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Cuatro décadas por encima de los 2.000 metros sin perder la pasión por la montaña

Protagonista del libro 'El guardià de l'estany Negre' (Cossetània), desde 1982 Miquel Sánchez es el guarda del refugio Ventosa i Calvell, ubicado en el Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Hablamos con él de cómo han evolucionado su trabajo, el propio refugio, el montañismo o el alpinismo en estos 40 años.

El refugi Ventosa i Calvell, en ple hivern.
El refugio de Ventosa i Calvell, en pleno invierno. Refugio de Ventosa i Calvell

En el verano de 1982, pronto hará 40 años, un joven del Guinardó decide abandonar su trabajo en una agencia de publicidad en Barcelona para convertirse en el guarda del refugio Ventosa i Calvell, situado a más de 2.200 metros de altitud en pleno Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Cuatro décadas más tarde, ese joven –que hoy tiene 66 años– sigue al pie del cañón del refugio y mantiene intacta la misma pasión por la montaña. Se trata de Miquel Sánchez, protagonista del libro El guardià de l'estany Negre, escrito por la periodista Rosa M. Bosch Capdevila y publicado recientemente por Cossetània.

Bosch, redactora de La Vanguardia especializada en temas de montaña, considera que Sánchez es un "personaje que da mucho de sí. Puede contar muchas cosas, también por su historia alpinística y su perfil de viajero". En conversación telefónica, el guarda recuerda que si en 1982 decidió realizar un cambio radical de vida fue porque "quería estar más tiempo en la montaña, simplemente era eso. Yo estaba bien en la ciudad, pero estaba todo el día pensando en la montaña y esto es lo que me llevó aquí".

"Libertad plena y todo el día para explorar los alrededores, esquiar y aburrirte de abrir vías de escalada en paredes vírgenes. Un paraíso relleno con más cuatrocientos estanques de color turquesa en verano y blancos en invierno. Lo que para algunos sería el peor de los castigos –demasiado aislamiento, comodidades materiales escasísimas y bajos ingresos..., vaya, una especie de descenso a los infiernos–, para él era el gordo de la lotería. ¿Qué más podía desear?", leemos en el libro sobre los primeros años de Sánchez en el refugio, que ejerce de atalaya perfecta del estany Negre, en un entorno de una belleza espectacular.

El guarda no duda en hablar con cierta nostalgia de aquella etapa iniciática y comenta que "se juntan muchas cosas: era joven, iba a hacer algo que desconocía y el día a día era como un descubrimiento. Y sí, era todo muy precario, pero si comparas lo precario que era estar un mes en el campo 3 del Everest, pues tampoco lo era tanto".

Instalaciones de interés público

Desde entonces ha habido importantes cambios, pero la esencia se conserva. Las obras de reforma y ampliación –las últimas datan de 2017– han permitido mejorar las condiciones del refugio y ahora los guardas y los trabajadores disponen de un espacio mucho más digno y cómodo para descansar. La instalación de placas solares ha posibilitado la llegada de electricidad. El teléfono lleva tiempo sustituyendo a la radio como principal herramienta de comunicación. Y las grandes cargas de suministros y provisiones llegan en helicóptero –durante las semanas más intensas del verano lo hacen semanalmente–, dejando atrás la práctica inicial de subirlo todo a peso o en mulas, como sucedía en la primera etapa. Además, el montañismo y el alpinismo se han popularizado y cada vez más personas se acercan a refugios como el Ventosa, especialmente durante el verano, si bien el número de usuarios en invierno también va a más.

El alpinismo y el montañismo se han popularizado y cada vez más personas se acercan a refugios como el Ventosa

"Todo ha evolucionado un poco, las condiciones del refugio han mejorado y ahora viene mucha más gente y hay más exigencia y, a veces, hay gente que se confunde un poco y no sabe muy bien dónde está", explica Sánchez, para quien en estos casos "falta una cierta cultura de montaña" en aquellos usuarios que, por ejemplo, no entienden que un refugio no es un hotel y, por tanto, no se puede tener todo lo que se quiere en la carta.

En cualquier caso, considera que mientras la sociedad y el equipamiento de montaña "han evolucionado mucho, los refugios no lo han hecho al mismo ritmo" y todavía te encuentras con unas "condiciones muy precarias" tanto para los clientes como para los propios guardas. En este sentido, opina que son las administraciones públicas las que deberían aportar recursos para mejorarlos ya que, por ejemplo, "la Generalitat realiza inversiones brutales en las estaciones de esquí de su propiedad. Y los refugios, aunque no sean suyos, tienen una relación muy intensa con el territorio y son instalaciones de interés público y no tenemos ni siquiera una normativa específica".

L'estany Negre, que queda als peus del refugi Ventosa i Calvell, en ple Parc Nacional d'Aigüestortes i Estany de Sant Maurici.
El lago Negre, que queda a los pies del refugio Ventosa y Calvell, en medio del Parque Nacional de Aigüestortes y Estany de Sant Maurici. Viquipèdia

El impulso de la Carros de Foc

Muy probablemente, miles y miles de personas han descubierto el Ventosa y Calvell gracias a la Carros de Foc, la ruta de senderismo creada en 2000 y que enlaza los nueve refugios del Parc Nacional d'Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Convertida en uno de los trekkings más populares y, a buen seguro, de mayor belleza del Pirineo, en ningún caso supone una masificación de la montaña, como se encargan de subrayar tanto Miquel Sánchez como Rosa M. Bosch. De hecho, según los datos del propio parque en un año normal –sin restricciones pandémicas– alrededor de 2.500 personas compran el forfait para realizar la travesía y se calcula que una cifra similar de excursionistas la hacen por libre. Únicamente en las puertas de entrada de Parque Nacional se concentra un volumen significativo de visitantes en determinados días de verano, pero solo es cuestión de ponerse a andar y ganar altitud para reencontrarse con la sensación de soledad.

La Carros de Foc es una de las rutas de senderismo más populares y de mayor belleza del Pirineo

Sánchez, sin embargo, no vería mal que "se enseñara más el Pirineo" para evitar la masificación, aunque sea puntual, de determinados espacios y cumbres –como pueden ser el Pedraforca, la Pica d'Estats o el Puigmal, por citar algunos– que va a más en verano. "Quizás es cosa de conocimiento, porque realmente hay muchas posibilidades y alternativas en el Pirineo", recalca. Sin embargo, no esconde que disfruta especialmente de la estancia en el recinto durante el invierno, cuando el volumen de visitantes es mucho menor y, en cierto modo, puede recuperar las sensaciones de soledad, aislamiento y absoluta tranquilidad que vivía en los sus primeros años en el Ventosa.

El trabajo en un refugio es especialmente intenso durante los meses estivales, cuando prácticamente se llenan a diario con visitantes que realizan rutas –como la Carros de Foc– o que duermen como paso previo o posterior a subir alguna cumbre. Y, obviamente, la convivencia con todo el equipo de trabajo es muy estrecha. En este sentido, Sánchez ve "básico" que se forme "un buen equipo que trascienda la relación de jefe-empleado, por decirlo de alguna manera y, por suerte, nos ha funcionado siempre muy bien y hay muy buena relación. De
hecho, en las épocas en las que el refugio está cerrado quedamos por hacer cosas juntos y eso es así porque se crea un vínculo muy especial".

La relación con el territorio del entorno también es especialmente estrecha y, así, en la medida de lo posible los suministros del establecimiento son de proximidad, de km.0, de modo que la economía de la zona se beneficia directamente de su existencia. Con los años, la logística ha cambiado sustancialmente y ahora Miquel y su compañera, Belén, se turnan cada semana durante la temporada alta y mientras uno está en el refugio, el otro está en Vilamòs (Aran) –el municipio donde residen– encargándose de las compras de todo el material que necesita el recinto y que subirán en helicóptero.

Continuar "flipando" con el paisaje

La biografía de Sánchez no se limita ni de lejos a su Barcelona de nacimiento ni al Pirineo, sino que está repleta de un montón de viajes por todo el mundo, sobre todo a África y a determinadas partes de Asia. En los años 80 del pasado siglo participó en tres expediciones al Himalaya que le permitieron conocer la realidad de entonces del ochomilismo. La primera fue al Manaslu en 1982 y las otras dos al Everest, en 1983 y 1985. La segunda de las cuales, de hecho, se convirtió en la primera vez que unos catalanes llegaban a la cima del techo del mundo. Sánchez llegaría hasta los 8.200 metros, pero no fue de los que logró la cumbre.

Su discurso sobre la derivada del ochomilismo es bastante crítico y considera "chungo que el negocio haya provocado la aparición de un himalaismo de masas donde todo el mundo sube con oxígeno. Vamos a peor. Por qué se sube con oxígeno si cuando se abrieron (las vías), ¿no se llevaba? Pues porque antes los que subían eran escaladores y alpinistas y ahora muchos no son ni montañeros, son personas que simplemente tienen la pasta para hacerlo y les importa el ego y poder enseñar que han estado allí arriba".

Sánchez: "Mi mérito, sin embargo, es llegar a los 40 años y seguir estando motivado para estar aquí"

La propia dinámica de un refugio, con épocas de trabajo muy intensa y después períodos relativamente largos de cierre, le ha facilitado viajar por todo el mundo, en parte para ir a escalar y hacer alpinismo, pero no únicamente con ese objetivo. "Hacer montaña siempre lo he vinculado al viaje, para ir a escalar y ya está no haría falta moverme de Catalunya, pero le añades la posibilidad de descubrir un entorno y una cultura lejanos, la capacidad de sorprenderte".

Apasionado de la cocina y de comer bien, Sánchez no ha dudado en incorporar platos que ha descubierto en sus viajes a lo que cocina en el refugio. "Me gusta mucha comer y me gusta cocinar y no hacer siempre lo mismo. Es una manera de pasar 40 años allá arriba sin acabar harto. Mi mérito, sin embargo, es llegar a los 40 años y seguir estando motivado para estar aquí", comenta. De hecho, confiesa que ni se plantea la jubilación y que cuando mira los paisajes majestuosos que rodean el refugio, con picos cercanos como la Punta Alta, el Pa de Sucre o el Montardo, "sigo flipando". "En invierno cuando me levanto continúo con la misma ilusión para salir, para hacer una bajada (con esquís), para mirar un paso por donde no he pasado nunca. Desde que llegué al refugio nunca he pensado en el más adelante y he seguido aquí hasta ahora", concluye. La pasión por la montaña la mantiene viva.