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Animalario se queda a oscuras

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La compañía Animalario ha abandonado el tono social y político de sus últimos montajes para adentrarse en la zona frágil de los sentimientos y las emociones. Penumbra, escrita por Juan Mayorga y Juan Cavestany estrenada esta semana en Las Naves del Matadero de Madrid, es un viaje onírico al mundo de los miedos y las frustraciones de la vida adulta contado a través de los personajes de unos padres (Natalie Poza y Alberto San Juan), su hijo pequeño (una marioneta creada por Román y Cía. que mueve y da voz Luis Bermejo), y una presencia etérea y en-soñadora que hilvana el relato (Guillermo Toledo).

Los actores, quizá limitados por el texto, no consiguen exprimir todo el jugo

Entre todos forman un cuadro familiar extraño, con reminiscencias al universo de Harold Pinter, que desasosiega al espectador. La familia acaba de llegar a la casa de la playa pero desde el principio nada es todo lo real que parece. Sin embargo, la historia no cuaja.

El lenguaje poético que proponen Mayorga y Cavestany se pierde en monólogos de los actores sin apenas ligazón. Sólo un par de escenas de intimidad entre los personajes de Poza y Toledo consiguen darle cierta unidad y sentido al relato. El resto son fotografías (casi pinturas) en las que se vislumbra el interesante mensaje que proponen los dramaturgos ('¿Es la felicidad posible?', pregunta el niño; 'No', responde el personaje fantasmagórico). En definitiva, una lucha entre los deseos y sueños y la cruda realidad del ser humano: áspero, duro y egoísta. La pérdida de la inocencia. Lástima que el espectador apenas vea desarrollado este lienzo.

Los actores, quizá limitados por el texto, no consiguen exprimir todo el jugo. Una escena entre el personaje etéreo y el niño en la que este se da cuenta de que jamás conseguirá ir a la playa hace que el público se quede con ganas de saborearla más y seguir por ese camino. Como ya hemos dicho, a excepción de los momentos de alborozo entre Poza y Toledo muy acertado en sus dos facetas de animal socarróny melancólico, sin duda el mejor de la obra, el cuadro familiar queda descuajeringado. La extrañeza que persigue la obra no provoca un efecto teatral sino que distancia a los personajes, entre ellos, y hacia el espectador.

El lenguaje poético se pierde en monólogos sin apenas ligazón

La puesta en escena de Beatriz San Juan, una casa de madera rodeada de plásticos, y envuelta en una luz crepuscular excelente la iluminación de Valentín Álvarez y Pedro Yagüe sí está atinada. Íntima y muy cercana al público, recuerda a la de otros montajes de Animalario de la primera época. Teatro donde se siente el aliento de los actores. Un efecto que posibilita la Sala 2 de Las Naves del Matadero.

La casa de madera logra ese ambiente opresivo donde se celebra una comida familiar en la que no se sabe bien si todos se ríen o se intercambian bofetadas. También el sonido estentóreo y brutal, o bien ese soniquete musical de los juguetes antiguos a través del cual a veces se mueven los personajes, está ingeniosamente intercalado y ayuda a hilvanar una narración tan fragmentada.

El final de la obra consigue imprimir ritmo a un compás hasta ese momento algo mortecino. Marca de la casa animal (en Tito Andrónico,que estrenaron en el Festival de Mérida hace un par de años, la cosa también acababa en un apocalipsis sin tregua con sangre a borbotones por todo el escenario), en esta ocasión los plásticos ahogan a esa familia que se sueña y no se conoce, que se miente para seguir hacia delante. Que, en realidad, ya no aguanta más.

Como el remolino que se forma en el sumidero de una bañera, tras girar y girar, todos se cuelan por el desagüe. Ahí, el director de la obra, Andrés Lima, sí lo consigue: esto sí sabe a Animalario.