Entrevista a Isabel Fuentes"Estamos delegando en los demás la responsabilidad de hacernos cargo de nuestra vida"
La bióloga y directora de CaixaForum Madrid publica su segunda novela, ‘Hemoglobina’.

H.M.
Madrid--Actualizado a
Isabel Fuentes (Bilbao, 1971), bióloga de formación y gestora cultural, regresa a la novela con Hemoglobina (Roca Editorial), donde recupera el personaje de Celia. La genetista, ahora empleada en una clínica de reproducción asistida, logra espantar el tedio laboral cuando se desata una epidemia de vampirismo y vuelve a colaborar con el expolicía Enciso para descubrir el origen de la orgía de mordiscos. La autora vasca, directora de CaixaForum Madrid, recurre de nuevo al humor para trazar una sátira de una sociedad infantilizada que no deja de mirarse el ombligo.
'Hemoglobina', una novela con notas de 'thriller' distópico, comedia y ciencia.
A pesar de que un misterio de vampiros atraviesa toda la historia, yo diría que, sobre todo, es una novela de humor, muchas veces absurdo, con grandes dosis de ciencia perfectamente comprensible. Hay más disparates que terror y lo verdaderamente distópico es la propia realidad.
¿Más novela negra de humor que novela de humor negro?
Un poco de ambas, y eso que el humor es un género con menos acogida de lo que nos gustaría a los escritores que recurrimos a él sin remedio. De hecho, no todos los editores, ni todos los libreros se sienten cómodos con él. Y eso podría indicarnos que existe una resistencia por parte de los lectores. Para disfrutar del humor una tiene que estar, en primer lugar, dispuesta a reírse de una misma.
Cuando le hablaba de las "notas de 'thriller' distópico, comedia y ciencia", iba con segundas: usted presenta una sociedad en ocasiones absurda o, si lo prefiere, infantilizada, donde "los restaurantes parecen discotecas y las zapaterías, galerías de arte".
Lo de las "notas" está muy bien traído, porque en Hemoglobina hay muchas referencias al vino o a la comida moderna y supuestamente saludable. Tanto la ciencia como el disparate ayudan a pintar un retrato casi costumbrista de una sociedad en la que lo distópico es lo sencillo, lo previsible... ¿Quién encuentra hoy en día una mercería en la que comprar calcetines de lana o bragas de algodón? Es más frecuente entrar a un establecimiento indefinido en el que no se sabe muy bien si te van a servir un steak tartar, venderte una hipoteca o hacerte la manicura francesa. Con tal de que nos sorprendan, nos quedamos con lo que nos vendan.
Recurre a la sátira, pero le puede la ciencia.
La ciencia está presente en dos dimensiones. Por un lado, la novela está trufada de contenido científico esencial para la narración, pero también interesante, incluso útil, como conocimiento en sí mismo. Y me gusta pensar que también es una forma de hacer divulgación científica.
Por otro lado, los hechos científicos que resuelven la intriga son verosímiles, pero falsos. Y esa imposibilidad lógica es un elemento crucial en esta novela.
Para mí la ciencia constituye ese burladero desde el que observo a los personajes con la distancia suficiente como para construirlos y diseccionarlos al mismo tiempo. De alguna forma, intento emular a esas extraordinarias naturalistas como Diane Fossey, Jane Goodall o Birutė Galdikas, que han estudiado a los grandes simios. La literatura con la ciencia me permite el juego de observarnos a los humanos como esos primates especialitos y atormentados que somos.
En su novela hay sed de sangre y usted, diez años después, ha vuelto a tener sed de tinta. ¿Cómo surgió esa necesidad de escribir? ¿Fue a partir de su tesis doctoral sobre la utilización de metáforas visuales en la comunicación científica?
Desde niña me ha gustado escribir y me ha interesado no solo la literatura, sino también el lenguaje como disciplina científica. Y también desde pequeña me ha fascinado la ciencia y, en particular, las ciencias de la vida.
Durante un tiempo, dediqué pasión y esfuerzo a una escritura más académica, pero después de escribir mi tesis doctoral, me lancé con energía a la escritura de ficción, sin abandonar completamente la investigación. Por suerte, he podido ejercer una profesión, la gestión cultural, que, en muchos momentos, me permite aproximarme a todos esos mundos, solo en apariencia, tan distintos.
¿Cómo termina una bióloga en la gestión cultural de museos e instituciones?
Mientras estudiaba la carrera de Biología, me acerqué profesionalmente al mundo de los museos y constaté que en ellos todos mis intereses eran compatibles.
Luego decidí hacer un doctorado en el campo de la museología científica y me tuve que ir fuera de España, al Muséum national d'Histoire naturelle de París. Hice una tesis sobre las metáforas visuales como estrategia de comunicación en exposiciones de contenido científico. Esa formación y la experiencia profesional adquirida hasta entonces me abrieron interesantísimas puertas en el campo de la gestión cultural.
Respecto a la necesidad de irse al extranjero, usted aprovechó precisamente su primera novela, 'Un gen fuera de la ley' (Turpial), para denunciar la precariedad y las trabas a las que se enfrentan los investigadores españoles.
Celia, la protagonista de ambas novelas, no puede realizarse como genetista, porque el sistema no favorecía precisamente la meritocracia. Se ve en el paro tras perder su trabajo en la Universidad y se coloca en la Policía Científica. En Hemoglobina, unos años después, trabaja en una clínica de reproducción asistida, aunque aprovecha la misteriosa epidemia de vampirismo que acontece en su ciudad para volver a la investigación, que es lo que verdaderamente le gusta.
¿Pero qué opina de la fuga de cerebros?
Recientemente se han dado pasos importantes para impulsar la ciencia en España, como recoge la Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación. Además, algunas iniciativas privadas están haciendo una apuesta impresionante por la investigación científica, como es el caso de la Fundación La Caixa.
Sin embargo, no todo son buenas noticias. La situación económica de las universidades públicas, agentes fundamentales para la producción científica, es francamente preocupante en algunas comunidades autónomas.
Además, aunque parecía que la pandemia había puesto la ciencia en su sitio y que su percepción social había mejorado, el negacionismo o algunos de los últimos acontecimientos políticos a escala internacional parecen refutar esa tendencia.
Antes comentaba que algunas editoriales le recriminaron la vis cómica de su primera novela, que luego sería alabada por Fernando Sánchez Dragó: "Costumbrista, ácida, picante, trepidante, hilarante, irónica, satírica, sarcástica, muy bien escrita y sazonada no solo por el sentido del humor, sino también por el buen humor de quien la escribe".
Con Un gen fuera de la ley hice un peregrinaje considerable hasta que Turpial apostó por publicarla, pero, durante ese peregrinaje, tuve que escuchar dos argumentos sorprendentes varias veces: demasiado sarcástica y demasiados géneros en una sola novela. Con Hemoglobina esto no ha pasado. Penguin Random House aceptó la novela a la primera y en lugar de pedirme cambiar su esencia, buscaron el sello editorial en el que mejor encajaría.
Una señora le da un mordisco a una chica en el hospital, un hombre le chupa una herida a su ahijada, y así. "Pues parece que eso de beber sangre y morder a la gente se está convirtiendo en una peligrosa costumbre", que diría el personaje de Marta en 'Hemoglobina'.
¿Por qué de repente hay una epidemia de vampirismo? Ese es el misterio de la novela.
¿El vampiro es un mito inmortal?
Seguramente, quizá porque encarna cuestiones que nos atraen poderosa e inevitablemente: el miedo, el erotismo, la muerte y la vida eterna. Unos ingredientes imbatibles, aunque no en el caso de mi novela, donde los vampiros son más reales que sobrenaturales.
¿Qué vampiriza a la sociedad actual?
Deberíamos preguntarnos lo contrario: ¿qué estamos vampirizando nosotros? En un momento en el que tendemos a prolongar la infancia, incluso más que la adolescencia, que es una etapa menos confortable, ¿no estaremos delegando demasiado en los demás la responsabilidad de hacernos cargo de nuestra propia vida y de nuestro propio deseo?
No conviene destripar la novela ni sacar del armario a quienes "se ponen morados a soja texturizada y otras cosas llenas de fitatos", pero la epidemia vampírica, en el fondo, es un recurso para criticar las pijadas de la sociedad actual, ¿no?
Creo que todo esto es consecuencia o síntoma de un individualismo exacerbado, y eso que somos animales profundamente sociales. Parece que se nos ha ido un poco la cabeza con obsesiones autorreferentes y además estériles. Ya no comemos, paseamos o respiramos sin más. Ahora nos parece una insensatez echarnos a andar sin saber si lo que más nos conviene es la marcha afgana o la nórdica, o comernos un producto lácteo sin haber reparado en su porcentaje proteico.



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