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'Monumental'

"¿Te da miedo la muerte? A mí me asusta la vida": cuando la locura entra en catarsis

El documental 'Monumental' busca normalizar conceptos como la locura y la esquizofrenia a través de la mirada y las confesiones de siete personas diagnosticadas con enfermedad mental grave y duradera.

Emilio Garagorri en una imagen de 'Monumental', película dirigida por Rosa Berned
Emilio Garagorri en una imagen de 'Monumental', película dirigida por Rosa Berned.

Los protagonistas de Monumental lidian frente a las cámaras con sus propios fantasmas. Todos ellos arrastran el peso de un gran olvido, ese al que la sociedad les ha sometido por ser como son. Por convivir con lo inefable, por no poder elegir cuándo y cómo enfrentarse a él. Ellos son María Jesús, Pedro, Silvia, Nieves, Emilio, Manuel y Julia. Enfermos mentales que no renuncian a la dicha, pero que levantan la cabeza y te cuentan ese dolor que llevan dentro y que nunca cesa. 

Como el que persigue a Julia desde su más tierna infancia, cuando su padre abusó de ella, o como el que llevó a Emilio a apilar bombonas de butano y hacer volar su casa. Historias que sobrecogen y que nos hablan de una condena y de la búsqueda de redención a través de la confesión y la catarsis. "A veces, durante el rodaje, se abrían en canal y al terminar de grabar debía preguntarles si de verdad querían que eso que habían dicho se mantuviera", explica Rosa Berned, directora y coguionista junto a Amaya Villar, responsable también del montaje.

Monumental –que ya se puede ver en el Metropol, entre otros– es también la historia de un levantamiento, una pequeña sublevación comandada al unísono por siete enfermos mentales que se revuelven contra una sociedad que les niega la mirada y levanta un muro. "Es curioso, cuanto más nos acercamos a la diferencia más nos damos cuenta de que no somos tan diferentes, quizá deberíamos dejarnos de tantas etiquetas y tantas generalizaciones, no ahondar tanto en lo que nos separa". 

Para ello, Monumental apuesta por lo íntimo, pero no con fines morbosos, sino dejando que sean ellos los que cuenten lo que les duele, la incomprensión a la que se enfrentan, el estigma que acarrean. En palabras de Berned, "la aproximación ha sido desde lo no clínico, queríamos ir más allá, sumergirnos en sus biografías personales y no tanto en esas imágenes estereotipadas o distorsionadas que se centran en lo patológico y parecen pasar de puntillas por las vidas de las personas que sufren la enfermedad".

El resultado es un relato a bocajarro, una obra que no rehúye lo incómodo, como cuando evocan una infancia dura, curtida en desaires y humillaciones de propios y ajenos. "La niña que no aprenda porque como es deficiente...", "me decían que me habían echado el mal de ojo", "siempre me trataron como el niño tonto o el pobrecito", "me han llegado a decir que no me puedo enamorar porque soy esquizofrénica"; la lista de agravios no cesa y mientras la desgranan, parece que nos interpelan a todos como sociedad.

"Tenían la necesidad de normalizar las cosas –añade Berned–, como si hablar ante las cámaras de lo que han sufrido naturalizara su enfermedad, querían servirse de la herramienta del cine para poder alzar su voz y decir que son iguales que el resto, que no son ningún bicho raro". Un ejercicio de empatía del que se sale diferente, una muestra (otra más) de que el cine puede ser (también) terapéutico no sólo para el que observa, sino también para el que es observado.