Público
Público

La prisión de los intelectuales

El Reformatorio de Adultos de Alicante recluyó tras la Guerra a decenas de artistas y creadores. El dibujante Bluff fue acusado de satanismo y fusilado

Publicidad
Media: 0
Votos: 0

La mezquindad que acompañó a la Guerra había llegado para quedarse. Terminado el enfrentamiento, Franco se afanó en humillar a los vencidos. Su paz se tradujo en prisión para los republicanos, definidos como 'delincuentes peligrosos' e 'individuos irrecuperables para la sociedad'. La represión consistió en el sometimiento y la explotación. Endeudados, sin bienes ni esperanza, la mayoría de los cautivos acabaron fusilados, enfermos o muertos de hambre. De la amnistía, se pasó al concepto de perdón y del sistema penal, al caos burocrático, la desidia y la venganza.

En el régimen penitenciario de la posguerra, donde los castillos, cuarteles, conventos y campos de fútbol eran prisiones, también hubo espacio para los jornaleros de la cultura popular. Franco frenó en seco el desarrollo de toda vanguardia artística e intelectual en España, y decenas de investigadores, arquitectos, fotógrafos, artistas plásticos, dibujantes y escritores supuestamente subversivos fueron encarcelados.

Bluff fue acusado de hacer «propaganda roja» desde la prisión

El edificio del Reformatorio de Adultos de Alicante, actual sede del Palacio de Justicia, se convirtió en el correccional español de la cultura. Al término de la Guerra Civil, fueron recluidos allí medio centenar de artistas, procedentes de varias ciudades.

Muchos habían sido capturados en el puerto de Alicante, cuando trataban de exiliarse a Argelia. Aunque intentaron aprovechar su estancia para desarrollar su talento creativo, algunos de los artistas fallecieron en prisión a causa de las enfermedades y el hambre, como en los casos del pintor Vicente Albarranch y del poeta Miguel Hernández, que murió en 1942 en el sanatorio.

En las cárceles, el hacinamiento era insostenible y las condiciones de higiene, alimentación y seguridad simplemente no existían. Los datos son incuestionables: 140.000 personas fueron ejecutadas o murieron en cautiverio.

Las cárceles franquistas tenían 'la disciplina de un cuartel, la seriedad de un banco y la caridad de un convento', recuerda el historiador Gómez Bravo, autor de El exilio interior (Taurus). En este libro, el autor ha recuperado la historia de Carlos Gómez, alias Bluff, un dibujante valenciano que gozó de fama durante la República como ensayista y humorista gráfico. Atacaba a curas, militares, ricos y fascistas. Tras la guerra, Bluff fue encarcelado como medida de prevención, ya que había colaborado en la Correspondencia de Valencia, La Traca y Adelante, en las que caricaturizó a Franco 'como una figura mofletuda y un tocado hecho con plátanos', apunta Gómez Bravo. Bluff fue uno de estos artistas borrados de la historia, condenados a muerte por la dictadura.

El trabajo era el elemento penal más destacado del régimen y, bajo la mano de Acción Católica, el sistema creó un programa de reeducación. Consistía en aceptar la doctrina de la Iglesia para 'purificar' el alma del condenado. 'Siendo norma del Nuevo Estado inculcar a la población reclusa la disciplina y con ella el amor a una España Grande y Libre, es de gran trascendencia conocer y estar en antecedentes de aquellos individuos que pudieran calificarse de peligro social por sus recalcitrantes ideas de odio a la España Nacional', decía la Orden del Ministerio de Justicia del 11 de marzo de 1940. Al final, se añadía: 'Estos reclusos serán aislados para evitar que puedan contaminar a sus compañeros de encierro, fomentando así la indisciplina del establecimiento y por ende de la sociedad misma'.

En la cárcel no podía haber ningún tipo de actividad subversiva. Bluff fue acusado de hacer propaganda comunista en las ilustraciones de la revista Redención, editada por la Dirección General de Prisiones, con la que colaboraba de forma obligatoria desde su celda. La revista había aumentado sospechosamente el número de suscriptores, 'especialmente en la zona levantina, donde pasó de 500 a 1.000 en un solo mes', explica Gómez Bravo. Un infiltrado entre los presos denunció que los reclusos se enviaban mensajes cifrados, por medio de dibujos y viñetas.

El único crimen de Bluff fue dibujar una ilustración en la que una mano con los cinco dedos bien visibles fue interpretada como una estrella comunista de cinco puntos. Los falangistas lo señalaron como autor satánico. En realidad, el objetivo de Bluff, creador de la historieta Don Canuto, ciudadano peso bruto, era subir la moral de los presos. Pero los servicios secretos interpretaron el significado de sus historias como 'un vendaval de la revolución roja que llegará a la guillotina a las derechas'.

La sentencia dictada por el consejo de guerra le condenó a muerte 'por rebelión' y lo calificaba de haber engañado a España. Bluff murió fusilado en el campo de tiro de Paterna en junio de 1940.

1.La miseria y el hambre

La escasez y el estraperlo marcaban el día a día de los reclusos. 'Se creó una situación constante de abuso y desfalco', apunta el autor Gómez Bravo.

2.Una disciplina feroz

Los carceleros usaron hasta grilletes. Por fingir enfermedad, se estipulaba dos meses de celda de castigo. Y por hablar mal del régimen, se podía suspender la redención durante tres meses y se destinaba al preso a 'servicios mecánicos'. Por ser 'invertido', un mes en aislamiento.

3.Fugas y suicidios

Los médicos diagnosticaban 'locura repentina' y 'enfermedad incurable', pero la realidad era otra. El suicidio fue una opción muy meditada durante los 40, 'evidenciando un rechazo a aquel panorama desolador'. Las fugas también se multiplicaron, 'casi siempre por falta de vigilancia. El problema era qué hacer tras la huida', explica Gómez Bravo.