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Los ídolos 'millennials' también lloran

Algo cambió en el olimpo del pop. Atrás quedaron los tiempos en los que la torturada estrella de turno filtraba sus desalientos en crípticos versos. Los luceros contemporáneos, de Billie Eilish a Residente, airean sus turbulencias sin 'malditismos' baratos.

Residente
Residente, visiblemente compungido, en el videoclip de 'René'.

El lagrimón de Residente no deja espacio a la duda; algo no anda bien en el paraíso. Tras siete minutos de mandanga autobiográfica el rapero procede al llanto en René, su último videoclip. Un quiebre emocional en toda regla que ya cuenta con más de 60 millones de visualizaciones y que nos muestra el lado más vulnerable del puertorriqueño. El reconocimiento —aseguran los dichosos que cataron sus mieles— tiene estas cosas. "El concierto está lleno pero yo estoy vacío", confiesa en una de las líneas. Se viene entonces la catarsis, el desajuste e incluso el quejido.

Residente no está sólo. Su destape emocional es compartido por una generación de músicos cuyos problemas de salud mental son de dominio público y no tanto por la indiscreción de algún voluntarioso paparazzi, como por la decisión personal de airearlos. "Me siento bien. Estoy tomando la medicación adecuada para mi enfermedad mental. Creo firmemente en la necesidad de hacerte chequeos con tu terapeuta y tu doctor", admitía recientemente Selena Gomez en la radio pública estadounidense (NPR). Una confesión sin atisbo de exhibicionismo, más próxima a la recomendación sincera y al sentido común que a ese juego de ambigüedades tan propio del star system.

Acostumbrados a la glamourización de este tipo de problemas, sorprende toparnos con una actitud tan determinada al respecto, como si ya no hubiera nada de lo que esconderse, como si aquel malditismo de antaño que convertía al músico en un ser con vocación de atormentado, se hubiese desinflando de una vez por todas. Lean ahora estas declaraciones a la Rolling Stone de la cantante y compositora Halsey: "He estado dos veces ingresada. No se lo he dicho a nadie, pero tampoco me avergüenza hablar de ello". O estas otras a The Guardian de Meghan Remy, líder de una de las sensaciones indie del momento, las U.S. Girls: "Me sucedieron cosas cuando era niña que me rompieron parte del cerebro", se lamenta poco antes de confesar que sufrió abusos en su infancia.

La cantante Billie Eilish provista de sendos moños.

Algo está cambiando en el nuevo olimpo del pop. Atrás quedaron los tiempos en los que el alma torturada de la estrella de turno filtraba sus desalientos en crípticos versos. Se cayeron los velos en la hoguera de las vanidades y luceros emergentes como Billie Eilish, gran triunfadora de los últimos premios Grammy, evocaba así en una entrevista el pasado verano su problemática adolescencia: "Me llevó a un agujero. Entré en una fase de autodestrucción a la que no deberíamos llegar. El quid de la cuestión era que sentía que merecía sufrir dolor". Eilish fue desarrollando una patológica inseguridad hacia su aspecto que llegó a ser diagnosticada como dismorfia corporal: "No podía ni mirarme al espejo".

Ahora, éxito global mediante, Eilish no parece del todo recuperada. No en vano, y tal y como apunta en la citada entrevista, la cantante sufre todavía hoy ataques de pánico nocturno: "Lloro durante un par de horas cada noche. Me siento muy, muy triste". Por lo que se refiere a la ansiedad, mal endémico de una sociedad sin frenos ni asideros, Billie no anda exenta y evoca así el desorden mental que le produce salir de gira: "No podía asumir el hecho de que tenía que salir otra vez", dice. "Sentía que estaba en un limbo sin fin. Que no había un fin en el horizonte. Pensar en eso me hace literalmente vomitar. No soy una persona que suela hacerlo pero de la ansiedad vomitaba hasta dos veces".

Ya sea por la siempre fatigosa resaca del éxito o por turbulencias que vienen de fábrica, el candelero pop actual ha de hacer frente, como lo hicieron sus predecesores, a sus particulares vaivenes emocionales en medio de un vergel mediático que le confiere al asunto unos cuantos Pascales de presión añadida. Sucede entonces que la válvula de escape del músico —la música— se atora y comienza el festival de intoxicaciones, salidas de tono y duetos infaustos con leyendas de otro tiempo. Quizá lo que diferencia a los juguetes rotos post-millennial de los que en otro tiempo no muy lejano degustaron las mieles del éxito, es que esta nueva remesa es capaz de verbalizar con mayor o menor lucidez lo que les duele.

En esa segunda categoría nos topamos, por ejemplo, con el instrascendente I don’t care que perpetraron a pachas el pelirrojo rollizo de moda, Ed Sheeran, y su musculado amigo Justin Bieber, otro que tal baila. La irrelevancia de la letra, con un abordaje al problema de la ansiedad un tanto baratero, contrasta con otros proyectos musicales en los que el desasosiego vital parece dotar a la obra de una aureola especial. Es el caso, por ejemplo, del ya seminal To pimp a butterfly (2015) del rapero angelino Kendrick Lamar o de Ye, disco publicado en 2018 por el rapero, empresario y autoproclamado semidiós, Kanye West. Dos buenos ejemplos de cómo las turbulencias emocionales, ventiladas de forma explícita, pueden servir de carburante creativo.