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La ciudad como fábrica de soledad

Sesenta artistas abordan la soledad en la muestra 'La NO Comunidad', en CentroCentro. La exposición, comisariada por Blanca de la Torre y Ricardo Ramón Jarne, reflexiona sobre la ruptura del vínculo social en la sociedad actual.

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Antonia Wright. 'Are You OK?, Havana'. Single Channel Video (still), 2015

Una especie de origami habitable se ha erigido en apenas unas horas frente al Ayuntamiento de Madrid. El contraste con la emperifollada fachada institucional confiere al experimento un aire plebeyo y moderno, como de refugio postmoderno. El objetivo es, según apuntan sus creadores, generar "comunidades efímeras", fomentar encuentros mínimos en su interior y paliar así, en la medida de lo posible, la deshumanización metropolitana.

El asunto no es nuevo; lo apuntó un tal Epícteto hace casi dos mil años: “Pues no por estar un hombre solo se siente solitario; mientras que no por estar entre muchos deja de sentirse solitario”. Jueguecito retórico que avanzaba ya en la Antigüedad un mal que aqueja, también hoy, a cientos de millones de urbanitas. Hablamos de esa inefable sensación de aislamiento y de cómo la ciudad, además de proveer jarana, boinas contaminantes y festivales de cine, nos surte de soledad, pero no una de andar por casa, sino al por mayor, en palés. Poca broma.

"Pretendíamos construir un refugio contra la soledad —apunta Rubén Lorenzo, miembro de Basurama, colectivo responsable de levantar esta suerte de ermita plegable—, un lugar donde poder encontrarse con el otro, dotado además de una gran carga simbólica por estar ubicado en pleno centro y frente al Ayuntamiento". Así es, la Cibeles —altanera ella— prefiere hacer como si nada, pero el resto, transeúntes, viajeros y oficinistas, no le quitan ojo, hasta un cánido ha tenido a bien olfatear curioso las entrañas del bicho.

Porque nos quieren solos. Se comenta que así somos más rentables y dóciles. El tardocapitalismo rampante prefiere disolver nuestro yo a su antojo y así apilar sus monedicas una tras otra. La NO Comunidad se ha propuesto evidenciar este asunto a través del arte, deslizando de paso una triste certeza, a saber; el hecho de que quizá una comunidad de soledades sea la única comunidad posible hoy día.

"La soledad no hace distingos de clase, de raza ni de cultura", apunta Ricardo Ramón Jarne, comisario —junto a Blanca de la Torre— de la muestra. "Buscamos reflejar cómo ha ido cambiando lo que entendemos por soledad, rastrear sus formas y abrir el debate por medio del arte", añade Blanca. Para ello CentroCentro propone un itinerario que empieza por lo más íntimo, situando al espontáneo ante su propio jepeto, y no precisamente para comprobar la calidad de su cutis, sino para enfrentarse a la más despiadada de las miradas; la propia.

Un puñado de espejos "tramposos" ponen en jaque al espectador y lo introducen como retrato/sujeto de la exposición. Una cura de humildad antes de que el paseante proceda a husmear en soledades ajenas. Como las reunidas en Ciudad Contemporánea, tramo de la muestra en la que se impone el retrato de los desheredados y outsiders. Predomina aquí el retrato más crudo, ese que nos habla de una soledad no siempre elegida y que, desde la sordidez y el abandono, cuestiona nuestras caprichosas tribulaciones del Primer Mundo.

Philip Lorca-Di Corcia

Y así llegamos a la incomunicación y la deshumanización. Dos cualidades reconocibles en las grandes metrópolis y que, de la mano de la artista Antonia Wright, quedan desveladas con un simple llanto. La operación es sencilla; consiste en una serie de performances realizadas La Habana, París y Nueva York, tres localizaciones para tres lloreras públicas en un intento por captar la atención del viandante. Moraleja: el dolor nos es ajeno cuando la vida se nos va entre fechas de entrega y colas de salida.

Y cómo no, la emigración. Los que anhelan ese otro mundo que murió en la apariencia. Los que no tienen nada que perder y son incapaces de imaginar su soledad. "Trato de representar la situación de espera, esa que aguarda ante el futuro desconocido", explica Fernando Sánchez Castillo, autor de Memorial, compuesto por una escultura que se repite en 857 pequeñas esculturas iguales, metáfora de la repetición de ese mismo sueño de una vida mejor. "Tengo una bañada en cobre, me gustaría regalársela a la tripulación del Aquarius", confiesa el autor de una obra que indaga, desde la periferia, en una soledad que se desconoce y se sueña.

Fernando Sanchez Castillo. 'Memorial'.- LUKASZ MICHALAK