar donde existe el tiempo, marcado por unos relojes con corazón de péndulo, y junto al que ha atracado un barco de cajones de madera con rostros expectantes ante lo que irán a guardar o a conocer.

El barco está a punto de zarpar hacia un mar sobrevolado por el metro de Nueva York, -ese metro en el que Haring hacía sus dibujos que tan familiares se hicieron para los viajeros de la ciudad- y por el que unos extraños seres humanos nadan, bucean y vuelan a lomos de ballenas, unos con sus sueños; otros quizá con sus demonios.

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