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Valdecaballeros duda de si valió la pena ser antinuclear

El pueblo pide un reconocimiento por paralizar la central y "sacrificarse por el bien común"

ÁNGEL MUNÁRRIZ

Valdecaballeros (Badajoz) evoca su pasado reciente con una mezcla equilibrada de orgullo y decepción. "Antes había mucho negocio. Pero ahora está muerto. Yo emigré cuando cerró la central, como la mitad de mi quinta. Todo ha bajado un 90%", cuenta Julio Sánchez, que regenta el bar de la piscina municipal. El pueblo, con una población menguante que apenas supera el millar de personas, ha perdido la prosperidad de los años en que 5.000 trabajadores armaban una central nuclear que nunca llegó a funcionar. "La paramos, y bien parada que está. Era mucho riesgo", afirma orgulloso Antonio, un jubilado de 74 años.

En su reciente autobiografía, Rompiendo cristales, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, presidente extremeño de 1983 a 2007, explica por qué situó la oposición a esta central en el eje de su acción política. Dos poderes habían empleado tradicionalmente a su tierra como estercolero: el político, centralizado en Madrid, y el empresarial. Decir no a la central, motivos medioambientales aparte, era demostrar al extremeño que el poder político regional podía darle a ambos un portazo. Era llenar de contenido la balbuciente democracia descentralizada. "El día en que se abra, abandonaré la presidencia", fue el órdago que Ibarra le tiró a Felipe González.

La moratoria nuclear de 1984, que también afectó a Lemóniz y Trillo, fue el principio del fin del segundo proyecto nuclear en Extremadura, tras Almaraz. Chernóbil le dio la puntilla en 1986. A primeros de la década de 1990, se desestimó de forma definitiva y empezó el largo desmantelamiento, mientras Valdecaballeros, conforme pasaban los años, se preguntaba si había sido sensato dar plantón a un Mr. Marshall energético que prometía ahogar en billetes verdes el pasado doliente de este rincón de la olvidada comarca de la Siberia extremeña.

José García encarna una historia de prosperidad ligada a la central. Llegó en 1982 para incorporarse a unas obras iniciadas a mediados de la década de 1970 y trabajó hasta 1997, ya avanzado el desmantelamiento.

Jubilado en 1999, adquirió la casa que la empresa le proporcionó en la urbanización Los Encinares, uno de los poblados levantados para la mano de obra. "El primer reactor estaba al 80%. Quedaba poco. Fue una lástima", afirma José mientras observa las ruinas de la central, convertidas en monumental metáfora de lo inútil. Y también de lo caro. Las indemnizaciones a la propiedad (Sevillana de Electricidad, luego Iberdrola) han superado los 2.500 millones de euros, según respuesta parlamentaria de abril de 2006.

"Nosotros no hemos recibido nada. Hay una deuda histórica de 10.000 millones de pesetas [60 millones de euros] en impuestos indirectos. Una subestación eléctrica aún funciona en situación ilegal, sin pagar. Al cerrar, mucha gente fue a la ruina. Y no somos capaces de retener a los jóvenes", resume el alcalde, David Baños (PP), que intenta ahora arrancar al Ministerio de Industria el alquiler de 400 hectáreas de la central para dos termosolares. El PSOE local rema en la misma dirección. "Nos han abandonado", lamenta su portavoz, José Antonio García, que se opuso en su día a la central, pero demanda ahora al poder regional "recursos para un desarrollo económico más gradual".

La sensación de agravio es patente. El anterior alcalde, el socialista Miguel Ángel García, envió a Ibarra un acuerdo plenario en tono casi desesperado. "Valdecaballeros se sacrificó por el bien común", decía el texto, donde detallaba un variopinto catálogo de posibles proyectos que nunca han llegado: un polígono industrial, energías renovables, una playa dulce, una potabilizadora, una depuradora de agua, una residencia de ancianos...

"Está claro que hubo sacrificios", admite Pablo Ramos, coordinador de Ecologistas de Extremadura. "Pero siempre engañan con el tema del empleo. Al principio, son muchos; luego, recortan. Como en Almaraz. Y el riesgo está ahí. Estas cosas dan, pero también quitan", añade. Hubiera quitado mucho a regantes, a agricultores, a ganaderos, al turismo...

¿Es posible trazar un paralelismo entre Valdecaballeros y la comarca de Tierra de Barros, donde el Grupo Gallardo pretende hoy construir una refinería? "Entonces hubo una movilización social que llegó a los partidos. Con la refinería hay un partido, el PSOE, al frente del proyecto", contesta Ramos.

Será complicado que el brío económico de la década de 1980 regrese algún día a Valdecaballeros. Pero habría muchos imposibles si la central funcionase. Por ejemplo, José Antonio, vigilante de la Consejería de Medio Ambiente, no podría observar, apoyado en su todoterreno, la presa construida junto a la central a la espera de que asome una nutria. "Si le echas paciencia, las ves", asegura.