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Dick Cheney. Demasiados cadáveres para una sola película

Adam McKay cuenta la vida y la trayectoria criminal de Dick Cheney en tono de sátira en ‘El vicio del poder’. Christopher Bale se alzó el Globo de Oro por este filme, que se queda corto ante tanta oscuridad del personaje y se pasa adjudicando responsabilidad a Lynne Cheney

Christian Bale, como Dick Cheney en 'El vicio del poder'

¿Sociópata, psicópata, sádico narcisista? La etiqueta desgraciadamente hoy ya no tiene importancia. Lo relevante es el aterrador número de muertes, el profundo sufrimiento y las espeluznantes consecuencias que vive el planeta desde su paso por el poder. Un poder y una oscuridad tan desmesurados que se hacen casi incomprensibles y, desde luego y a pesar de las intenciones del cineasta Adam McKay, completamente imposibles de abarcar en una película (en esta película). Así, el siniestro Dick Cheney que retrata El vicio del poder se ha quedado un poco crudo.

Además, a McKay se le ha ido mucho la mano atribuyendo la responsabilidad del nacimiento y desarrollo del monstruo a su mujer, Lynne Cheney. Una Lady Macbeth que en la película aparece como el gran poder en la sombra y que, en la realidad, es una justificación claramente deficiente para explicar tanta iniquidad, tanta inhumanidad de un hombre que jamás ha mostrado el mínimo signo de arrepentimiento. Comenzó la guerra de Irak (más de un millón de muertos), creó el infierno de Guantánamo y las ‘técnicas de interrogatorio mejorado’, mantuvo potentes vínculos con la industria militar y petrolera… y despreció a toda la humanidad. Nunca ha tenido remordimientos, sino lo contrario: “Lo haría de nuevo”. “Los interrogadores (léase torturadores) de la CIA deberían ser felicitados y condecorados. Son héroes, no torturadores”.

Política y comedia

Elevada a los altares por una parte de la crítica cinematográfica –sin duda, tiene atractivos artísticos-, El vicio del poder es una sátira alrededor de la figura de Dick Cheney, el vicepresidente de EE.UU. más poderoso de la historia, que poco a poco va cayendo en las turbias redes del propio personaje. Mezcla de política y comedia. Adam McKay no puede evitar la tentación y comete el mismo pecado en el que ya incurrió en la anterior y elogiadísima La gran apuesta.

En aquella, disfrazada de denuncia contra la delincuencia financiera y las prácticas criminales de los bancos, en realidad firmó la crónica de cómo los carroñeros más listos supieron aprovechar la codicia y necedad del sistema para sacar su mejor tajada, mirando, de paso, por encima del hombro a los millones de estafados de planeta. Aquí, el cineasta es incapaz de esconder cierta admiración por la determinación y estrategias del personaje.

“Cheney era un chico que comenzó con ambiciones. Quería enorgullecer a su esposa (…) Y luego, Cheney enfrentó algunas decisiones realmente difíciles. Y creo que esa humilde ambición y el amor por la familia se volvieron algo más oscuros. Y hacer esta película solo como la historia de un villano que violó las leyes… bueno eso es un aburrimiento”, declaró el director en una entrevista en una emisora de la radio pública de EE.UU. el pasado diciembre.

La podredumbre moral

Todo ello sin ocultar muchos de los aciertos que guarda esta película y entre los que destaca la interpretación de Christian Bale, que se ha sometido a una colosal transformación física –ha ganado 20 kilos para este papel- para dar vida a Cheney y ha conquistado con este trabajo el Globo de Oro al Mejor Actor de Comedia. Con él, en el reparto se encuentran Amy Adams, como su esposa Lynne; Sam Rockwell, divertidísimo encarnando a George W. Bush, y Steve Carell, en el papel del malvado Donald Rumsfeld.

McKay bucea en el pasado de Cheney, desde que era un joven de 22 años en 1963, Wyoming, donde caía borracho y bañado por sus propias vomitonas, y desde allí pasa por los distintos momentos de su vida política y personal, alimentando la narración con imágenes congeladas, algunas de archivo, créditos repentinos en medio del metraje, un narrador con sorpresa final y un estupendo ritmo que hacen bastante entretenido el relato. Nada de ello impide, sin embargo, que al final quede cierto regusto amargo. El retrato de este socio principal del crimen en el mundo se queda en boceto.

Y es que hay que ser realmente un genio de la comedia y de la sátira para poder hacer burla y conseguir la carcajada con un personaje tan perverso y letal como Dick Cheney. Un hombre que, como ha dicho recientemente Jeremy Varon, profesor de Historia en la New School for Social Research de Nueva York y miembro destacado de Witness Against Torture, "hasta el día de hoy, defiende la podredumbre moral con la que azotó a América y al mundo. Le debemos nuestra condena sostenida y vigilante".

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