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Travolta baila en pelotas en medio de Tarragona

Oculto entre las montañas de la Conca de Barberà está El Fonoll. Sólo se puede llegar en coche y con mucho cuidado

ÓSCAR ABOU-KASSEM

Comparto casa con Jorge y Sonia, una pareja de jóvenes de Barcelona. Pronto descubro que el naturismo no es muy amigo del confort. La vivienda carece de agua potable. No tiene cortinas ni persianas. Aquí no se esconde nada. Hay que desnudarse. Es como entrar en una piscina con agua fría: al principio cuesta, luego te acostumbras y ya te has olvidado... a ratos.

Oculto entre las montañas de la Conca de Barberà está El Fonoll. Es pequeño, sale en pocos mapas y en ningún satélite. Sólo se puede llegar en coche y con mucho cuidado. El mareo es lo de menos comparado con el vértigo. En el camino se cruza un conductor sin camiseta. Espero que la tapicería no sea de cuero.

El dueño de todo esto es Emili Vives. Me da la mano, está desnudo.

En nombre del descanso y el respeto por la naturaleza se acumulan una retahíla de normas. ¿Fumar? En la casa o en el coche. Más, en pareja mejor que en solitario. Como si esto fuera una reserva animal. Los hombres solos sólo pueden ser o voyeurs o zorros que rondan el gallinero.

Una de las excepciones es Julio, el jubilado que se quedó viudo hace seis años y desde entonces es bien recibido en El Fonoll. Sentado en el comedor cuenta cómo viaja cada fin de semana, si el tiempo lo permite, desde Palamós. Al sentarme descubro con horror que me he dejado la toalla en la maleta.

La cena se sirve puntual a las 9. El régimen de horarios se parece más al de un campamento militar que al de un lugar de vacaciones. La alimentación es vegetariana. Sólo se tolera algo de atún y sardinas. Emili prefiere el vino al agua. ¿La carne? "Aquí sólo comemos mujeres, pero no nos las tragamos", dice porrón en mano. Todo se recicla en El Fonoll.

Jorge intenta convencerme de las bondades del desnudo. Dice que aquí se fomenta un factor igualitario que acaba con las diferencias sociales. La verdad es que no me imagino en la negociación del pacto social todos en pelotas.

Emili es el dueño y el jefe absoluto. Decide todo, cuándo acaba la cena y cuándo empieza el baile, en la discoteca de El Fonoll, un salón con vistas al campo, cómo no. Hay campo por todas partes.

La noche no podía arrancar más triunfal: un trenecito naturista con 12 naturistas moviéndose al ritmo del cha-ca-chá del tren. Nunca imaginé vivir para ver esto. Algunos bailan y otros sólo miran. Emili ejerce de Dj y atiende alguna petición. Se mueve a lo Travolta mientras grita: "Esto me provoca reminiscencias textiles". El viudo alegre es el más bailongo. Las lentas terminan por llegar... Me aparto, no me veo arrimando cebolleta. Para terminar, Emili imita a un primate bailando como los gorilas bajo las indicaciones de Melody. No puede ser, un macho alfa en vivo y en directo.

El baile acaba puntual a las 23.30. En media hora se corta la luz en todo el pueblo y yo me acuerdo de Espinete: todo el día en pelotas y con el pijama para ir a la cama.

Silencio total. Ni grillos hay. Una ofensiva de pulgas arruina el sueño. El asesino silencioso decora mi nuevo traje oficial con ocho picotazos. En el desayuno, sin café disponible, me intereso por la depilación a la que se someten casi todos. Pensaba que era por higiene y resulta que es por gusto personal. Claramente desentono.

En el pueblo predomina la actividad deportiva. Demasiada vergüenza como para probar la piscina con propiedades menguantes. La mayoría de los 70 visitantes van desnudos. Apenas hay veinteañeros. Los caballos dejan su aroma en las cuatro calles del pueblo.

Siguiendo el horario militar llega el ritual de la paella, cómo no, vegetariana. Todos colaboran en su elaboración pero el que la supervisa y sirve es Emili. El discurso general entre los comensales es parecido. Están hartos de que les llamen raros.

Si llego a quedarme un día más habría disfrutado del concurso de karaoke y la actuación de Joan, un imitador de Elvis que solo canta con la chaqueta y el tupé.

 

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